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Ponencia de la Dra. Dª Aurora Mª Lopez Medina en el I Congreso Internacional Beato Manuel González (y III)

19 mayo 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2017.

La acción social de don Manuel González. Chifladuras frente a la «soberanía pulmonar» (y III)

En el I Congreso Internacional Beato Manuel González, que tuvo lugar en Ávila en la primavera de 2015, la Dra. Aurora Mª López Medina, de la Universidad de Huelva y miembro de la UNER, ofreció su reflexión sobre la acción social de don Manuel González. Ofrecemos en este número de El Granito la tercera y última parte de su intervención, en la que continúa describiendo y analizando la intervención de san Manuel González en la III Semana Social que se celebró en Sevilla en 1908.


Dos son los párrafos que a mi parecer marcan el centro del discurso de D. Manuel ante aquel selecto auditorio; él mismo los va a destacar señalando en esos momentos: «ya va saliendo la teoría», y aludiendo a quienes «reciben con prevenciones mi doctrina». Nada de esto es apercibido por el cronista que sin embargo sintetiza en pocas palabras la principal teoría de quien habla: «Dejad que esos corazones, el del pobre cura y el de Jesús se unan, que haya entre ellos un reflujo de amor, y cuando ese cura sienta las tristezas de las amarguras de Cristo, se haya hecho uno con Cristo, se chifle por Él, entonces que tiemblen las escuelas laicas, los explotadores del pueblo, porque aquello no es un hombre, es un ciclón, y que se alegren los niños, los apenados y los cesantes, aquel hombre es un pedazo de cielo que se les ha entrado por las puertas», y destaca en un reglón único unas palabras que ha escuchado al conferenciante, seguramente con la misma rotundidad con la que la escribe: «Ya está aquí el social». El periodista realiza una síntesis de lo que se recoge en esos dos párrafos centrales del discurso, lo principal de su teoría, que sin duda fue lo que más sorprendió a los asistentes.

«Ése es el primer paso, asociarse a Cristo, entrar en compañía con Él, enamorarse de Él, quererlo con toda el alma, ¿y queréis que os lo diga de una vez? ¡Chiflarse de amor por el Corazón de Jesucristo! Ni más ni menos» (OO.CC. II, n. 1891).

Para los andaluces, la expresión estar «chiflao» por algo es de uso corriente y aún hoy en día posee un significado muy concreto, el de algo que nos gusta mucho. Sin embargo me ha parecido útil recurrir a la gramática y al diccionario para dilucidar su contenido exacto en nuestra lengua. Chiflado es un adjetivo, participio del verbo chiflar que también puede usarse como sustantivo, y que viene a significar, aplicado a una persona que: a) tiene algo perturbada la razón, b) que siente una atracción exagerada por algo o por alguien. La segunda de las acepciones se corresponde perfectamente con la situación descrita por D. Manuel González y que es la premisa para quien vaya a realizar cualquier acción social en nombre de la Iglesia, estar exageradamente atraído por Cristo. Luego llegará la chifladura, que es la acción y el efecto de chiflar o chiflarse. Hay que concluir que en este contexto la chifladura es la acción social.

Sobre las chifladuras volverá a escribir muchas veces D. Manuel González, pero solo si se conoce bien el origen de la expresión y el contexto en el que nace se alcanza a comprender su importancia. En el índice de la edición de sus Obras Completas aparece el término chifladura asimilado a «amor», y seguramente habrá razones que lo aconsejen, pero yo no encuentro técnicamente óbice a que se considere un concepto diferente, en tanto que tiene su propia entrada en el diccionario y en la medida en la que tal como la usa D. Manuel González resulta algo más, una sublimación, un exceso de amor.

Pero no hay que olvidar que la acción social del cristiano, no solo nace en Cristo, también tiene a Jesús como punto final. Así se deduce de la propia definición que aquel noviembre de 1908 expuso magistralmente el arcipreste de Huelva, con esa referencia al viaje de ida y vuelta. Si hasta aquí nos había revelado cuáles debían ser las armas para llegar al pueblo, no se puede descuidar el camino de retorno, sin el cual no hay viaje. Quizás a causa del cansancio del periodista o tal vez por necesidad de no hacer mucho más larga la crónica, la narración de lo que el conferenciante vino a llamar «viaje de vuelta» está mucho más resumida, y ocupa únicamente veintiséis líneas del texto, es decir, solo la mitad de la página 810 del artículo en la RCCS. Aunque quizás por ello cada una de estas frases son auténticos «titulares» desde el punto de vista periodístico: «¿Damos al pueblo todo lo que precisa por haberlo mejorado en sus condiciones económicas?». «Bueno es todo esto, pero necesita principalmente el pan de la fe y del amor, pues su alma está hambrienta».

