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La liturgia, encuentro con Cristo (mayo 2017)

15 mayo 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2017.

El Misal: un libro que nos ayuda a cooperar en la acción de Dios

Tal y como recuerda la Ordenación General del Misal Romano (n. 5), los que han recibido el sacerdocio real participan en la celebración de la Iglesia como miembros del pueblo de Dios. El bautismo nos ha constituido como miembros de un pueblo, y esta eclesialidad ha de ser reflejada siempre, como ahora veremos, también en el sacramento eucarístico.


Participar nos hace crecer
«La celebración de la Eucaristía es acción de la Iglesia universal; y en ella cada uno hará todo y solo lo que le pertenece conforme al grado que tiene en el pueblo de Dios. De aquí la necesidad de prestar particular atención a determinados aspectos de la celebración, a los cuales, algunas veces, en el decurso de los siglos se prestó menos cuidado. Porque este pueblo es el pueblo de Dios, adquirido por la Sangre de Cristo, congregado por el Señor, alimentado con su Palabra; pueblo llamado a elevar a Dios las peticiones de toda la familia humana; pueblo que, en Cristo, da gracias por el misterio de la salvación ofreciendo su sacrificio; pueblo, por último, que por la Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo se consolida en la unidad. Este pueblo, aunque es santo por su origen, sin embargo, crece continuamente en santidad por su participación consciente, activa y fructuosa en el misterio eucarístico» (OGMR, 5).

En la celebración eucarística prima la importancia del don: no nos hemos afiliado al pueblo de Dios, no lo hemos fundado nosotros, al contrario, estamos en él porque hemos sido adquiridos por la Sangre de Cristo. Toda la celebración ha de manifestar que estamos en ella por pura gracia, que recibimos en ella del Señor porque Él nos ha llamado a participar en ella. Para que esto sea así, la Palabra de Dios tendrá que tener gran importancia en la celebración: los cristianos reunidos por el Señor se fiarán de su Palabra, y se dejarán llevar por ella conducidos por el Señor, que sabe bien lo que nos conviene. Al hacer así, el bautizado se reconoce en su ser hijo, y da gracias. La celebración de la Eucaristía es maestra con la que el cristiano aprende que todo lo recibe de Dios, que es su fuente, y que por eso debe darle gracias y alabarle. Todo esto, le fortalece en la unidad del Cuerpo: para eso pedimos el don del Espíritu en la segunda epíclesis de la Misa, para que el Cuerpo experimente la unidad, viva la Misa como experiencia de victoria sobre la soledad y la muerte.

De esta forma, el Misal es el libro que contiene todo lo necesario para que, seguido fielmente, ayude al bautizado a cooperar con la acción de Dios; el laico se asocia con el don del Espíritu que le da el Hijo, y es transformado en un ser nuevo para transformar el mundo, acercando el Reino de Dios y la esperanza de Cristo a todos. Pero esto sucede de forma peculiar, pues decía N. Cabasilas: «el mundo futuro está, por así decir, mezclado y coaligado con el presente», es decir, que esa dirección no es algo externo que cae sobre nosotros, sino que a lo más profundo de lo que somos y de lo que vivimos, le es concedida una fuerza que convierte al creyente, que le transforma en aquello que le es dado, el futuro en Dios, ser «todo en todos» (1Co 15, 28). La naturaleza divina, según el teólogo bizantino, le va «dando forma, tomando por modelo la existencia que recibirá». La celebración de los sacramentos permite que eso así suceda, y para la Eucaristía, el Misal es el elemento que introduce lo futuro en lo presente, y lo presente en lo futuro.

Por eso, querríamos resumir –en siete puntos– las ayudas que el Misal ofrece en la celebración para que, los que han recibido la nueva identidad del bautismo puedan descubrir cómo en la celebración de la Misa encuentran la fuerza para ser lo que son.

1.Educar en la celebración
La Ordenación del Misal (n. 5) deja bien claro que quien celebra la Eucaristía es la Iglesia universal, Cabeza y cuerpo. Por eso, es muy importante que el bautizado sea educado en la celebración, en lo que en ella sucede y en cómo, en función de su vocación, cada uno participa en la Misa. No es más el que más hace, no es necesario hacer más para ser más, al contrario, podríamos oscurecer los ministerios y tareas, los servicios y colaboraciones que cada celebración requiere y en los cuales se ve la naturaleza eclesial de la liturgia. El bautizado ejerce su sacerdocio principalmente participando de la oración y de la ofrenda, en la intercesión y en la alabanza… la Misa no es suma de celebraciones, sino celebración de un cuerpo.

