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La liturgia, encuentro con Cristo (junio 2017)

4 junio 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2017.

La invitación al pueblo:
«Este es el Misterio de la fe»

Cristo, sumo Sacerdote y único Mediador, ha hecho de la Iglesia «un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,6; cf. Ap 5,9-10; 1Pe 2,5.9). La comunidad de los fieles, consagrados por el Bautismo y la Confirmación, es sacerdotal (cf. LG 10) y ejerce ese sacerdocio a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey (cf. Catecismo, 1546).

También, en la Iglesia, el sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros está al servicio del sacerdocio común (cf. Catecismo, 1547). Desde ahí, creemos que la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes por el ministerio ordenado.

El ejercicio de ambos sacerdocios se pone de manifiesto en la oración central de la Misa: la Plegaria Eucarística. Esta plegaria presidencial de acción de gracias y de consagración no es una oración privada del ministro sagrado, ya que la pronuncia en nombre de todos los fieles, que escuchan en reverente silencio (cf. OGMR, 78). Sin embargo, en algunos momentos la comunidad interviene participando activa y conscientemente (diálogo inicial, canto del Sanctus, amén conclusivo y otras intervenciones que pudieran existir). Pero, sobre todo, el pueblo cristiano ejerce su sacerdocio bautismal en la aclamación al Memorial, respondiendo a la invitación del ministro y dirigiendo su oración directamente a Cristo: «Anunciamos tu muerte… Cada vez que comemos de este pan… Sálvanos, Salvador del mundo…».

«Este es el misterio de la fe»
Las palabras que hoy sirven como invitación –«Misterio de la fe / Sacramento de nuestra fe»– formaban parte integrante de la consagración del cáliz en el Rito Romano, quizá desde el siglo V. Con la renovación conciliar (1969), se colocaron inmediatamente después del relato del Memorial para que pudiesen ser un modo de expresar la participación activa de los fieles laicos en la celebración central de los sagrados misterios. Mientras el sacerdote, que haciendo las veces de Cristo –su icono sacramental– se dirige en la Plegaria solo a Dios Padre, el pueblo se dirige directamente a Cristo presente en el Sacramento.

Todo ello está claramente indicado en las rúbricas para la concelebración de la Misa. Tras el relato de la consagración del cáliz, leemos: El celebrante principal «muestra el cáliz» a los concelebrantes y al pueblo. Los concelebrantes junto con el pueblo, elevan hacia él la mirada. Luego, el celebrante principal deposita el cáliz «sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión», mientras los demás concelebrantes se inclinan pro­fundamente.

Si asiste pueblo a la concelebración, el celebrante principal dice una de las siguientes fórmulas: «Este es el Misterio de la fe» / «Este es el Sacramento de nuestra fe». Y el pueblo, no los concelebrantes, prosigue, aclamando: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».

O bien: «Aclamemos el Misterio de la fe». Y el pueblo, no los concelebrantes, prosigue, aclamando: «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este caliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas». O bien: «Proclamemos el Misterio de la fe». Y el pueblo, no los concelebrantes, prosigue, aclamando: «Sálvanos, Salvador del mundo, que nos has liberado por tu cruz y resurrección».…

Pero si no hay pueblo se omite, tanto la monición («Este es el Misterio de la fe») como la aclamación («Anunciamos tu muerte»).

Después de la aclamación del pueblo –o bien inmediatamente después de las palabras de la consagración, si el pueblo no asiste– el celebrante prin­cipal, en voz alta, y los demás concelebrantes, en voz baja, continúan diciendo con las manos extendidas: «Por eso, Padre…» etc.

La razón es obvia: en la Plegaria o Anáfora el ministro actúa representando la persona de Cristo, que alaba al Padre y pide la acción del Espíritu Santo. El pueblo, asamblea santa, participando de la acción de gracias y de la bendición invoca a Cristo en el presente de la celebración, hace memoria del pasado y espera el futuro salvífico (cada vez que comemos o bebemos, anunciamos la muerte del Señor en la cruz y su resurrección esperando que venga como Salvador total y universal). Es el momento contemplativo por excelencia («elevan la mirada / aclaman»).

Recordando para celebrar mejor
Las indicaciones de la Concelebración de la Eucaristía / Subsidio (C.E.E., Madrid 2017, pp. 24 ss.) ponen de manifiesto con claridad:

  • Que la Plegaria Eucarística es una oración presidencial que se dirige al Padre.
  • Que, tras la consagración, hay una invitación al pueblo sacerdotal; no a los concelebrantes.
  • Que esta aclamación se hace únicamente para intervención de la asamblea santa
  • Que los ministros ordenados nunca se dirigen a Cristo en la Plegaria Eucarística, pues lo representan.
  • Que hay una triple posibilidad en la invitación/aclamación (que podría variar según tiempos litúrgicos u otras situaciones).

La Santa Sede, ya en el lejano 1969 y en su publicación oficial Notitiae (n. 47 pp. 324 ss.), ya había contestado a la pregunta: Cuando no asisten fieles que puedan responder a la aclamación después de la consagración, ¿el sacerdote debe decir «Mysterium fidei»? A la que se respondía negativamente explicitando que se dan situaciones en las que esto no es posible. En esos casos se suprime la invitación/aclamación (de igual modo que se hace con los saludos y la bendición cuando –por grave necesidad– el ministro deba celebrar solo). La respuesta añade que la misma supresión vale para las concelebraciones cuando no está presente ningún fiel.

El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea representar a Cristo –Cabeza de la Iglesia– ante la asamblea de los fieles, actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la Iglesia (cf. SC 33) y, sobre todo, cuando ofrece el sacrificio eucarístico (cf. LG 10). El sacerdocio ministerial puede representar a la Iglesia porque representa a Cristo (cf. Catecismo, 1552 ss.). Esta re-presentación es un verdadero servicio (ministerial) que no suplanta sino que potencia y está al servicio del sacerdocio de los fieles.

Respuestas a la aclamación
Este es el Misterio de la fe ó bien Este es el Sacramento de nuestra fe

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Aclamemos el Misterio de la fe

Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

Proclamemos el Misterio de la fe

Sálvanos, Salvador del mundo, que nos has liberado por tu cruz y resurrección.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
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