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Ecos del 4 de marzo (Zaragoza, Lérida y Barcelona)

20 abril 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2017.

Con dos Invitados de honor

Se sentía la tensión en los preparativos. La fiesta estaba cerca. Había dos Invitados de honor, que estarían presentes en todos los actos. Uno, era el Señor, Jesús de Nazaret. Otro, era nuestro san Manuel, fundador de la Obra, por inspiración de Jesús. Era una mezcla de trabajo y ganas de que llegue. Y…, ¡no es para menos! ¡Vaya par de Invitados! Todo había que prepararlo minuciosamente. Con cariño. Como nos gusta que nos traten.


Primero, el alma. Llegado el gran día, la primera misión estaba en el Sacramento de la Confesión. Era necesario limpiar ese barrillo que se acumula con el paso de los días, ¡aunque sea poco! Presentarse ante el Señor con la paz y la tranquilidad de haber sido perdonado, de haber re-sellado una amistad incomparable, hace que te sientas entregado a lo que venga con fortaleza, con gusto y con ganas.

Segundo, lo material. Las velas, los micrófonos, no funciona esto, también falla aquello… Poco a poco, va quedando todo en orden. Aunque la preparación de las cosas no deja sentirlo, los dos Invitados de honor, ya van por los pasillos, por el Sagrario, ¡ya están aquí! Nosotros correteamos de aquí para allá buscando cómo poner todo en marcha, y mientras, Ellos, puntuales, delicados, ya han llegado y ven con gusto cómo va transcurriendo todo.

Tercero, ¡la fiesta! Era la hora. Todos esperando. La puerta del Sagrario se abre, y sale Él. ¡Es el Señor! ¡Ya está aquí! Una Hora Santa a solas con Él, entre muchos más hermanos y hermanas que viven el mismo carisma. Pero a solas con Él. ¡Qué dulzura! ¡Qué ternura! El tiempo se queda parado, nada vale la pena más que esto. No consigo acostumbrarme a que el Señor me haya llamado; a mí, que estaba en una higuera subido tratando de verle desde lo lejos.

Las lecturas, las pausas, los cantos, la charla con Él…, va pasando el tiempo y cuando parece que han pasado diez minutos, llega el Tantum Ergo. El Señor vuelve a su Sagrario y el alma está llena de alegría y de gozo. Dan ganas de gritar al mundo que se están perdiendo la felicidad. Que se les escapa el tiempo y no saben aún lo que es disfrutar del Amor.

Después de comer, por la tarde, todo vuelve a comenzar. Llega el momento de la santa Misa. Nos acompaña el coro de la parroquia del Sagrado Corazón y celebra D. Alfonso de la misma parroquia. En la homilía, tres pinceladas nos trasladan al corazón mismo de nuestro carisma; «el abandono». Tras la Misa, el Señor, vuelve a hacerse presente sobre el altar. Esta vez está sobre el altar, y también está en el corazón de todas las Misioneras Eucarísticas, las Marías, los Discípulos y simpatizantes que han pasado a recibirle. Esta vez es distinto a lo que fue por la mañana. Era san Manuel quien nos inspiraba frases y vivencias suyas, que desembocaban en un canto de adoración al Señor. ¡No faltaba nada! Ahí estábamos todos con los dos Invitados de honor otra vez. La oración fue dirigida por el coro que nos acompañaba; nos dieron las gracias por haberles invitado a nuestra fiesta. ¡Gracias a vosotros! Vuestras voces delante del Señor nos llenaron de gozo.

Íbamos de fiesta en fiesta. Después de alimentar el alma, pasamos a compartir un picoteo todos al salón. La alegría era la nota que más destacaba. Pero había que terminar pronto. Era necesario descansar, porque al día siguiente, un autobús nos llevaría hasta Barcelona, donde volveríamos a encontrarnos con Jesús y con san Manuel; pero también con las Marías de Lleida y varios lugares de Barcelona.

El lugar elegido para el encuentro era la parroquia de San Juan María Vianney de Barcelona. Al llegar, los abrazos, los guiños y los besos, hacen sentirte en casa con personas de casa. Sienten lo mismo y viven lo mismo que nosotros. El tiempo apremia y la Misa va a dar comienzo. Celebra D. Octavio. De nuevo, se habla de san Manuel; y de nuevo, «el abandono». Palabras que se graban a fuego en el corazón. Vayas donde vayas, te encuentras acogido por una gran familia que siente, que vive, que su corazón palpita por lo mismo que tú.

Tras la Misa, viene la comida. El restaurante elegido se encuentra cerca. El salón está completo. La armonía es perfecta. Como es normal en estos casos, se nos hace tarde. Ya vamos con retraso. Tenemos una última cita con Jesús en la capilla de la Adoración Perpetua del Tibidabo. Ahora, ya no vamos con un autocar, sino con dos.

Estaba previsto tener una oración final ante Jesús, pero el retraso era evidente y daba comienzo en breves instantes la Eucaristía. El personal del Tibidabo, muy amable, nos acompaña a una sala en la que podemos reunirnos a solas y allí nos pusimos en oración, rezando Vísperas junto con la Iglesia. De nuevo, vuelve esa experiencia de sentirse cerca del Señor y cerca de nuestro san Manuel. Desde aquí, quiero agradecer hoy a todos los que participasteis de esta fiesta que se prolongó durante dos días. Primero a Jesús; por ser como eres; por estar atento a todos nosotros como un anfitrión. También a san Manuel; si no hubiera sido por ti, querido padre y hermano, nada de esto hubiera sido posible. Y por supuesto, agradecer también a las Marías, Discípulos y simpatizantes de Zaragoza, pueblos de Zaragoza, Lleida, Barcelona y pueblos de Barcelona. Sin vosotros, ¿quién diría al mundo que el Señor está, y no debe de estar abandonado en el Sagrario?

Santi (UNER Zaragoza)
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