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Con mirada eucarística (mayo 2017)

17 mayo 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2017.

Diferentes pero no desiguales

Mes de mayo, mes de las flores, mes de María. Es cuando la primavera llega a su esplendor, los campos toman el color verde de la esperanza y fluye la savia en las hojas plagadas de los árboles. Es cuando la belleza.


Y sin embargo, también en este mes que los cristianos dedicamos a la más excelsa de las mujeres, espejo y manantial inagotable e inconfundible, seguimos escuchando noticias de que otra mujer ha sido asesinada en otra calle, en otro hogar, en otra ciudad. Y a veces también con ella sus hijos de corta edad. Evidentemente nos estamos refiriendo a la conocida como violencia de género.

Incomprensiblemente sigue subyacente, a pesar del derecho positivo, la idea de que el macho es superior a la hembra, de que la mujer es a la postre una cosa que es posesión del hombre, sobre la que este tiene que ejercer su derecho de dominio. La mujer tiene que ser objeto de control, de posesión y hasta de sometimiento al varón. Aunque nos duela, no puede negarse que estas ideas aberrantes sigan perteneciendo al inconsciente colectivo–cultural de nuestra civilización.

A pesar de la doctrina evangélica, que considera a la mujer igualmente hijo de Dios, toda una edad oscura nos ha traído hasta hoy el poso de que la mujer sigue siendo propiedad. No hay más que leer determinados mensajes de Whatsapp que se cruzan entre sí nuestros adolescentes.

Una basa compartida
Cuando un hombre y una mujer deciden vivir en común, saben que van a construir una columna distinta y que lo más importante de esta es su basa, esto es, la base o asiento sobre el que se apoya. La resistencia en el futuro depende del cimiento que la sujeta. Desgraciadamente, hay demasiados divorcios, lo cual es un mal menor si se compara con los casos extremos de violencia. En cualquier caso, falló el anclaje. Falló el amor.

Nosotros acabamos de cumplir 45 años de matrimonio (utilizamos la palabra matrimonio, con la carga de compromiso que ello implica) y hemos llegado hasta aquí con nuestras propias dificultades, evidentemente; aunque precisamente por eso podemos hablar de la experiencia amorosa.

Amar es aceptar al otro tal como es, con sus virtudes y sus defectos, sus altos y sus bajos, sus penas y sus alegrías, y no intentar cambiarlo. El otro es como es, igual que tú, igual de valioso que tú, y no intentar que sea a tu antojo, a tu capricho, a tus deseos, ni mucho menos violentarlo para que sea a tu medida.

Amar es aceptar los defectos del otro, o lo que tú crees que son sus defectos, sus carencias, sus fallos, sus imperfecciones, y como los aceptas, los perdonas, porque tú eres igual de defectuoso que el otro.

Y así es posible levantar una columna compartida, fuerte, resistente, que da frutos, que acompaña, que da vida.

El punto de vista del otro
El otro existe a tu lado y caminamos unidos de la mano, pero son manos diferentes. Hombre y mujer son seres diferentes, pero no desiguales. La biología hace que un hombre y una mujer se complementen desde sus divergencias, pero no desde la discriminación. El matrimonio es como una moneda, son las dos caras distintas las que la hacen ser valiosa, ambas hacen posible su existencia.

En el proyecto común de convivencia hombre y mujer aportan sus perspectivas, sus puntos de vista. Y cuando son contrarios, hay que intentar desde la palabra, siempre desde el diálogo, la solución del conflicto, la superación de las posiciones encontradas. Sobre todo, hay que ponerse en el punto de vista del otro, mirar hacia la misma montaña con los ojos del otro; y siempre esperar, tener paciencia… y confiar.

La confianza es producto de la fidelidad. Ser fieles al proyecto compartido consiste esencialmente en respetar la libertad del otro, saber que el otro, aunque se equivoque, quiere el bien de los dos porque es su propio bien, porque su personalidad se enriquece y adquiere pleno sentido cuando es capaz de, siendo uno mismo, sentirse al mismo tiempo parte del otro.

Haced lo que él os diga
No todo es relativo. Parece como si el «depende» se hubiera instalado en la médula humana actual. Pero no es así. Existen los valores absolutos, la Verdad con mayúsculas perseguida apasionadamente por el ser humano. El criminal Pilato, el que condenó a muerte a Jesús, también perseguía la verdad. En la convivencia, por encima de las razones particulares de uno y otro, hay otra Razón de ser superior que, cuando se la deja actuar, arroja luz, comprensión, perdón, amor. El matrimonio se hace más fácil cuando se le da espacio a lo absoluto y se convierte en una cuestión de tres. «Haced lo que él os diga», dijo María a unos hombres aturdidos, impacientes, angustiados.

La vida, como se dice vulgarmente, no es un camino de rosas. Un matrimonio con hijos tiene bastante tarea por delante, muchas dificultades que superar, muchas lágrimas que verter, eso sin contar con desgracias sobrevenidas y tal vez humanamente insoportables. Pero también existe la belleza, incluso la que se esconde detrás del esfuerzo, del dolor, del sacrificio.

Existe la belleza en el beso del otro, en su sonrisa, en el calor de su brazo, en la palabra acariciante, en las arrugas parecidas, en la mirada conjunta hacia los hijos y los nietos. Existe la belleza en el vientre callado de la madre que se ha hecho un sagrario aún más bello para el hijo.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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