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Ponencia de la Dra. Dª Aurora Mª Lopez Medina en el I Congreso Internacional Beato Manuel González

30 marzo 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2017.

La acción social de don Manuel González. Chifladuras frente a la «soberanía pulmonar»

En el I Congreso Internacional Beato Manuel González, que tuvo lugar en Ávila en la primavera de 2015, la Dra. Aurora Mª López Medina, de la Universidad de Huelva y miembro de la UNER, ofreció su reflexión sobre la acción social de don Manuel González. Ofrecemos en este número de El Granito la primera parte de su intervención, que versa sobre el contexto histórico, la cuestión social en la Iglesia y la accion católica en Andalucía cuando el fundador de la UNER era arcipreste de Huelva.

Para situar el desarrollo de un trabajo que pretende investigar en los orígenes de la acción social que llevó a cabo el beato Manuel González se hace necesaria la referencia al contexto social, político y económico de la España de principios de siglo.

Los tiempos de don Manuel
El período de la historia de España que se inicia en 1874 con el reinado de Alfonso XII viene a conocerse como la Restauración. En lo político está marcado por la vigencia de la Constitución de 1876, que tuvo como promotor y artífice a Cánovas del Castillo. No faltaron los problemas en las relaciones entre Iglesia y Estado en este período; en varias ocasiones se vivieron momentos de crisis en los que la Iglesia reclamaba al Gobierno el cumplimiento del Concordato de 1851, el acuerdo que España firmó con la Santa Sede y en el que, tras poner fin a la compleja situación provocada por las desamortizaciones, se viene a regular el marco en el que se deberían desarrollar las relaciones entre la Iglesia y el Estado español. Lejos estaba entonces la Iglesia de defender la libertad religiosa, y sin embargo el Gobierno de Cánovas había establecido un régimen de tolerancia con otras religiones que muchos no acabaron de entender. El establecimiento del matrimonio civil, aunque subsidiario, también se convirtió en un motivo de conflicto.

Recordar todos estos problemas resulta importante, pues a menudo olvidamos que la historia de nuestro país está salpicada de episodios de crisis entre la Iglesia y el Estado a pesar de haber sido siempre una nación católica y con unos gobernantes fieles a la Iglesia. En los primeros años del siglo XX, se vivió uno muy especial, que traía consecuencia en la conocida como «Ley de Separación francesa» aprobada en 1905 y que ponía en serios apuros a la Iglesia en el país vecino, fue la promulgación de la que se llamó «Ley del Candado» en 1910, que supuso una interferencia inaceptable del poder político en la vida de la Iglesia, pues prohibió el establecimiento de nuevas órdenes religiosas en España.

Se ha escrito que «no pueden entenderse las tensiones existentes entre el Estado y la Iglesia durante el primer decenio del siglo XX sin tener en cuenta los precedentes inmediatos del último bienio del XIX». En este período todavía el regalismo, la teoría que propugna la intervención del poder estatal en la organización de la Iglesia, estaba muy arraigado y se sucedían los intentos de mantener a la Iglesia bajo su control. Frente a esto otras corrientes comenzaban a vislumbrar que solo la independencia del poder estatal daría la auténtica libertad a la Iglesia. En este panorama Alfonso XII no dejó de intentar «la reconciliación entre los católicos y el liberalismo en el seno de una monarquía constitucional», algo que no se llegó a conseguir según se ha dicho a causa de «las discordancias internas de los católicos y por las provocaciones del anticlericalismo cada vez más presente en la sociedad española» (V. Cárcel Ortí, Breve historia de la Iglesia en España, p. 327).

Seguramente no es difícil imaginar cuáles eran los problemas, las preocupaciones de las personas, el ambiente… en definitiva, la situación de la calle cuando empezaba el siglo XX en España pese a tratarse de una época quizás poco conocida de nuestra historia. Sin duda la circunstancia más recordada de este período es la crisis del 98, desencadenada tras la pérdida de Cuba, un hecho que supuso un jarro de agua fría para la sociedad española; pero no hay que olvidar las guerras en Marruecos que tienen lugar en estas fechas. En literatura el pesimismo en las obras de los autores de la denominada generación del 98 viene a reflejar aquella situación.

No cambió la situación con la llegada del siglo en el que se acentúa la profunda crisis social, y comienzan a verse los inconvenientes del turnismo político instaurado por Cánovas; eran los años del difícil paso de la España rural a la industrial, y de la emigración a las ciudades; se vive también el auge del anarquismo.

Seguramente la situación económica crítica en la que queda la Iglesia, y muy especialmente las órdenes religiosas, tras las desamortizaciones que tienen lugar en España durante el siglo XIX contribuyó a que la acción social que estas llevaban a cabo auxiliando a los desfavorecidos fuese cada vez más escasa. Estas órdenes privadas de sus bienes y además envejecidas como consecuencia de los decretos de exclaustración que les habían privado de los religiosos jóvenes, se veían necesitadas de la limosna para sobrevivir. Preocupados por su propia pervivencia difícilmente encontraban la manera de auxiliar a los necesitados como antaño lo habían venido haciendo.

