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La liturgia, encuentro con Cristo (abril 2017)

13 abril 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2017.

Una lectura mistagógica del Pregón pascual o Exultet

El lucernario de la noche de pascua ha sido el último rito en incorporarse a la vigilia pascual. En el s. III se incorpora la celebración del Bautismo y a finales del s. IV la bendición del fuego y del cirio pascual, sobre todo en el norte de Italia.

En Milán, se compone el llamado pregón pascual y pronto es llevado a Roma, al menos en el año 378 lo consigna san Jerónimo en una carta al diácono Presidius. De su presencia en Roma da testimonio el papa Zósimo entre los años 417-418, quien lo autoriza para ser cantado por los diáconos en la noche de pascua. Este texto lo encontramos también, en el Missale Gothicum, Missale Galicanum vetus y Missale Bobbiense.

Esta gran plegaria consecratoria de extraordinaria belleza y lirismo se divide en varias partes:

a. Prólogo
El pregón pascual se inicia con un prólogo exhortativo a toda la Iglesia de Dios a disponer los ánimos para recibir el anuncio de la noche pascual. Estas tres primeras estrofas presentan un esquema descendente: los ángeles–la tierra–la Iglesia. El anuncio va dirigido a la creación entera.

Los coros angélicos han de expresar su exultación con las trompetas ya que su voz debe ser melodiosa para Dios. Subyace, también aquí, la teología de las dos Iglesias, la celeste o triunfante y la terrestre o militante. La celeste, representada por los ángeles que hacen resonar las trompetas en las moradas eternas; la terrestre, representada en la celebración misma, donde las voces de los fieles resuenan en los templos.

b. Invitación
La asamblea es exhortada a invocar la luz santa de Dios, la misma que agrega al diácono al ministerio, es decir, la gracia del Espíritu; y esta luz se hace físicamente visible ante los fieles por medio del cirio. Así pues, la luz adquiere tres valencias: luz de la divinidad, luz como gracia y luz ardiendo en el cirio.

c. Memorial-anámnesis
El pregón presenta el sacrificio expiatorio de Cristo y el valor de su sacerdocio sumo y eterno. Frente a la deuda de Adán (antiguo pecado) está el valor de la sangre de Cristo. El pregón establece otra sección de tres estrofas, encabezadas por la frase «esta es la noche». El texto pretende mostrar a los catecúmenos la importancia y significado de esta noche santa, adornada por tres prodigios: a) la salida de Egipto; b) el paso del mar rojo y c) la columna de fuego.

El pregón manifiesta que la resurrección de Cristo fue, es y será un misterio para siempre. Solo la silenciosa noche fue testigo de aquel prodigio: «tiempo y hora» en que Jesús se levantó de entre los muertos. La anamnesis culmina con las consecuencias morales de la noche de Pascua, que son siete: 1. Ahuyenta los pecados; 2. Lava las culpas; 3. Devuelve la inocencia a los caídos; 4. Restituye la alegría a los tristes; 5. Expulsa el odio; 6. Trae la concordia; 7. Doblega a los poderosos.

d. Epíclesis-consagración
Tres datos nos indican que se trata de una verdadera consagración y no una simple bendición:

  1. «Acepta, Padre Santo»: el verbo latino es suscipe. Generalmente la liturgia usa esta forma verbal en imperativo, exhortando a Dios a que preste atención a una necesidad o a una súplica. En el pregón pascual, este verbo expresa la súplica de la Iglesia dirigida al Padre Santo para que reciba la oblación de la luz.
  2. «Sacrificio vespertino de alabanza»: Si en este texto el cirio es presentado como sacrificio vespertino, y este sacrificio vespertino (cf. Sal 140) no es otro que la muerte y resurrección del Señor; por medio del Espíritu Santo, el cirio es despojado de su significado, meramente natural o simbólico, y adquiere otro nuevo como Pascua del mismo Cristo: el cirio es la Pascua de Cristo, esto es, Cristo mismo.
  3. «La Santa Iglesia te ofrece»: es la Iglesia la que devuelve a Dios lo que Él mismo nos ha dado: a Cristo–Luz. Esta es la lógica de la consagración. Se constata que es la Iglesia misma en culto público («por medio de sus ministros») hace la oblación de la luz al Padre: «la solemne ofrenda de este cirio». Por otra parte, la cósmica referencia a la cera de las abejas se ha visto como una alegoría del misterio de la concepción virginal de Jesucristo.

e. Aitesis o súplica
La Iglesia suplica la perennidad de la luz del cirio, esto es, que no se apague nunca la luz que Cristo nos ha dejado en su Pascua; y que esta luz brille con las luminarias celestes. Dicho de otro modo, la intención es que Dios asocie la luz del cirio pascual a la luz de los astros creados por Él desde el principio de los tiempos para que el resplandor de esta llama pascual no se apague nunca. Mientras haya estrellas en el cielo que brillen en la noche, seguirá habiendo Pascua porque será la luz del cirio la que proporcione la luz de aquellas.

f. Doxología
La última parte de la composición cierra la anáfora. El objeto de este párrafo es el «lucero matutino» que ha de encontrar encendido el cirio pascual. Al final del pregón, se nos descubre la gran verdad de la vida cristiana: Jesucristo es la luz que brilla en medio de la oscuridad de este mundo. Luz cuya intensidad no vacila, siempre está despejada. Es clara y distinta. Así es la luz pascual expresada en el cirio, una luz inmortal que se hará aún más plena cuando le veamos cara a cara en su reino eterno, por los siglos sin fin.

Francisco Torres Ruiz, pbro.
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