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Ponencia de D. Daniel Padilla en el I Congreso Internacional Beato Manuel González (y III)

27 febrero 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2017.

La formación cristiana: una urgencia catequética

En el I Congreso Internacional Beato Manuel González, que tuvo lugar en Ávila en la primavera de 2015, D. Daniel Padilla Piñero, asesor nacional de la UNER de España, ofreció su reflexión sobre la formación cristiana, tema que el apóstol de la Eucaristía consideraba una urgencia catequética. Ofrecemos la tercera y última parte que versa sobre la comprensión de la catequesis de san Manuel.

Una mirada a su estrategia, o la comprensión que de la catequesis hace el beato Manuel González. Ante la ignorancia religiosa y el ambiente que se fue encontrando en Huelva, primero y en Málaga, después, ante un celo apostólico desbordante, como sacerdote y obispo, don Manuel vivió preocupado por la formación cristiana del pueblo de Dios y por la urgencia de la formación de los niños y jóvenes. Por ello, a la enseñanza cristiana, a la catequesis, dedicó las mejores energías de su quehacer pastoral.

Él tuvo una praxis catequética muy personal, una práctica pastoral entusiasmante. Asomarnos a sus textos originales que son elocuentes y aclarativos son más provocadores que cualquier explicación, que por mediada, se haga de ellos.

El hacer catequético de don Manuel: Toda su labor apostólica, es decir, su actividad como sacerdote y obispo, se caracterizó por ser un continuo trabajo. Su catequesis, igualmente, estuvo sostenida por esta misma idea: trabajo incesante. Don Manuel sabía y estaba convencido de que: «Dios en las obras hechas para su gloria no premia el fruto recogido, sino el trabajo empleado» (OO.CC. II, n. 1699).

Esto le llevó a no cejar en esa dirección, a pesar de las dificultades exteriores, y a huir de la inconstancia, como auténtica dificultad en toda la labor apostólica. La labor catequética fue por eso constante y en ella ocurrió lo que él mismo escribió en su primera obra: «Para mí, un hombre que es una obra buena que aprenda, vence el aburrimiento, el desaliento, y no se exalta por el mucho éxito, ni se amilana por el poco y sigue hasta el fin, ese hombre, repito, tiene todas las señales del Espíritu de Dios» (OO.CC. II, n. 1702).

Fue en la catequesis donde las dificultades exteriores se presentaban con mayor profusión: falta de locales, escasa formación, prohibiciones de los padres, etc. El trabajo de la catequesis comienza precisamente en atraer a los niños a las clases. Tanto en Huelva como en Málaga, la forma de conseguirlo fue semejante: desde enviar un acólito por las calles de la feligresía armado de penetrante campanilla, hasta invitar a todo chiquillo que se acerque a pedir una medallita, para la doctrina del domingo, o salir el propio padre cura a la puerta de su parroquia o a la plaza próxima a buscar niños y niñas. Escribe don Manuel: «como el juego establece corrientes de simpatía, aquellos niños y niñas que hasta entonces no sabían del cura más que era una mala pata o un cuervo y una cosa muy mala, terminan el juego queriendo al cura, a aquél, por lo menos, y bien inclinados a querer a los demás y a todo lo que ellos representan y predican» (OO.CC. II, n. 1694).

Es lo que él denominó llamar a cara descubierta, por todos los medios limpios y aptos, sin contentarse con un anuncio general de toque de campana o aviso escrito en la puerta de la iglesia.

Este modo de atraer lo toma de su meditación del Evangelio, e imita la forma cómo atraía Jesús, orando y predicando: «¿Que es más difícil este procedimiento de atracción que el de los premios y pagos? Cierto; pero también es más barato y más seguro y de más rancio abolengo» (Sembrando granos de mostaza, p. 144).

La participación activa de los niños era lo más característico de la clase de catecismo y lo más efectivo. El fin de la catequesis estaba asegurado: aprender la doctrina con ejemplos, juegos, diálogos, ejercicios escritos; todo visto, oído y ejercitado por los niños, sin distracciones o con muy pocas.