Ir al pueblo
En efecto, se trata de ir al pueblo en esos vagones que son los sindicatos agrarios, las cajas de ahorro y otras chifladuras, pero si no se les trae de vuelta a la estación de partida, mal viaje se habrá hecho. «Hemos de ir a él (al pueblo) no sólo porque somos cristianos, sino para hacerlo cristiano, porque únicamente haciéndolo cristiano a él, y cristianizando todo lo que le rodea, es como pueden repararse aquellas injusticias y disiparse aquellos dolores que tanto herían nuestra sensibilidad de cristianos, y cortar la raíz del árbol podrido que ha dado aquellos malos frutos» (OO.CC. II, n. 1889).

Este viaje de vuelta puede resultar más difícil que el de ida, pero es absolutamente necesario, pues «si no queremos que nuestros adversarios nos crucen la cara llamándonos hipócritas, digo que si somos hombres de acción, porque somos cristianos, es menester tomar a Cristo con todas sus consecuencias. Es menester buscarlo a Él en todas nuestras obras sociales. Es preciso no olvidar que nuestras obras, por muy populares y beneficiosas que sean, y muy disfrazadas que las presentemos, han de atraerse prevenciones y odios, que ésa es la suerte en el mundo de Cristo y de sus obras; es esencial, en una palabra, a la acción social católica ir siempre, tender siempre a Cristo» (OO.CC. II, n. 1902).

D. Manuel González explicaba a su audiencia cómo las auténticas obras de acción social han de atraerse prevenciones y odios. Se trata de un párrafo que no encontró eco en la prensa, pero que resultaba premonitorio del destino que años después tendrían algunas de sus chifladuras: Las Escuelas del Sagrado Corazón fueron arrasadas durante los seis días que siguieron al alzamiento de Franco en 1936, sin que las autoridades hicieran nada por evitarlo. No solo libros y muebles, también un altorrelieve obra de Martínez Montañés y cuatro lienzos de Pacheco fueron destruidos; su director D. Carlos Fernández Sánchez fue hecho prisionero. Años antes, en 1933, se había planteado en el Ayuntamiento la construcción de las Escuelas de la Esperanza «para contrarrestar la influencia clerical que se realizaba en las de San Francisco». El 21 de julio fue saqueada la Casa–Colegio de la Compañía de Santa Teresa, que en su día había fundado D. Manuel González y puesto a disposición de aquella orden (cf. J. Ordóñez Márquez, La apostasía de las masas y la persecución religiosa en la provincia de Huelva, CSIC, Madrid 1968, pp. 56-62). En este mismo libro se refiere la valiente postura de D. Manuel González durante la huelga de 1913 para intentar remediar el conflicto y sus consecuencias (cf. p. 238). Se le pone como ejemplo de persona que realizó una labor específicamente social, frente a tantos otros que descuidaron esos aspectos. Cuesta pensar que fueran precisamente los perseguidos quienes, como D. Carlos Fernández o el propio D. Manuel González, se habían distinguido por poner en marcha obras que beneficiaran a los más desfavorecidos.

La acción social cuando tiene como objeto también el viaje de vuelta, esto es, no se limita a solucionar problemas que son de mera justicia sino que intenta llegar a la raíz y buscar el bien de cada persona acercándola a Cristo, encuentra obstáculos a veces muy difíciles. Los encontró en aquel período de la historia de España y los encuentra todavía hoy. Sin embargo las obras de acción social deben ser fruto del amor, aunque a veces eso suponga el peligro de que sean odiadas o mal vistas, «dadme obras sociales sin amor y sin amor llevado hasta la chifladura y me habréis entregado un montón de huesos, con los que podremos formar un buen esqueleto, pero sin nervios, sin músculos» (OO.CC. II, n. 1908).