En Europa el ambiente no era muy diferente, se iba poco a poco percibiendo una situación difícil, la crisis de los Balcanes daría lugar poco después a la Gran Guerra y con ella todo un sistema de equilibrios de poder que se tambalea; se fraguaba la revolución bolchevique y los magnicidios se sucedían.

También en el orden político internacional la Iglesia católica se encuentra ante una situación crítica en este último cuarto del siglo XIX: la pérdida de los Estados Pontificios y con ello la pérdida del poder terrenal del papa. Fue este un hecho que sumió en una extraña crisis a la Iglesia, que durante siglos había venido existiendo y sobreviviendo en medio de los grandes Estados y sus gobernantes gracias a poseer unos territorios situados en medio de la península italiana en los que se anclaba el poder, político y económico, del pontífice y que durante la unificación de Italia dejaron de estar bajo la dependencia y el gobierno del papa. Muchos vieron en esto el fin de la Iglesia católica, sin embargo desde la perspectiva de hoy aquella pérdida seguramente supuso el primer paso para que la Iglesia se examinara en su interior y se hiciera consciente de su propia finalidad y de su verdadero papel.

El Concilio del Vaticano, el que conocemos ahora como Vaticano I, se suspendió ante la invasión de Roma y de algún modo podría decirse que se reanudó mucho después, en 1962, precisamente para poder analizar todo lo que en los casi cien años que van de 1870 a 1960 se había puesto de manifiesto en lo que se refiere a la relación entre la Iglesia y la sociedad civil. Parece como si hubieran sido los años difíciles de la «Cuestión romana», de los papas prisioneros en el propio Vaticano, del conflicto con la monarquía católica italiana los que abrieron las puertas a la Iglesia renovada verdaderamente en el Concilio del siglo XX.

La cuestión social en la Iglesia
León XIII era el sumo pontífice al entrar el siglo XX; falleció en 1903 con 93 años. Había sido elegido papa en 1878 y en 1891 publicó la Rerum novarum, una encíclica que se considera el nacimiento de lo que se conoce como doctrina social de la Iglesia.

El catedrático Bernárdez Cantón la define como «un conjunto coherente de postulados y principios que responden a la preocupación de la Iglesia por iluminar la vida temporal de acuerdo con el Derecho natural y el mensaje cristiano» (Parte General de Derecho Canónico, Editorial Universitaria Ramón Areces, Madrid 1992, pp. 30-31). Se trata –como dice este autor– de una preocupación que ha sido constante en la historia de la Iglesia (vgr. el clásico tema de la usura), pero solo desde León XIII, a raíz de la llamada «cuestión social» producto de la industrialización decimonónica, ha conocido una elaboración sistemática en el magisterio pontificio, precisamente a partir de esta encíclica dada el 15 de mayo de 1891.

Pero, ¿hasta qué punto estas cuestiones puestas de manifiesto por este docto papa en aquel documento fueron entendidas correctamente en el difícil panorama de la Iglesia europea cambiante y desde la Sede pontificia privada ahora de su condición de Estado? No fue fácil, pues solo hasta bien entrado el siglo XX quedó claro que «la Iglesia no tiene una misión específica de orden político, económico o social, sino religioso; apoyándose en esa misión religiosa, se reserva la función de llevar la luz y energía que puedan servir a la sociedad humana para constituirse y consolidarse según la ley divina» (GS 42). Por el camino hubo muchos ensayos sobre la forma en la que la Iglesia y los católicos deben ejercer su misión, también la de la promoción social, en la sociedad.

Uno de estos hitos fue el Motu proprio quo traduntur normae fundamentales actionis christianae popularis del 18 de diciembre de 1903, dado por Pío X, que se distribuyó entre todos los comités, círculos y uniones católicas, y mediante el cual quiso el papa establecer una serie de reglas a seguir por quienes se asociaban para llevar a cabo las tareas recomendadas por la doctrina social de la Iglesia, o sea, quienes practicaban la acción social católica. Los ecos de la Rerum novarum llegaron por supuesto a España, a la España del 98, donde la industrialización era más lenta y sin embargo los problemas del campo quizás más graves. En este contexto nace un movimiento social cristiano en España que cuenta con importantes figuras.