Don Manuel es un pedagogo adelantado a su tiempo. Hoy, podríamos decir de él que es un buen discípulo de Howard Gardner, el padre de las Inteligencias Múltiples, propulsor de una metodología activa en las aulas, donde el aprendizaje es la comprensión y donde el niño está en el centro del aula, porque él es el protagonista de su propia enseñanza y aprendizaje. Es decir, un pedagogo de siempre donde su mayor recurso catequético e innovador era el amor a los niños. Mientras los niños vean más y mejor lo que se les explica, más y mejor se interesarán sus corazones y más adentro se les meterá lo enseñado.

El punto de partida estaba en lo que él mismo llamaba «lecciones de cosas» y «lecciones de Evangelio» siempre buscando la participación. Decía: «Explicar la Doctrina, sea de la materia que sea, en tono y en dimensiones de sermón, mantener sentados y con los brazos cruzados a cuerpecillos más de azogue que de plomo (…), ¿no son casos tan repetidos como castigados por incomunicaciones perennes entre el enseñado y el enseñante, amén del fastidio y disgusto de aquél y la decepción, si no la rabia de éste?» (Partiendo el pan a los pequeñuelos, pp. 197-205).

Tanto en unas como en otras lecciones buscaba la asimilación de la doctrina a partir de hechos reales de la vida cotidiana y del Evangelio.

Los ejemplos que podemos señalar de esas «lecciones de cosas» están recogidos en considerable número dentro de su obra Sembrando granos de mostaza. Algunos títulos de «lecciones de cosas» (Dichos, hechos y lecciones) son los siguientes: «Una lección sobre el uso de la santa cruz» (pp. 118-122), «De cómo de un paseo por el monte se saca una buena lección de catecismo» (pp. 122-123), «Lección de catecismo bajando y subiendo montes con los chaveítas» (pp. 123-125), «De cómo un libro protestante da ocasión de una lección fina» (pp. 127-128), «El catequista de piedra» (p. 128), «La lección del maestro Almendro» (pp. 139-140), «El crucifijo de la judía» (pp. 151-153), «Una respuesta a lo san Juan de la Cruz» (p. 160), «Otra lección a propósito de un espejo» (pp. 165-166).

Sobre los «juegos pedagógicos y catequéticos», recogidos en Partiendo el pan a los pequeñuelos, podemos enumerar algunos títulos: «Un juego sobre el III Mandamiento de la ley de Dios» (pp. 81-84), «Otro juego sobre el tercer mandamiento» (pp. 84-87), «El caso de Juanico», con explicación de las virtudes, pecados, obras de misericordia, bienaventuranzas y comparaciones con cosas del Evangelio (pp. 88-96), «De cuántos modos se puede faltar al IV Mandamiento de la ley de Dios sin chistar» (pp. 97-99), «El juego del reloj» (pp. 103-108), «Las cosas tres, cinco y ocho» (pp. 108-112).

Las lecciones de Evangelio consistían en explicar a los niños un determinado pasaje del Evangelio y hacer que ellos lo repitieran de palabra y por escrito: «Sobre el Evangelio del primer Domingo de Cuaresma que cuenta con las tres tentaciones que el diablo se atrevió a poner a Nuestro Señor Jesucristo, les pedí que me escribiesen las tentaciones que el mismo Tiznado suele ponerles a ellos, y de entre el montón de tentaciones infantiles propuestas saco y copio las siguientes, que son un acabado estudio de táctica diabólica. (El niño autor del trabajo, José Malvares, da 21 tentaciones). ¿No les parece que un diablo se vería apurado para alambicar más?» (Crónica oficial del I Congreso Catequístico Nacional, Valladolid 1913, t. I, p. 231).

La conclusión de la clase contaba también con la participación de los niños, con un canto, una manifestación de cariño hacia el Sagrario o una aplicación de carácter moral.

