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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (abril 2017)

7 abril 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2017.

Para que muertos al pecado,
vivamos para la justicia

«Si con las solemnidades litúrgicas no pretende la Iglesia establecer simples aniversarios de personas o acontecimientos pasados, sino además repeticiones o reproducciones vivas, las fiestas litúrgicas de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, no nos piden sólo un recuerdo envuelto en una admiración agradecida sino la reproducción en nosotros de aquel padecer con generosidad en expiación de los pecados, aquel morir a nuestros vicios y egoísmos y aquel resucitar a la vida nueva de transformados en otros cristos» (OO.CC. II, n. 2876).


Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo es un acontecimiento único e irrepetible en la historia de la humanidad (¡en tiempos de Poncio Pilato!) y en la vida de nuestro Señor. Pero es, a la vez, un acontecimiento de perenne riqueza y actualidad, porque «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). El autor del libro del Apocalipsis lo presenta así: «No temas; yo soy el primero y el último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves; vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del abismo» (Ap 1,17-18).

Cada año la Iglesia (y en ella, cada cristiano) celebra el Misterio pascual, el paso de Cristo de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, de la oscuridad a la luz. El Misterio Pascual es el centro y la cumbre del año litúrgico. En la noche de Pascua la Iglesia relee y vive todos los acontecimientos de la historia de la salvación en este eterno hoy de su Liturgia. Esta es Memorial del Misterio de la salvación.

El Espíritu Santo es la memoria viva de la Iglesia. Es quien recuerda a toda la asamblea litúrgica todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Es Él quien despierta en los cristianos esa memoria viva de la presencia de Cristo, muerto y resucitado, y suscita entonces la alabanza, la acción de gracias y la glorificación a Dios Padre por la entrega de su Hijo como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El Espíritu de amor es quien actualiza y hace presente en cada Triduo Pascual aquel Misterio único e irrepetible de la Pasión, Muerte y resurrección del Unigénito. ¡Alabado sea nuestro Dios que nos permite celebrarlo como eterna novedad y fascinante encuentro con su Hijo!

«El centenario de la Redención del género humano y de la institución de la lglesia, del sacerdocio, de la Eucaristía se ha celebrado, no con nuevos recuerdos, sino con realidades vivas, tan palpitantes, tan fecundas, como las que promueve el mismo centenario» (OO.CC. II, n. 2868), decía san Manuel González. Sí, en el Misterio pascual el Señor nos permite participar de su vida divina, nos instruye en la misión perfecta que existe entre la antigua y la nueva alianza, nos concede ser inundados de su infinito amor, nos hace gozar ya anticipadamente de los bienes de la vida eterna, muriendo con Cristo para resucitar con Él, despojándonos del hombre viejo y renaciendo a una vida nueva.

Oración inicial
Oh Dios Amor, Comunión perfectísima de las tres Personas trinitarias, que iluminas nuestras mentes y nuestros corazones, que nos adentras en la luz de la resurrección de Cristo, aviva en nosotros el espíritu filial, la amistad con Jesús, el rocío del Espíritu Santo, para que, renovados en el cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio. PJNS.

Escuchamos la Palabra
«Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rm 14,7-9).

Puntos para la meditación
Jesús, el enviado del Padre, es el Señor. Así lo confesamos, como la primitiva comunidad cristiana: Señor de vivos y muertos; Señor de cielo y tierra; Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre.
Confesamos a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre, vencedor del pecado y de la muerte. La muerte ya no tiene dominio sobre Él. «Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección» (1Co 15,20-21).

En la noche de la Vigilia Pascual renovamos las promesas bautismales, renunciamos a Satanás, sus obras y sus seducciones; afirmamos que creemos en este Dios: Padre Creador, Hijo Redentor y Espíritu Vivificador.

Sí, en Cristo muerto y resucitado, vivimos y morimos cada día, para que algún día detrás de la hermana muerte, entremos a formar parte de la gloria eterna: «El primer hombre, que proviene de la tierra es terreno; el segundo hombre es del cielo… ¡Gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1Co 15,47.57).

