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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2017)

6 marzo 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2017.

Damos gracias a Dios porque la Palabra de Dios permanece operante en vosotros

«Damos gracias a Dios sin cesar porque al recibir la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes» (1Tes 2,13).

Decía san Manuel González: «En mi catecismo parroquial doy tanta importancia a la explicación del santo Evangelio que siempre empiezo por ella y a veces en ella se me va todo el tiempo. Después de todo, la doctrina cristiana, ¿qué otra cosa es que la explicación y aplicación del Evangelio? Yo no conozco un medio externo que forme mejor a los cristianos que el Santo Evangelio conocido y entendido» (OO.CC. III, n. 4.647).

El Cristo que nos habla en el Evangelio es el mismo Cristo que se nos da en su Cuerpo eucarístico. Él es el Verbo eterno del Padre y el Pan vivo bajado del cielo: la misma y única Persona, el Hijo Amado del Altísimo.

Adorar la presencia real y sacramental de Cristo en el Pan eucarístico es inseparable de meditar a diario su Evangelio, porque desconocer la Escritura es desconocer a Cristo.

Por eso D. Manuel decía: «Justo es decirlo: que hay muchos cristianos que todavía no se han enterado de quién es Jesucristo. ¡Así andará su cristianismo! Hay que enterar al pueblo de Jesucristo dándole a conocer el Evangelio» (OO.CC. III, n. 4.647).

«¿Se puede concebir un católico práctico que no haya leído el Evangelio? Es el caso de la mayoría. Se podría estar perfectamente instruido en la religión no conociendo más que el Evangelio, porque en él está la sustancia del catecismo, pero no hay recíproca. El Evangelio no está en el catecismo» (OO.CC. III, n. 4.645).

El papa Francisco, en su última carta apostólica, Misericordia y miseria, nos insiste en la importancia de la escucha de la palabra de Dios para que el Señor ilumine el momento humano y espiritual que cada uno está viviendo y nos recuerda la oración del salmista: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero… Tú eres mi refugio y mi escudo, yo espero en tu palabra» (Sal 119, 105.114).

Cuando acudimos a la Eucaristía, a diario o cada domingo, conviene llevar bien meditada la palabra de Dios, para que se entable un verdadero diálogo entre Dios y su pueblo, ente el Señor y cada creyente que participa de la acción litúrgica: «Dios sigue hablando hoy con nosotros, para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía» (n. 6).

Este tiempo de adoración eucarística ha de estar acompañado, sostenido e iluminado por la palabra de Dios. Porque hemos de meditar el Evangelio a la luz de la lámpara del Sagrario, como diría san Manuel González.

Oración inicial
Oh Dios, Trinidad a quien adoro, inúndame de la luz y la gracia del Espíritu, autor principal de la Sagrada Escritura, para que la meditación asidua y familiar de la palabra mantenga viva nuestra fe en ti, nuestra esperanza en la presencia resucitada de tu Hijo en medio de la Iglesia y nuestra misión en los caminos que anuncien el Evangelio de la salvación a cuantos nos conocen y nos envías. PJNS.

Escuchamos la Palabra
Jr 15,16; Hbr 4,12; 2Tm 3,15-17.

Puntos para meditar
«Si encontraba tus palabras las devoraba: tus palabras me sirvan de gozo» (Jr 15,16). Evangelio significa «buena noticia», «buena nueva». Toda la Escritura es buena noticia de salvación, porque toda ella tiende hacia Jesucristo o arranca de Él, plenitud de toda la revelación divina. Meditar e interiorizar la Palabra alimenta la vida del creyente y le colma de alegría, porque nos introduce en el misterio trinitario y nos hace experimentar cómo se cumple en nosotros si nos fiamos de Él.

«Toda Escritura es también útil para enseñar,… a fin de que el hombre de Dios sea perfecto» (2Tm 3,16). El trato asiduo, familiar y profundo con la Sagrada Escritura será el camino riquísimo para consolidar las verdades de la fe, del conocimiento de las grandes figuras de la historia de la salvación, de adquirir la mente de Cristo y de sintonizar con sus mismos sentimientos.

Todo acercamiento a la Escritura ayudará al crecimiento en la fe, a la amistad con Cristo, al discernimiento adecuado de cuál es la voluntad de Dios sobre mí en cada momento.

«La palabra de Dios es viva y eficaz,… juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hbr 4,12).

Cristo está vivo. Habla con la misma fuerza y claridad que hace dos mil años cuando le escuchaban las multitudes, o les hablaba a sus discípulos en privado, o se encontraba a solas de noche con Nicodemo. La palabra de Dios, vivísima y luminosa, pone al descubierto nuestras miserias y pecados, llamándonos a la conversión; y, a la vez, suscita de continuo el llamamiento a la santidad, el despojo total de uno mismo y la luz necesaria para discernir bien el proyecto de Dios sobre mi vida.