A sus clases aplicaba tres principios, que podríamos llamar básicos, y que aparecen continuamente en sus escritos catequéticos. Estos principios son: enseñar jugando, con el lenguaje propio de los niños y mirándoles con cariño. Cada clase de catecismo dada por don Manuel procuraba reunir esas características, en las que nos vamos a detener.

La fórmula «enseñar jugando» la había aprendido de Don Andrés Manjón y la tenía por «la fórmula exacta de una instrucción adecuada en sus procedimientos, eficaz en sus resultados, amena en su ejecución y sorprendente en sus alcances» (Sembrando granos de mostaza, pp. 154-155). Los niños representaban el Evangelio del día, oficiaban las peticiones del Padrenuestro, de los Mandamientos de Dios o de la Iglesia, de Sacramentos, virtudes, vicios y tentaciones, y lo hacían hablando, discutiendo o portándose cada personaje según su papel: «como en todo esto, los niños se levantan, se sientan, andan de un lado para otro, ejercitan la propia inventiva en perfilar el tipo que representan y sobre todo se ríen a más no poder; he conseguido, entre otras ventajas: primera, que ellos vayan con gusto al catecismo; segunda, que se enteren del Evangelio, del catecismo y de la vida cristiana con solidez y con esperanzas muy fundadas de que lo practiquen» (Partiendo el pan a los pequeñuelos, p. 150.).

La clase de catecismo era tanto para don Manuel, como para el alumno, un rato ameno, agradable, divertido e instructivo, en el que, efectivamente, se aprendía jugando.

En lo que se refiere a «hablar en el modo propio de los niños», don Manuel González atribuía una buena parte de la eficacia de la clase de catecismo a emplear el lenguaje infantil peculiar. Decía: «Mientras no sepamos hablar a los niños en un lenguaje propio de sus tiernas inteligencias, todo el esfuerzo que hagamos para explicarles las verdades de nuestra santa religión será un esfuerzo cuyo rendimiento es nulo, o muy poco fructuoso» (Ib., pp. 63-64).

No solamente utilizaba el modo de hablar de los niños, sino que eran ellos mismos los que, con la ayuda de don Manuel, contaban la lección propuesta para la clase. El diálogo surgía espontáneo, la atención estaba asegurada y el resultado era el previsto: aprender las verdades de la religión, y de esta forma nunca ocurría lo que señalaba don Manuel con gracia: «Ese niño juega, diablea o se duerme, mientras tú explicas, porque está perfectamente convencido de que no es a él a quien tú hablas, sino a otro; él no ha faltado, el que faltó o se equivocó fue el maestro» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario Abandonado, p. 82).

También la mirada era un elemento fundamental en la clase de catecismo, porque se basaba muy probablemente en la manera con la que atraía Jesús a los niños. Lo había comprobado en sus tiempos de arcipreste de Huelva y más tarde en Málaga.

Todo esto exigía trabajo, ya que para enseñar jugando, con el lenguaje de los niños, tenía que preparar muy bien la lección que había que explicar.

Desde sus primeros tiempos de párroco en Huelva hasta el final de su vida, este fue su modo de catequesis: tomando como punto de partida un caso, juego, historia o pasaje del Evangelio, hacía participar a los niños y les enseñaba jugando y en su lenguaje.

Don Manuel estructuró la catequesis con método, técnicas y procedimientos, concretó sus instrumentos, le señaló una finalidad concreta, la llenó de contenido. Miró con particular cariño al catequista. El niño era para don Manuel el sujeto por excelencia de la catequesis.

Este tema en D. Manuel es amplísimo, fue objeto prevalente de su vida y de su ministerio, sería imposible abarcarlo en una sola sesión y dedicarle más tiempo cuando, para D. Manuel, fue un tema apasionante. Pionero en la catequesis de su tiempo, respondió, además, a la urgencia de la Iglesia.