2. Grupos de formación
La actual edición del Misal es una oportunidad excelente para que los sacerdotes promuevan grupos de formación litúrgica en las parroquias y asociaciones. Los grupos de formación litúrgica ofrecen una gran ayuda a nivel eclesiológico y de implicación en la vida de la Iglesia. Unos conocimientos de liturgia ayudarán a que el creyente se pueda valorar como miembro de Cristo y responda con una participación activa a la actual tentación de individualismo que amenaza al cristiano. Para cualquier espiritualidad o carisma, la formación litúrgica, lejos de molestar, ayudará a saber integrar la vocación particular en la comunión de vida de la Iglesia. Buscar una celebración sacramental que pase por encima de la celebración de la Iglesia, o que pretenda reflejar lo que un grupo es, lo que siente, lo que le preocupa, por encima o al margen de lo que es la Iglesia que celebra, lo único que ayuda es a crear grupos separados, élites, que desvirtúan la realidad de la celebración.

3. Para conocer la Palabra
Por eso, la renovación del Misal nos tiene que animar a ofrecer herramientas de tipo bíblico a los fieles. Conocer la Palabra de Dios, no solo la que se proclama, sino también la que construye e inspira a las oraciones, la que explica los ritos, la que nos enseña cómo dirigirnos a Dios y cómo no hacerlo, es fundamental. Así como el Misal siempre conduce al Leccionario, también esta nueva edición del Misal tiene que llevarnos a reconocer que la Palabra crea en nosotros la fe que nos hace celebrar: sin ellas, no se puede pretender vivir en cristiano.

4. Importancia del silencio
La Palabra se complementa con el silencio: el silencio ha adquirido un mayor peso en esta nueva Ordenación. A nosotros, acostumbrados al ruido y la prisa, encontrar sitio al silencio en la celebración nos puede parecer forzado, y sin embargo, el silencio es el espacio en el que se manifiesta la obra del Espíritu Santo. Educarnos en el silencio es educarnos en que nuestra vida de hijos de Dios, de bautizados, se realiza en la escucha transformadora de la voluntad del Padre. La liturgia es pedagoga de la oración cristiana cuando nos enseña que no tenemos que estar siempre hablando.

5. Misales para los fieles
En estos últimos años han proliferado pequeños Misales, que buscan ayudar al fiel a seguir la Misa, a no despistarse, a leer a la vez que escucha. En los tiempos del movimiento litúrgico, estos libritos fueron de gran utilidad. Pero conviene también saber usarlos: vienen bien, sobre todo, como preparación a la celebración, para preparar las lecturas, para leer previamente las oraciones de la Misa… No viene bien si se busca que dejemos de escuchar al lector, pues «la fe viene por el oído», dice san Pablo. En efecto, la Palabra es un don que recibo, no puedo autoabastecerme aunque me resulte más cómodo, porque me maleduco. Igualmente, no puedo dedicar el tiempo del prefacio o la Plegaria a buscar la que el celebrante está haciendo porque «la ayuda» se convertirá en elemento de distracción.

6. Celebración significativa
La nueva redacción de la Ordenación hace el esfuerzo de explicar el sentido de algunos ritos de la misma celebración. Sin duda, un esfuerzo así merece ser correspondido con un esfuerzo mayor en que la celebración sea expresiva y participada, en que cada uno sepa por qué se hacen las cosas y busque hacerlas de la mejor manera posible. Hubo un tiempo en el que le pedimos a la liturgia que se acercara a nuestro idioma para poder celebrar mejor, y cambiamos rituales y ritos… ahora el esfuerzo tiene que venir de nuestra parte por conocer y realizar mejor esos ritos, sobre todo si deseamos celebrar mejor, aprovechar mejor la celebración.

7. Sentido y finalidad
En este sentido, es crucial reconocer el sentido y finalidad de la celebración: la comunión ente Dios y nosotros, la glorificación de Dios y la santificación de los hombres. A veces la Misa no nos dice nada, no sentimos nada, no nos ha tocado al corazón… La liturgia no actúa principalmente al nivel de los sentimientos, sino al nivel de la gracia: actúa sobre nuestra fe, esperanza y caridad. No crea mariposas en el estómago, sino comunión con Dios. La liturgia es la piedad objetiva de la Iglesia, no subjetiva o personal. Vivimos unos tiempos excesivamente sensibles, subjetivos, y conocer lo objetivo que celebramos nos evitará tener la tentación de cambiar, o adaptar o mejorar el Misal y la Misa. La fe es algo objetivo, la gracia es algo objetivo, el amor es algo objetivo. Eso debemos recibir y buscar.

En definitiva, el Misal –en su tercera edición– es una ayuda necesaria para que los bautizados puedan vivir la vida en Cristo e instaurar la esperanza definitiva en el Reino de Dios, porque por su ayuda la fe se hace vida, el Credo se vuelve santidad, esta vida conduce a la otra.

Diego Figueroa Soler, Pbro.
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