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Nueva sección: El Evangelio a la lámpara del Sagrario (febrero 2017)

23 febrero 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2017.

Si quieres…

La gran mayoría de los escritos de san Manuel González surgieron al leer la Palabra de Dios junto a Jesús Eucaristía. Sus libros más vendidos (Qué hace y qué dice, Oremos, Mi Comunión de María, etc.) son recopilaciones de las meditaciones sobre la Biblia que él publicaba en El Granito de Arena. Queriendo ser fieles a las inspiraciones que el Espíritu dio a nuestro fundador, comenzamos una nueva sección que pretende seguir leyendo el Evangelio a la luz de la lámpara del Sagrario.

La lecturas de las primeras semanas del Tiempo ordinario nos presentan la vida pública de Jesús. De esta manera, la Liturgia, al hacernos partícipes del ministerio pastoral de Jesús nos recuerda nuestra dicha y vocación: evangelizar. Para los que hemos sido llamados a vivir el carisma de san Manuel González, la evangelización no es otra cosa que impregnar la vida del mundo con el poder de la Eucaristía. Es por esto que el santo apóstol de la Eucaristía nos proponga una misión muy concreta: eucaristizar.

Esta eucaristización pasa por tomar conciencia de nuestro propio Bautismo para responder a la llamada de Dios con responsabilidad, como el mismo Jesús al comienzo de su vida pública.

Al ser bautizado en el Jordán, Jesús, recibe la unción del Espíritu que le envía. Este Espíritu que se posa sobre Él le acompaña y le guía hasta Galilea. Allí afirmará que «se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el evangelio» (Mc 1, 15). El Bautismo que recibe de Juan el Bautista y la autoridad del Padre que proclama «este es mi hijo, el amado» (Mt 3, 17) inauguran un tiempo nuevo en su vida. Atrás queda la vida familiar de Nazaret, en la que ha cultivado el silencio, el trabajo y el amor a la familia.

De la misma manera, nosotros, llamados a reproducir en nuestra vida la misma vida de Jesús, al actualizar la gracia de nuestro Bautismo, inauguramos un tiempo nuevo. La Palabra nos recuerda que hemos sido bautizados, incorporados a Cristo, muerto y resucitado para ser otros cristos, imitadores de su ser y su hacer. El Bautismo nos capacita, en definitiva, para ser partículas de Eucaristía, es decir, a ser presencia de Jesús Eucaristía, a ser imitadores de su amor oblativo que palpita y nos espera en cada Sagrario.

Un elemento característico de la vida pública del Maestro, de su hacer, de su amor que se da, son sus encuentros con los enfermos y necesitados. En ellos encuentra Jesús a los destinatarios privilegiados de su amor y misericordia. El amor de Jesús Eucaristía es un amor que sale de sí en busca del necesitado, en busca de quién lo consuele, para entablar una íntima y mutua relación de amor y compañía que cura y salva.

Para iluminar nuestra misión de eucaristizar, quisiera detenerme en uno de estos encuentros, el que Jesús tiene con el leproso. Nos dice el evangelista: «En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio» (Mc 1, 40-41).

Una palabra confiada
Salta a la vista el reconocimiento del leproso del poder de Jesús, ya que le suplica «si quieres». El uso que el evangelista hace del condicional «si» en boca del leproso es muy distinto a otros «si» que encontramos en la Escritura. San Manuel González nos dice que este «si» se «puede admitir, sin protesta de la piedad, y proponer como ejemplo» ya que responde a una «profesión de fe en el poder de la mano de Jesús inseparable del amor de su corazón». No es un «si» que genera duda en el poder del Señor, como si de un reproche se tratase: «Si hubieras estado aquí…, si fuera profeta…, si puedes algo»(OO.CC. I, n. 1561). Es un «si» que reconoce el poder del Mesías, del Ungido.

El «si» del leproso es el «si» que el Señor quiere que cada uno de nosotros formulemos. Es el «si» de la respuesta radical a su amor. Es el «si» que brota de la unión plena con Él. Es el «si» que nace del contacto directo con Jesús vivo en la Eucaristía: «Si quieres, puedes… Jesús de mi Sagrario, dame, como al leproso: fe viva en la omnipotencia de tu amor y en el amor de tu omnipotencia» (OO.CC. I, n. 1561).

Los necesitados de hoy
Al ir a Jesús hecho pan de vida y realmente presente en el Sagrario hacemos nuestra la confesión del leproso y, al estilo del santo apóstol de la Eucaristía confesamos con fe el poder y la omnipotencia de Dios. Experimentarnos como el leproso, necesitados de la mano curativa de Jesús que nos toque y nos salve es motivo de profunda alegría. Don Manuel así lo reconoce al decirnos: «poder grande, inmenso, como para curarlo de una enfermedad incurable, con solo tocarlo, pero poder de mano movido por un Corazón tan grande, tan inmenso como el poder»(OO.CC. I, n. 1561).

Los pobres y necesitados que acudían a Jesús en el Evangelio, ahora somos nosotros. Necesitados de sanación y de misericordia. En la Eucaristía descubrimos esa mano tendida de Jesús que nos dice «quiero, queda limpio». En la Eucaristía nos sentimos tocados por Jesús. En la Eucaristía nos sentimos interpelados por su corazón que late por nosotros y que nos propone un camino de conversión. En la Eucaristía experimentamos cómo la mano de Jesús va siempre acompañada de su amor, mano que se acerca y Corazón que nos acoge. En la Eucaristía vemos cómo el poder de Jesús es un poder activo que ama tocando, que salva curando ya que Jesús «no extiende solo su mano, sino su corazón y su presencia para tocar y curar el cuerpo y el alma» (OO.CC. I, n. 698).

Dejarnos tocar por Jesús
La Eucaristía nos seduce y nos invita a reconocer el inmenso poder de la presencia real de Jesús que nos atrae hacia sí: «El mal de muchos necesitados de los que llegaban en Palestina y siguen llegando a Jesús en sus Sagrarios, está en que no ven en Él más que una de estas dos cosas: poder sin cariño o cariño sin poder: Mano sin corazón o corazón sin mano» (OO.CC. I, n. 1561). Como Familia Eucarística estamos llamados a dejarnos tocar por la mano tendida de Jesús que, con amor infinito quiere curarnos, quiere limpiarnos, quiere salvarnos. Vayamos a Él y digámosle «si quieres…».

De esta manera haremos nuestra la respuesta que le dieron a san Manuel González cuando al preguntar a un grupo de personas dijo: «¿No hubiera sido mejor que hubiera dicho: Señor, como eres tan poderoso, como eres Hijo de Dios, como has hecho tantos milagros, como tienes tanto talento u otra razón parecida, me puedes limpiar? ¿Por qué en vez de invocar su poder, su divinidad, su sabiduría, invoca sólo su querer?” (OO.CC. I, n. 4659). Y don Manuel obtuvo una respuesta llena de gracia y sentido común: «Que ar Zeñó hay que piyarlo por su Corazón…» (OO.CC. III, n. 4659)

Vayamos a Él, Familia Eucarística y digámosle «si quieres…», pillémosle por su Corazón. O, mejor dicho, dejémonos pillar por el suyo. Solo así podremos eucaristizar.

Sergio Pérez Baena, Pbro.
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