Eran aquellos unos años en los que se hacía urgente la catequesis, y Pío XI hizo una llamada contra la ignorancia religiosa, que don Manuel hizo suya: «¿Que la ignorancia religiosa es, en frase viva de nuestro santísimo padre Pío XI, la mancha más grande que afea a las naciones católicas? ¿Quién puede dudar de ninguno de estos extremos? ¡Enseñar catecismo! ¡A chicos y a grandes! ¡A todas horas y en todas formas! ¿Puede un obispo y un sacerdote y un hombre de celo abrigar el deseo más vehemente, voluntad más decidida, empeño más sostenido?» (OO.CC. III, n. 4.587).

A toda esta corriente magisterial don Manuel aporta su propio método: «El Papa manda a los obispos que abran cátedras de catequistas y yo gustoso abro esta cátedra ambulante, sin seriedades académicas y sin aparatos didácticos, y atento solo a vulgarizar, condenso esta mi pedagogía en un principio, tres refranes y un secreto» (Partiendo el pan a los pequeñuelos, p. 146).

Sí, un principio fundamental: «La catequesis es el catequista».

Sí, tres refranes:
1. «Nadie da lo que no tiene».
2. «No hay que pedir peras al olmo»; o sea, que los niños son niños.
3. «Ojos que no ven, corazón que no quiebran». Lo explica así: «Mientras los niños vean más y mejor lo que se les explica, más y mejor se interesan sus corazones y más adentro se les meterá lo enseñado» (OO.CC. III, n. 4.040).

Sí, un secreto: la eucaristización del catecismo. «A saber, que cuanto diga, haga, dé, estudie y ore el catequista, tienda a despertar y desarrollar en el niño la fe viva, el gusto y el sentido de la presencia real de Jesús en la sagrada Eucaristía» (OO.CC. I, n. 263).

Podemos ir concluyendo en la afirmación siguiente: la catequesis de don Manuel está influenciada por las corrientes metodológicas de la época, que él tomó directamente de don Andrés Manjón y que, don Manuel, parte del conocimiento del niño y de sus peculiares condiciones. La eficacia de este método en la enseñanza del catecismo está en la adaptación al niño, en enseñar jugando.

Concluyendo
Don Manuel no está a la espera de que existan podios preparados para exhibir sus grandezas. Él ya participa de la gloria de los santos. Nosotros sí lo esperamos. La Familia Eucarística Reparadora espera por todas las oportunidades que esperan a la Iglesia con el carisma y con el ministerio de don Manuel a través de nosotros, porque esas oportunidades ya ocurrieron y hoy siguen sucediendo.

Hay épocas históricas, como la nuestra, de bajo tono y timbre; bien sabemos que no son momentos de gloria ni de cosecha, pero siempre son de perseverancia y de siembra. La bondad de un corazón se acredita cuando se está dispuesto a sembrar en generosa gratuidad, cuando se deja confiadamente entregada a Dios, a la tierra y al tempero la semilla, seguro de que Él, a su debido tiempo, en primavera, la hará florecer y en verano madurar y dar fruto.

Contemplemos, finalmente, unas miradas últimas. La mirada de Manuel y de Teresa. Mi penúltima palabra para el beato Manuel. ¡Gracias! Porque con nosotros estás y caminas como un explorador enamorado. Tu vida, un testimonio, que sigue siendo la mejor profecía. Dice don Manuel: «se nos piden obras, obras de reparación eucarística, de atracción al Sagrario, de eucaristización del mundo» (OO.CC. I, n. 115). Y afirma, también: «cristianos, ante vuestros Sagrarios esperad siempre resurrecciones» (OO.CC. I, n. 641).

Mi última palabra, aquí en Ávila es suya, de la santa, de Teresa de Jesús, la que desde Ávila caminó los caminos de España. «Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que si no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos…» (Camino de perfección, 16,11).

Daniel Padilla Piñero, Pbro.
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