Hay que mencionar que la aplicación de la doctrina social de la Iglesia tuvo gran importancia en Alemania, precisamente en el mismo momento en el que en este país nacen los que conocemos como «Derechos sociales». Hubo también un importante movimiento de acción social en Italia. No es de extrañar que en España surgieran enseguida varias publicaciones periódicas que tuvieron por objeto la difusión de esas ideas originadas en centroeuropa, quizás la más importante fue la Revista Católica de las Cuestiones Sociales, también lo sería La Paz Social que patrocinó D. Severino Aznar, uno de los precursores de la Sociología en España. El jesuita Palau puso en marcha el movimiento de la Acción Social Popular , y en 1908 en torno a este salía por primera vez el semanario El Social. Personas como estas componían un grupo importante de intelectuales católicos, bien formados y conscientes de la necesidad de introducir en España la preocupación de León XIII, que sin embargo en muchas ocasiones no fueron bien vistos ni siquiera por la propia Iglesia; sírvase el caso de D. Gabriel Palau que en 1916 hizo desaparecer el movimiento que había creado (la ASP, Acción Social Popular) y marchó a Argentina donde seguiría con su preocupación por la acción social.

En este contexto, en 1906 nace una iniciativa en nuestro país, la de las Semanas sociales españolas. Se trató de reunir durante unos días a un grupo de personas, eclesiásticos o no, que disertarían sobre los temas de debate en torno a la Doctrina Social de la Iglesia y su consecuencia, que no es otra que la acción social que debe llevarse a cabo por sus miembros, o lo que viene a ser lo mismo, la forma en la que la Iglesia y los católicos debían influir en la sociedad. La primera de estas reuniones, que no aparece numerada como tal, tuvo lugar en Madrid en 1906, la segunda fue en Valencia, la tercera tendría lugar en Sevilla, y sobre ella volveré más adelante, la cuarta fue en Santiago y de este modo se sucedieron hasta 1912, año en el cual dejaron de celebrarse. Otra misteriosa desaparición que se une a la arriba comentada de Palau, y que sería digna de ser estudiada hoy en día, pues resulta cuanto menos sospechosa la desaparición de todas estas iniciativas en estos años, a poco de nacer, y máxime cuando se ha escrito que una de las causas que pudieran explicar el odio a la Iglesia en los momentos previos y durante la Guerra Civil bien pudo ser la ausencia de sentido social en los cristianos españoles. Ciertamente las semanas sociales reaparecerían, fue en los años 1933 y 1934 en un contexto bien distinto, eran los años de la II República, quizás demasiado tarde.

Pero, dejando a un lado el problema de su desaparición, lo cierto es que las inquietudes de aquellas personas, como Fray Gabriel Casanova, los jesuitas Vincent y el ya mencionado Palau, y también del padre Manjón; la celebración de aquellas primeras semanas sociales, etc., tuvieron eco en los obispos españoles. Máxime cuando en 1910 el cardenal Aguirre, que ocupaba la sede de Toledo, en su papel de Primado de la Iglesia española, les enviaba los documentos que recogían las resoluciones de Pío X sobre la acción católica y social para su aplicación en España. En la diócesis de Málaga por ejemplo, en marzo de aquel mismo año y mediante una carta pastoral del entonces obispo D. Juan Muñoz Herrera, se insta a poner en marcha acciones de acción social en el sentido en el que el santo padre había indicado.

La acción social católica en Andalucía
La situación en el sur de España no difería mucho de la del resto del país, aunque quizás el sistema de propiedad en esta zona hacía en ocasiones más acuciante el problema de la falta de alimentos. Problemas como el de la filoxera, plaga que se había presentado en la provincia de Huelva en el 1900, daba al traste con una floreciente industria vinícola. Desde los pueblos se emigraba a la capital. En el caso de Huelva a trabajar en la zona portuaria o a la zona de minas, con la esperanza de encontrar un trabajo en la industria minera dirigida por capital británico. Todo ello contribuyó a que se formara un grupo de obreros desarraigados y que sufrieron especialmente la adaptación a la industrialización.

Sobre el origen y el desarrollo de las ideas de la acción social en la provincia de Huelva, el prof. José Leonardo Ruiz Sánchez ha investigado profusamente. Es este autor quien nos señala cómo en 1904 hay noticias de la creación de un centro de propaganda católica en Valverde del Camino, que está dotado de un reglamento, y casi al mismo tiempo nace en Huelva el Centro Católico de obreros, destinado principalmente a la instrucción de estos. Este centro empezaría su andadura en 1905, y en febrero de 1906, al conmemorarse el primer aniversario de sus actividades, se pone en marcha un ciclo de conferencias. El segundo en intervenir sería el entonces casi recién llegado arcipreste D. Manuel González, que disertó sobre La persecución religiosa en Francia y sus consecuencias («La acción social católica en la provincia de Huelva [1903-1922]. Algunas consideraciones para su estudio y comprensión», en J.A. Márquez Domínguez [ed.], Huelva en su historia V. Historia y territorio de la provincia en el siglo XX, Huelva 1994, pp. 457-484).

Aurora Mª López Medina
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