Seguimos meditando con san Manuel
«Habréis observado que vengo acostumbrándoos a interpretar el Evangelio obrado en el silencio del Sagrario con el Evangelio escrito por los evangelistas» (OO.CC. I, n. 1.342). «El Evangelio y el Sagrario no se pueden separar, como no se puede separar el eco de su sonido, la claridad de la luz que la produce. ¡Retorno al Evangelio!» (OO.CC. II, n. 2.829).

«Vivir nosotros el Evangelio tan fielmente, tan evidentemente, que con sólo vernos los fieles, vean, sientan y entiendan a Jesús Sacramentado» (OO.CC. II, n. 2.828).

«¿Quién mejor y con más seguridad que el santo Evangelio podrá introducirnos en las interioridades misteriosas del Sagrario? ¿Qué medio más proporcionado que un rato de meditación sobre un trozo de Evangelio para ver y oír por dentro el Sagrario?» (OO.CC. I, n. 382).

«¡Cuánto debe el hombre al Evangelio! Lo que sabe de Dios, de su alma y de cuanto más le interesa, a él lo debe. Ningún libro le puede enseñar tanto ni proporcionarle más elementos de felicidad verdadera. Ved aquí la que queremos que sea la primera ocupación de nuestro ministerio: predicar el Evangelio de la Eucaristía y predicarlo no sólo con la lengua, sino con la pluma, el ejemplo y de todos los modos que pueda ser predicado» (OO.CC. III, n. 4.813).

«El Evangelio no es sólo la historia de las mayores finezas y generosidades divinas, sino la de los mayores abandonos humanos. Si aquella [la historia] se abre con el Verbo hecho carne en la Encarnación y se cierra con el “todo está consumado” de la Redención, “no había sitio para Él” del nacimiento, y se cierra con el “abandonándole, huyeron” de la pasión…» (OO.CC. I, n. 155).

«Poned los niños tan cerca de Jesús a “aprender de Él” en el Evangelio y en el sagrario todo el catecismo, no ya de memoria, sino de conocimiento, de cariño y de imitación» (OO.CC. III, n. 4.257).

«No conozco luz que arroje más claridad sobre los misterios del Evangelio y de la Eucaristía, como la devoción de Jesús a su Padre» (OO.CC. I, n. 319).

«De entre todos los libros de oración mental, ¿cuál es el mejor? Sin duda, el santo Evangelio, leído, a ser posible, delante de un Sagrario o mirando hacia Él, a la luz de la lámpara de la fe viva, que meta en el alma la más firme persuasión del “está ahí” de la real presencia. La oración más solemne del sacerdote es, sin duda, el padrenuestro, que le manda la liturgia rezar mirando la Hostia de su Misa» (OO.CC. I, n. 1.138).

Gracias, Dios-amor, por el don precioso de tu Palabra
Te damos gracias, Padre, Señor del cielo y tierra,
porque has escondido los misterios del Reino
y se los has revelado a los humildes y sencillos.
Sí. Padre, así te ha parecido bien.
Te damos gracias, Señor Jesús,
Hijo amado del Padre,
porque eres el Verbo Eterno,
la palabra definitiva de Dios a los hombres,
el Mesías esperado de la historia,
el Salvador de toda la humanidad,
el Cordero de Dios que quita
la esclavitud del pecado del mundo.
Te damos gracias, Verbo encarnado,
porque tu Evangelio es Buena Noticia,
donde nos has manifestado a nosotros
la misericordia del Padre,
perdonando nuestros pecados,
liberándonos de la derrota de la muerte,
abriéndonos el camino del Reino eterno.
Gracias, Jesucristo, Palabra del Padre.
Te damos gracias, Espíritu Santo,
tú eres el autor principal de las Escrituras,
tú eres quien las ha inspirado,
tú eres quien nos revelas la verdad de Dios,
tú eres quien, más y mejor, nos vas descubriendo
el verdadero sentido de la Palabra divina,
tú eres quien nos ayuda a sacar
abundante provecho del Acontecimiento salvífico,
tú eres la mano invisible y actuante
del alfarero que nos va modelando,
tú eres quien enciendes en la madre Iglesia
el fuego ardiente del amor a la Palabra,
tú eres quien nos desvela el misterio santo
del Dios revelado en Jesucristo encarnado.
Gracias, Dios-Amor, Santa Trinidad,
por hablar a los hombres como amigos,
por salir a nuestro encuentro, acompañándonos
en el existir cotidiano con tu luz amorosa.
Gracias, Dios creador y redentor,
porque, en tu Hijo, te has dado a conocer
como misterio de amor infinito y eterno,
como comunión perfectísima de los Tres:
Padre creador, Hijo redentor y Espíritu vivificador.
Gracias, Dios más íntimo que nuestra intimidad,
porque el enigma de la condición humana
solo se esclarece a la luz del Verbo divino.
¡Gracias, gracias, Dios-Amor!

 

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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