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Catequesis del papa Francisco (24/5/17)

24 junio 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2017.

La Eucaristía, signo de lo que debe ser la Iglesia

El miércoles 24 de mayo, el papa Francisco dirigió a los peregrinos que acudieron a la Audiencia general en la Plaza de San Pedro una reflexión sobre la experiencia de los discípulos de Emaús. Culminó subrayando que en el gesto central de la Eucaristía: «Toma el pan, lo bendice, lo parte y lo entrega», está compendiado lo que debe ser la Iglesia: «Jesús nos toma, nos bendice, parte nuestra vida y la ofrece a todos». A continuación, ofrecemos el texto íntegro.


Hoy quisiera detenerme en la experiencia de los dos discípulos de Emaús, de la cual habla el Evangelio de Lucas (cf. 24,13-35). Imaginemos la escena: dos hombres caminaban decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un acontecimiento que acabó mal.

Antes de esa Pascua estaban llenos de entusiasmo: convencidos de que esos días serían decisivos para sus expectativas y para la esperanza de todo el pueblo. Jesús, a quien habían confiado sus vidas, parecía que finalmente había llegado a la batalla decisiva: ahora manifestaría su poder, después de un largo período de preparación y de ocultamiento. Esto era lo que ellos esperaban, y no fue así.

Huida a Emaús
Los dos peregrinos alimentaban una esperanza solamente humana, que ahora se hacía pedazos. La cruz erguida en el Calvario era el signo más elocuente de una derrota que no habían presagiado. Si de verdad ese Jesús era según el corazón de Dios, deberían concluir que Dios era inerme, indefenso en las manos de los violentos, incapaz de poner resistencia al mal. Por ello, en la mañana de ese domingo, estos dos huyen de Jerusalén. Ante sus ojos todavía están los acontecimientos de la pasión, la muerte de Jesús; y en su ánimo el doloroso desvelarse de esos sucesos, durante el obligado descanso sabático. Esa fiesta de la Pascua, que debía entonar el canto de la liberación, en cambio se había convertido en el día más doloroso de sus vidas.

Dejan Jerusalén para irse a otra parte, a un pueblo tranquilo. Tienen todo el aspecto de personas que desean borrar un recuerdo que duele. Entonces van de camino, y caminan tristes. Este escenario –el camino– ya había sido importante en los relatos de los evangelios; ahora se convertirá aún más, desde el momento en el que se comienza a narrar la historia de la Iglesia.

Terapia de la esperanza
El encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de los numerosos encuentros que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les acerca. Es Jesús; pero sus ojos no son capaces de reconocerlo. Entonces Jesús comienza su terapia de la esperanza. Lo que acontece en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién la realiza? Jesús.

Sobre todo pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios entrometido. Aunque ya conoce el motivo de su desilusión, les deja tiempo para poder analizar en profundidad la amargura que los envuelve. De ahí brota una confesión que es un estribillo de la existencia humana: «Nosotros esperábamos, pero… Esperábamos, pero…» (v. 21).

¡Cuántas tristezas, cuántas derrotas, cuántos fracasos existen en la vida de cada persona! En el fondo todos somos un poco como estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad, y luego nos hemos encontrado por los suelos desilusionados. Pero Jesús camina con todas las personas decepcionadas, que están decaídas. Y caminando con ellas, de manera discreta, logra devolverles la esperanza.

Jesús les habla sobre todo a través de las Escrituras. Quien toma en la mano el libro de Dios no se encontrará con historias de heroísmo fácil, campañas fulminantes de conquista. La verdadera esperanza jamás se alcanza a bajo precio: siempre pasa a través de derrotas.

La esperanza de quien no sufre, tal vez no es ni siquiera eso. A Dios no le gusta ser amado como se amaría a un líder que arrastra a la victoria a su pueblo aniquilando a sus adversarios. Nuestro Dios es una lámpara suave que arde en un día frío y con viento, y aunque su presencia en este mundo parezca frágil, Él ha escogido el lugar que todos despreciamos.

Luego Jesús repite para los dos discípulos el gesto central de toda Eucaristía: toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. En esta serie de gestos, ¿no está quizás toda la historia de Jesús? ¿Y no está, en cada Eucaristía, también el signo de qué debe ser la Iglesia? Jesús nos toma, nos bendice, «parte» nuestra vida –porque no hay amor sin sacrificio– y la ofrece a los demás, la ofrece a todos.

Caminar y escuchar
El encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús es un encuentro rápido. Pero ahí está todo el destino de la Iglesia. Nos muestra que la comunidad cristiana no está encerrada en una ciudad fortificada, sino que camina en su ambiente más vital, es decir la calle. Y ahí encuentra a las personas, con sus esperanzas y sus desilusiones, a veces enormes. La Iglesia escucha las historias de todos, como emergen del cofre de la conciencia personal; para luego ofrecer la Palabra de vida, el testimonio del amor, amor fiel hasta el final.

Y entonces el corazón de las personas vuelve a arder de esperanza. Todos nosotros, en nuestra vida, hemos atravesado momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes, pensativos, sin horizonte, solo con un muro delante. Y Jesús siempre está junto a nosotros para devolvernos la esperanza, para encender nuestro corazón y decir: «Ve adelante, yo estoy contigo. Ve adelante». El secreto del camino que conduce a Emaús está aquí: también a través de las circunstancias contrarias seguimos siendo amados, y Dios jamás dejará de querernos mucho. Dios caminará con nosotros siempre, siempre, también en los momentos más dolorosos, también en los momentos más desagradables, también en los momentos de la derrota: allí está el Señor. Y esta es nuestra esperanza. Vamos adelante con esta esperanza, porque Él está junto a nosotros y camina con nosotros siempre.

Papa Francisco
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