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El Evangelio a la lámpara del Sagrario (mayo 2017)

23 mayo 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2017.

Con María por los caminos de la Iglesia y del Espíritu

Exultantes de gozo por la resurrección de Cristo, nos sentimos enviados a anunciar «lo que hemos visto y oído» (1Jn 1, 3). La Pascua es el tiempo de la comunidad, es el tiempo de la Iglesia congregada en torno a María a la espera del don del Espíritu que «nos lo enseñará todo» (Jn 14, 26).


Vivir la Pascua es vivir la comunidad, es vivir la maternidad de María que unida al sacerdocio de su Hijo, intercede por todos en el Cenáculo a la espera de Pentecostés. En este sentido, san Manuel González intuye que María se manifiesta dos veces como la madre de Jesús, por la anunciación y por Pentecostés: «María es no sólo la Madre del Jesús físico del Evangelio, sino también del Jesús místico, que es la Iglesia. ¡Los cuidados, desvelos y sacrificios de todo orden envueltos en el más recatado silencio con que la excelsa Madre del Jesús físico del Evangelio ha criado, sostenido, ayudado, alimentado y defendido al Jesús místico de la Iglesia niña, siempre pobre, perseguida siempre en la tierra!… ¡Qué misterios de bellezas, qué abismos de abnegaciones, qué mares de caridad, qué jardines de virtudes, qué inmensidad de vida y de acción sobrenatural nos descubrirá en el cielo la historia, hasta ahora cerrada, del Nazaret de la Iglesia niña! ¡Cómo se dejaría la Iglesia naciente formar por el cariño, los ejemplos, la oración de la por dos veces Madre sacerdotal!» (OO.CC. II, n. 2614).María es, por tanto, modelo de espera y madre de la comunidad apostólica y como nos recuerda el Concilio Vaticano II, muy unida a los discípulos, modelo de oración pidiendo el don del Espíritu: «Dios no quiso manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de enviar el Espíritu prometido por Cristo. Por eso vemos a los apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseverar en la oración unidos, junto con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y sus parientes» (Hch 1, 14). María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la anunciación la había cubierto con su sombra» (LG 59).

La primera comunidad constituye el preludio del nacimiento de la Iglesia; la presencia de la Virgen contribuye a delinear su rostro definitivo, fruto del don de Pentecostés, la presencia de la Virgen ayuda a que los discípulos tomen conciencia de su misión, como señala san Manuel González: «Llega Pentecostés. Con ruido de viento impetuoso y en forma de lenguas de fuego desciende el Espíritu Santo sobre cada uno y los llena de sus dones y, entonces, como al embate de aquel viento impetuoso y de aquellas llamas de fuego, desaparecen de los ojos y de los corazones de los apóstoles los tupidos velos que les impedían ver y sentir y darse cuenta de lo que eran y podían por institución de su Maestro» (OO.CC. II, n. 2581).

De esta manera, descubrimos cómo la Pascua es el tiempo para caminar con María por los caminos del Espíritu y de la comunidad. María con su presencia en Pentecostés nos señala un modo de estar y de construir comunidad, dando ejemplo a los discípulos.

Modelo de oración
María, en primer lugar, es modelo de oración. El Concilio subraya expresamente su presencia, en oración, con vistas a la efusión del Paráclito. María implora «con sus oraciones el don del Espíritu». Esta afirmación resulta muy significativa, pues en la anunciación el Espíritu Santo ya había venido sobre ella, cubriéndola con su sombra y dando origen a la encarnación del Verbo. Al haber hecho ya una experiencia totalmente singular sobre la eficacia de ese don, María estaba en condiciones de poderlo apreciar más que cualquier otra persona. A diferencia de los que se hallaban presentes en el Cenáculo en trepidante espera, ella, plenamente consciente de la importancia de la promesa de su Hijo a los discípulos, ayudaba a la comunidad a prepararse adecuadamente a la venida del Paráclito.

María es también referente paradigmático y magisterial. María, que conservaba en su corazón todos los acontecimientos desde que entró a formar parte en el plan de Dios, proclamaría ante los apóstoles su fe y les ayudaría a comprender los misterios de su Hijo. De esta forma prepararía a los discípulos a recibir al Espíritu Santo. María referiría a los discípulos todas sus experiencias, las palabras de Jesús, las enseñanzas aprendidas en los treinta años de convivencia con su Hijo y todo aquello que era desconocido para los apóstoles. Ella, que estaba iluminada por el Espíritu Santo, podía preparar las mentes todavía oscuras de los discípulos

María, como dirá don Manuel, «permanece con los apóstoles de Él para que, al nacer de nuevo en la Iglesia el día de Pentecostés y en las Misas que desde ese día y ante su presencia corporal empezarán a decirse, y en las comuniones que comenzarán a repartirse, nos lo vuelva a dar… con la misma carne y sangre que Ella le dió… ¡Siempre Jesús sacerdote se da ¡con María su Madre…! Y ¡nadie lo encontrará jamás sin Ella!» (OO.CC. II, n. 2445).

De este modo, querida Familia Eucarística Reparadora, María es modelo para nosotros no solo porque diera una vez a luz al Salvador, dándonos ejemplo de disponibilidad y aceptación de una misión, sino que, por la acción del Espíritu, María sigue engendrando y dando a luz a Cristo en cada Eucaristía, porque allí donde está la Iglesia y los discípulos de su Hijo está Ella.

Si la Eucaristía hace a la Iglesia, como nos dejó escrito san Juan Pablo II en la carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, la presencia de María hace que la Iglesia tome conciencia de su misión de ser engendradora de Cristo, dándolo a luz en cada Eucaristía. Por la maternal y sacerdotal intercesión de María, la Iglesia, al celebrar la Eucaristía, peregrina por los caminos de la misión y del Espíritu.

Misión de renovar el mundo por la fuerza de la Eucaristía, misión de eucaristizar al modo de san Manuel González: «En la última Cena se comió la Eucaristía. En el día de Pentecostés se empezó a saborear… Misas y comuniones de los apóstoles, preparadas por el mismo Espíritu Santo, participadas y agradecidas por la Madre de Jesús en persona, ¡cómo renovásteis la faz del mundo! (OO.CC. II, n. 2585). ¡A Jesús por María, al mundo por la Eucaristía!

Sergio Pérez Baena, Pbro.
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