Y frente a esto, en la resumida crónica de la última fase del discurso, el periodista destaca que el conferenciante «insiste en que la acción social católica es obra de amor, que exige un chiflado para cada obra, que la sostenga; no basta fundarla, sin él moriría». Es muy difícil saber si el fracaso, en líneas generales, de la acción social de la Iglesia, tuvo su causa en el abandono de esas raíces que señalaba don Manuel González. Aunque también es curioso comprobar cómo el llamamiento de León XIII a propiciar el desarrollo del estudio de la cuestión social se vio interrumpido bruscamente en España, como veíamos al principio del texto. Sin duda son muchas las cuestiones a investigar (cf. J. Ordóñez Márquez, La apostasía de las masas y la persecución religiosa en la provincia de Huelva, pp. 230-244).

En este punto quiero traer a colación un tema que, con no estar presente en la Conferencia impartida en la III Semana Social de España, sí que aparece tratado en el libro en el que D. Manuel González desarrollará con más detenimiento las tesis que apuntaba en aquel discurso. Me refiero a su obra Lo que puede un cura hoy y al tema de la «soberanía pulmonar» que no «soberanía popular». Con este juego de palabra ponía de manifiesto una cuestión muy actual, esto de que quien más chilla, quien más levanta la voz, es quien tiene la razón. La soberanía pulmonar vivía un momento de oro, pues se trataba de un contexto en el que «no valen derechos ni razones sino pulmones» (OO.CC. II, n. 1785). Una de las enseñanzas de D. Manuel, muy relacionada con la acción social y que no pasa desapercibida para una jurista, es que hay que hacer valer nuestros derechos y nuestras razones, unos derechos que tenemos como ciudadanos católicos pero ciudadanos, y exigirlos también cuando se trata de llevar a cabo esas acciones sociales cristianas. No hemos de renunciar a nada por mor de la soberanía pulmonar en una sociedad como la nuestra que, por ser democrática y plural, está fundamentada sobre la soberanía popular.

Otra cuestión destaca el cronista que atiende a la Conferencia, se trata de una pregunta que todavía hoy podemos escuchar con cierta frecuencia cuando se trata de poner en marcha obras de iniciativa católica con la intención de hacer el bien en la sociedad, ¿se trata de caridad o de justicia? No evadió D. Manuel ese espinoso tema al tratar de la acción social católica como exigencia de la caridad cristiana o de justicia. Sin duda, y como él mismo afirma, es «cuestión más importante de lo que parece». Explicaba D. Manuel que si la acción social fuera simplemente cuestión de justicia, no habría mucho que discutir, alcanzaría hasta donde llega el derecho; sin embargo sugiere una visión diferente y señala en la acción social católica dos aspectos: uno propio de la caridad y otro de justicia. En la sociedad en que vivimos hay injusticias muy grandes, ¿qué hacer ante esas injusticias patentes? En primer lugar la propia caridad nos lleva a reivindicarlas, y aun reivindicándolas por caridad, mientras los obligados por la justicia no las remedien, también por caridad hay que rellenar los huecos de esas injusticias.

Heridas sociales abiertas
Esto por un lado, pero por otro están las calamidades, penas… que no tienen origen en una injusticia sino en el pecado, y que afectan a las personas. Son las consecuencias de las mentiras, la soberbia, la avaricia… no son fruto de una situación injusta, pero abren heridas sociales que necesitan del bálsamo de la caridad para confortar a quienes las sufren. De nuevo recurre a un ejemplo muy ilustrativo, «ésa es la acción social católica. Unas veces es la influencia de Jesucristo obligando a los Zaqueos de todos los tiempos a devolver con creces lo mal habido. Otras veces es la compasión del samaritano que repara las faltas y los egoísmos del fariseo. Es siempre el amor del Corazón de Jesús que pasa haciendo bien por la pobre sociedad» (OO.CC. II, n. 1905).

Reivindicación por caridad de todo aquello que se debe por justicia, pero al mismo tiempo la acción social requiere un estar atento a todos aquellos que por circunstancias viven sin paz, viven heridos y necesitados de ese amor, que es Caritas y Caritas est Deus.

Influencia y repercusiones
Aquella conferencia pronunciada en 1908 influyó de un modo decisivo en la trayectoria del propio conferenciante y al mismo tiempo consta la repercusión de aquellas palabras entre los que le escucharon o leyeron el discurso que conoció varias ediciones.