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
«¡Aleluya! ¡Aleluya! Resucitó. No está aquí. Si la Iglesia con esos dos gritos de júbilo acompañó ese anuncio de los ángeles del sepulcro, ¿con cuántos sería menester acompañar el anuncio de los ángeles del Sagrario: ¡Resucitó! ¡Está aquí…!? Y ¿con cuántos gritos de dolor y de indignación deberían acompañar este otro anuncio que están haciendo constantemente los ángeles de los Sagrarios abandonados… Está aquí y nadie quiere estar con Él?» (OO.CC., II, n. 2877).

«Cada vez me convenzo más de lo que me dice el amigo de las comparaciones de quien varias veces os he hablado. Hay que desengañarse, me repite en tono muy serio, de que la mayor parte de los que llamamos malos merecen más llamarse tontos que malos. ¿Por qué? Porque lo son. Esa palabra, resucitó, repetida cada año hace ya ¡veinte siglos! por la Iglesia sin ser desmentida, ¿no ha demostrado suficientemente y sobreabundantemente a los impíos la buena salud de nuestro Señor Jesucristo? Y ¡ellos! empeñados y obstinados en hacerle el ataúd y abrirle la fosa!… ¡Tontoooos!» (OO.CC. II, n. 2879).

«Ha sido inmolado Jesucristo, nuestro Cordero pascual. Por lo tanto, celebremos este convite… con los ácimos de la sinceridad y la verdad. ¡Con qué insistencia repite la madre Iglesia a los fieles en los días pascuales el encargo de san Pablo a los corintios: que se celebre la Pascua con banquetes de sinceridad y de verdad! ¡Escasean tanto por el mundo esos alimentos! ¡Abundan tanto, por eso mismo los hipócritas y los embusteros! ¿Queréis una prueba? Allá va una entre mil. Me he convencido de que a muchas personas, aun de las buenas, el mayor agravio que se les puede hacer es darles la razón a lo que dicen. ¡Como soy tan fea…! ¡como soy tan torpe, tan soberbio, tan inútil!… A esa afirmación que oís a cada paso, responded: ¡Es verdad! ¡Lleva usted razón! Y… llamad al médico o al policía para las resultas del ataque de nervios o de la tempestad de amor propio que vuestra conformidad sencilla con el dicho de vuestro interlocutor ha producido. Prueba de que se dice muchas veces lo que no se siente (que es mentir) para conseguir el halago de que nos digan lo que sentimos. Hiprocresía o insinceridad se llama esta figura. Amigos: ¡Aleluya! ¡festejemos nuestra Pascua con ácimos de sinceridad y de verdad!» (OO.CC.II, n. 2880).

Preces
Jesucristo ha muerto y ha resucitado. Él vive para siempre. Él es Sumo y Eterno Sacerdote, Mediador de la nueva Alianza, que intercede siempre por nosotros. Hoy le pedimos con fe:

Cristo, Rey de la gloria, escúchanos.

  • Oh Cristo, luz del mundo, Salvador de los hombres, haz que la claridad de tu resurrección alcance a todos los hombres y experimenten que solo Tú has vencido el pecado y la muerte.
  • Oh Cristo, resplandor de la gloria del Padre, Santo que nos santificas, concédenos que la gracia de tu resurrección renueve la vida espiritual de todos los bautizados, para que seamos testigos de tu victoria ante los hombres.
  • Oh Cristo, Vencedor de la esclavitud del pecado y de la tiranía de la muerte, llena de gozo y de paz a toda tu Iglesia, por la fuerza del Espíritu, para que sea verdaderamente evangelizadora y eucarística.
  • Oh Cristo, Puerta del redil, que has ido delante de nosotros a prepararnos sitio en la morada eterna, ayúdanos a vivir los sufrimientos cotidianos y la muerte de seres queridos en la esperanza de alcanzar un día la vida eterna.

Oración final
Oh Dios, Padre de la misericordia, que con la muerte y resurrección de tu Hijo nos has abierto las puertas de la vida, concede a tu Iglesia vivir intensamente cada Eucaristía, celebración del Misterio Pascual, para ser renovada por tu Espíritu como esposa inmaculada, signo de tu Reino e instrumento vivísimo e la nueva evangelización. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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