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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (junio 2017)

1 junio 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2017.

María conservaba todas estas cosas
meditándolas en su corazón (Lc 2,19)

«Madre querida de mi Jesús y mía, graba hondamente en mi alma que éste y no otro es el secreto de las Comuniones sabrosas y fecundas en luz, calor, fuerza y obras buenas, que ése es el secreto de los ratos dulces y confortadores de Sagrario, que ése es el resorte para ver y creer al mismo tiempo, esperar y gozar, trabajar y descansar, caminar y llegar al término…» (OO.CC. I, 1262).

Mes de junio, mes de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y de la memoria del Inmaculado Corazón de la Virgen María; momento propicio para contemplar cómo vibra el corazón de nuestra Madre Inmaculada cuando los pastores fueron a Belén a adorar al Niño Dios y cómo late hoy el Corazón de María: de inmenso dolor ante la realidad de numerosos hijos del Padre que olvidan o niegan a Jesús; de grandiosa alegría por tantos corazones agradecidos que visitan, acompañan, adoran y se postran ante su Hijo, presente en el Sagrario o alabado en largas horas de adoración eucarística.

«Madre Inmaculada, puesto que tu oficio en el Evangelio es traernos a Jesús y llevarnos a Él, y que tan de cerca viste las renuncias que de sí propio tuvo que hacer tu Jesús Niño para hacer su primera entrada en el mundo ¡por un pesebre!, ¿quieres seguir enseñándome renuncias de tu Hijo, singularmente las que se impone al hacerse Hostia y entrar en el Sagrario? Habla, habla a mi alma, Madre querida, dile los no que tu Jesús Sacrificio y Sacramento tiene que pronunciar, y más que pronunciar que hacer, al entrar en cada Sagrario (OO.CC. I, n. 1254).

«María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,19). Los recuerdos de Jesús impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo» (Juan Pablo II, El Rosario de la Virgen María, 11).

Pidamos a Dios que imitemos a María en el valor del silencio interior, en la escucha constante de la Palabra, en la meditación asidua y familiar de las distintas escenas de la vida de Jesús, en la interiorización profunda de las verdades de la fe, para alcanzar por gracia los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Oración inicial
Oh Dios, Padre de la misericordia, tú que preparaste el Corazón Inmaculado de tu elegida para que fuera una digna morada del Espíritu Santo, presenvándola de la herencia del pecado original, en virtud de los méritos de tu Hijo, haz de nosotros, por intercesión de María, templos dignos del cuerpo eucarístico de Cristo, cada vez que le comulgamos en la Eucaristía o le adoramos en su presencia sacramental en el Sagrario o en la custodia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…

Escuchamos la Palabra
«María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho» (Lc 2, 16-20).

Puntos a meditar
Esa frase, que nos muestra cómo María estaba siempre en oración, ella, la llena de gracia, nos dice mucho de su relación con Dios: era eminentemente contemplativa, se admiraba de las maravillas de Dios, se deja sorprender por cada uno de los acontecimientos que iban sucediendo.

«La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún» (RVM 10).

Mirando a María en oración aprendemos a ser contemplativos y a guardar en nuestro corazón cada acontecimiento como paso de Dios. Ella nos enseña a meditar el Evangelio con mirada de fe: mirada interrogadora o penetrante, mirada dolorida o radiante y ardorosa: «nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo» (RVM 10).

Maestra de oración
«Madre querida, Inmaculada María, Maestra y Modelo de las Marías todas: enseña a tus discípulas a imitar a la Hostia callada del Sagrario y a unirse a su perpetua y silenciosa inmolación» (OO.CC. I, n. 1415).

«Madre abnegada de mi abnegado Jesús, enseña a mi alma a poner al principio de cada obra suya esta etiqueta: Jesús, sí; yo, no» (OO.CC. I, n. 1253).

El silencio exterior e interior era el estado del alma más habitual de la Virgen María. Silencio habitado por la presencia y la acción del Espíritu Santo. Silencio que favorecía en ella la apertura al asombro, la sorpresa y la adoración. Silencio que le ayudaba a concentrarse solo en su Hijo; y, desde él y con él, mirar con ojos de fe cada acontecimiento: «entre las criaturas nadie mejor que ella conoce a Cristo, nadie como su madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio» (RVM 14).

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
Nuestro santo eucarístico nos invita a ese silencio interior y exterior para imitar a María, y poder contemplar, serena y sosegadamente las escenas de la vida de Cristo al modo de nuestra madre. Solo así podremos, como ella, guardar e interiorizar en nuestro corazón lo que vemos, oímos, sentimos y admiramos de Jesús.

«¡Silencio del Sagrario, qué misteriosamente elocuente eres! ¡Cómo azotas y abofeteas la locuacidad de mi vanidad y de mi orgullo! Jesús, la Palabra eterna y subsistente de Dios, la Palabra que es espíritu y vida, la Palabra que nos hace libres, la Palabra reveladora de Dios, de sus misterios y de las maravillas de su reino, la predicadora del Evangelio, la sentenciadora de la última e inapelable sentencia, la fórmula de la oración siempre oída…, ese Jesús se ha impuesto silencio al quedarse a vivir en el Sagrario, y ¡silencio perpetuo, sin excepciones ni de tiempo, ni de personas, ni de ocasiones! De noche y de día, con los buenos y con los malos, en los triunfos y en las derrotas, Jesús sacramentado permanecerá mudo. ¡Ni un sí de agradecimiento o de aprobación, ni un no de protesta, ni un ¡ay! de queja romperá ese silencio…! Jesús se ha hecho Hostia, y como las Hostias no hablan, Él no hablará» (OO.CC. I, n. 1258).

Oremos a María, con san Manuel González
Madre mía Inmaculada, enséñame a Jesús Sacramentado de todas las maneras en que pueda ser por mí conocido y amado, agradecido e imitado.

Madre Inmaculada, que cada Comunión, visita y obra de tus Marías sean otras tantas repeticiones vivas de la palabra que le gusta a tu Hijo…

Madre Inmaculada, que nada me mueva tanto a trabajar por tu Jesús como el recuerdo y la certeza de que Él me pide, me espera y me echa de menos en su Sagrario.

Madre Inmaculada y maestra mía, que cuando mi ángel llame a la puerta de mi corazón, suene siempre a vacío de mí y a lleno de tu Jesús. Amén. (OO.CC. I, n. 1207. 1220. 1232. 1248).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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One Comment leave one →
  1. graciela uner santa fe permalink
    6 junio 2017 22:43

    ME GUSTA MUCHO LO QUE HAS ESCRITO EN EL GRANITO DE ARENA, YA QUE YO ESTOY EVANGELIZANDO POR EL FACEBOOK Y ENCONTRABA MUY POCO EN GOOGLE, PERO HOY GRACIAS A DIOS Y AL ESPIRITU SANTO, QUE ME PUSO EN EL CAMINO UNA PERSONA AMOROSA, Y ME COMENTO DONDE PODIA ENCONTRAR; PUDE TRASMITIR EL PENSAMIENTO Y LAS PALABRAS DE NUESTRO SANTO

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