Como reconocería él mismo, el conocer lo bien que había «tocado en la llaga» (OO.CC. II, nn. 1613; cf. nn. 1726-1745) la conferencia sobre la acción social del párroco sin duda le movió a seguir escribiendo, y por tanto en aquella tarde de noviembre estaría el germen del libro quizás más conocido del beato, Lo que puede un cura hoy, que se publica con la advertencia de «libro muy recomendado para los propensos a cruzarse de brazos».

Cuando en 1931, y tras el incendio del Obispado de Málaga, realiza una nueva edición de Lo que puede un cura hoy, le añadiría la décima de La acción social del párroco, un texto que nunca revisó: «lo que sentí y aconsejé como cura, lo sigo sintiendo y aconsejando como obispo… esto es, sigo creyendo que mientras no llevemos nuestro amor al Corazón de Jesús y a los prójimos por Él hasta la chifladura, o llámese con un nombre más serio o técnico lo que eso representa, esa pobre cuestión no la resuelve nadie, ¡nadie!» (OO.CC. II, nn. 1880).Repercusión debió tener también entre los seguidores de las semanas sociales. Al año siguiente, 1909, que se celebraría en Santiago, en el acto inaugural y ante las autoridades se leen varios telegramas de adhesión al acto; solo uno de ellos arrancó una ovación de los presentes y algunas sonrisas, era el que decía así: «Periódico más chico de España empínase cuanto puede para saludar ilustres semaneros diciendo: ¡Viva el Corazón de Jesús y acción social que de Él sale y a Él va!» Firma: Granito de Arena.

Pero hubo entre los presentes alguien en cuyo corazón las palabras del arcipreste de Huelva dejaron una huella profunda, y que pudo captar el ambiente del Salón Santo Tomás del Palacio Arzobispal de Sevilla aquella tarde. Esta persona escribió en aquella ocasión para El Correo de Andalucía un pequeño artículo que tituló «Mis impresiones» (martes 17 de noviembre de 1908, p. 2):

«He oído la lección de la Semana Social que dio anoche el arcipreste de Huelva, y he de confesar que más de uno, más de cien de los que le escuchamos, hemos visto iluminada la amplia sala por una ráfaga de lo misterioso, de lo sobrenatural. No cabe más amor, ni más ternura, ni más cariño. Escuchando aquella palabra de fuego, viendo aquel rostro transfigurado por el ideal, aquel pecho sofocado por la emoción palpitante de Cristo, se nos ha representado un momento la vieja figura de aquellos apóstoles de los tiempos buenos que, alzando sus venerables figuras construidas con carne de penitencia, sobre las asombradas muchedumbres, han hecho surgir de las profundidades del espíritu la ecuación perfecta entre la gracia de Dios y la palabra humana divinizada por su contacto con el Evangelio. Y pensé yo: así sería Fr. Diego, así sería el beato de Ávila, así serían los discípulos del único Maestro del tiempo y de la eternidad, así encenderían ellos los pueblos, arrancando de la dureza de los corazones los tiernos y melancólicos gemidos de la confesión.

Yo he oído muchas veces al arcipreste, pero nunca soñé que pudiera hacer ante una asamblea de hombres encanecidos por el estudio, el más soberano de todos los prodigios, el prodigio de saltar por encima de la ciencia con el solo empuje del amor. Después de todo, ¿hay elocuencia más grande que saber amar bien? Y pensaba sobre aquello, a medida que caían sobre nuestras frentes los carbones encendidos de su inflamado verbo, y pude explicarme, sin que me lo estorbaran las lágrimas, que esta oración admirable del siervo del Señor era tan admirable, no por el siervo, sino por obra y gracia del Señor, del Amo. El Amo ha realizado en Huelva una obra admirable de tiernos y santísimos amores, y el Amo necesita la promulgación de su obra. La obra del Sagrado Corazón va entrando ya en Huelva en período de madurez y el Sagrado Corazón necesitaba la altura de la asamblea sevillana para promulgar desde ella su obra. Su obra es sacrificio, es privación, es penitencia, es lucha, es muchísima amargura, es mucho caer y mucho levantarse, es tragar mucha injuria, mucha calumnia, es obra de dolor, y el Sagrado Corazón escogió en la noche de ayer al ungido de la persecución y el dolor para decir a todos: este es mi hijo, este es mi apóstol, este es mi amor, recoged vosotros sus palabras porque las dicto yo, y por eso he sentido yo y conmigo más de cien aquella ráfaga de lo misterioso y sobrenatural». Firmaba Manuel Siurot.

Aurora Mª López Medina
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