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Con mirada eucarística (febrero 2017)

17 febrero 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2017.

Una estrella que nunca se apaga

Aunque parezca que en fue hace mucho tiempo, hace apenas un mes celebrábamos la Navidad. Las ciudades se han llenado de luces, de escaparates, de gente. Vino Papá Noel, también vinieron los Reyes Magos, trayendo regalos por partida doble. En medio, el Año Nuevo. Los cristianos hemos celebrado el nacimiento de Jesús. Tras este paréntesis -nos dicen- nos encontramos por fin con el tiempo de siempre, el tiempo ordinario.

Pero no. La Navidad no puede ser exclusivamente un aparcamiento para la nostalgia, el lugar de unas felicitaciones, los deseos expresados de felicidad en abrazos y besos, la época de las compras, un espacio para la diversión, el sitio de las vacaciones, incluso la reunión familiar deseada en las comidas o en las cenas. La Navidad tiene que ser algo más, incluso algo más que la propia conmemoración del nacimiento de Dios, que ya es bastante. Tiene que ser algo que dure siempre, como una estrella que nunca se apaga, estrella que señala, que indica, que conduce a la magia del encuentro.

Encuentro permanente
La Navidad tiene que ser el encuentro permanente del hombre con Dios, ese Dios que un día se compadeció de la miseria humana y decidió hacerse visible en un niño que después murió en una cruz. Y ese encuentro no tiene ni lugar ni fechas, es un encuentro perseguido por el ser humano desde que nace hasta que se muere. Y de la calidad de ese encuentro depende la calidad de su vida. Más aún, si no hay encuentro, verdaderamente no hay vida.

Porque es un encuentro mágico, capaz de transformar los sentimientos más bajos en los sentimientos más sublimes, capaz de la acción heroica, la que entiende que el otro es igual a mí porque igualmente es hijo de Dios. Y en función de esa igualdad divina vemos en el otro al mismo Dios y somos capaces de obrar en consecuencia: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con alguno de esos mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo» (Mt 25,40).

La savia del amor
La Navidad es la estrella que conduce al sitio del amor, a la forma del amor, sencillamente al amor. Tampoco el amor tiene paréntesis, fechas acotadas, paisajes definidos. El amor no tiene ni lugar ni tiempo, porque el amor es la única razón de ser: «Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, las tres. Pero la mayor de las tres es el amor» (1 Cor 13, 13).

La Navidad es el acontecimiento mayor, nunca habido, de la demostración de amor. Dios, que es infinito, que no tiene necesidad de nada, quiso un día más que hacerse visible para el hombre, quiso hacerse su semejante, tomar cuerpo igual que él y demostrarle que no sólo traía un mensaje de amor sino que era capaz de hacer lo más que se puede hacer, dar la vida por amor. La Navidad tiene una estrella que apunta al sacrificio de la cruz.

Pero amar no es un oficio costoso. Así lo expresamos en tantos y tantos encuentros en los que en las celebraciones navideñas nos deseamos felicidades. El hecho de amar es el hecho más cercano a la felicidad. Incluso, cuando perdonamos, experimentamos la mayor de las satisfacciones, es entonces cuando la savia del amor nos embarga de un sopor divino, es cuando el hombre más se parece a la herencia recibida de Dios en el establo de Belén. Cuanto más perdonamos, tanto más felices nos sentimos porque nos consideramos herederos del mismísimo Dios.

Sin embargo, con demasiada frecuencia nos empeñamos en odiar, y eso sí que cuesta y nos hace desgraciados. ¿Por qué nos empeñamos en descabalgar del firmamento la estrella que nos guía a la eterna Navidad?

El soplo de la esperanza
Sí, la Navidad es tierra de deseos, de deseos de felicidad. ¡Qué cantidad de veces nos hemos dicho, incluso escrito: Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo! Tampoco los deseos pueden estar acotados en un tiempo preciso, pues éstos pertenecen a la esencia humana. El deseo es el constante estado de expectativa de dicha en la que vive el ser humano, siempre vive así. Podemos decirlo con otras palabras: Somos unos eternos pedigüeños, siempre estamos pidiendo. Y pedimos porque nos reconocemos limitados, sin posibilidades propias.

Por todo ello, lo mejor que podemos hacer es pedirle a Dios, que no es otra cosa que rezarle, comunicarnos con Él a través de la oración. El hombre es un ser permanentemente orante. Y orar significa contar con la esperanza. Y la Navidad es un viento divino de esperanza que nos conecta con Dios.

Sabemos que la vida es muy dura. Para los que no tienen techo en que cobijarse, ni comida para llevarse a la boca, ni ropa con la que vestirse, ni patria en la que asentarse debe ser mucho más dura todavía. La vida es una suma de contradicciones que se hace llevadera si se confía en Dios, si se tiene esperanza en Dios.

Aceptar y seguir adelante
Dice el tenista André Agassi en su libro de Memorias: «La vida es un partido de tenis entre extremos opuestos. Ganar y perder, amar y odiar, abrir y cerrar. Reconocer pronto ese doloroso hecho ayuda. También hay que reconocer los extremos opuestos que hay en nosotros, y si no podemos entregarnos a ellos, o reconciliarnos con ellos, debemos al menos aceptarlos y seguir adelante» (Open. Memorias, Duomo ediciones, pp. 468-469). La mejor manera de seguir adelante, de superar la terrible contradicción en la que vivimos cada uno de nosotros, es dejarse guiar por el soplo de esperanza de la estrella de Navidad.

Esa estrella no se apaga, es siempre visible, es el sol en el que luce Dios.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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