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Con mirada eucarística (junio 2017)

28 junio 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2017.

Confesión hecha poesía

De rodillas, Señor, ante el Sagrario o Evangelio de Juan es el título de un poemario de Lucrecio Serrano que acaba de salir a la luz. La evocación de la letra de un himno eucarístico (de José María Pemán) se da la mano con la presencia del Evangelio poético de san Juan.


Todo está escrito delante de un Sagrario. El poeta, cargado de su vida, se postra ante Jesús Eucaristía y exclama en su llegada: «Ya estoy aquí, Señor. Mi vida / te la traigo extendida como un manto». Es el comienzo de una confesión, de una comunicación permanente, de una búsqueda de respuestas. Al final, en el último poema, cuando decide levantarse, el poeta concluye: «…pero me tengo / que levantar, me tengo que ir / a terminar la vida que me queda». Querría el poeta terminar el viaje en este momento, con esta experiencia, si bien muy a su pesar tiene que salir fuera a concluir su andadura vital.

Entre tanto ha sucedido el acontecimiento lírico. Los textos de san Juan, del Evangelio más eucarístico de todos, sirven de introducción a cada uno de los poemas. En ellos domina la aparición apasionada del encuentro en un diálogo abierto, sin fisuras, con el Señor de la Eucaristía. El alma se desnuda con todo el dolor y la pena, también con la alegría de saber que adquiere su plenitud en el amor de Dios. Todas las carencias, que sin duda se derivan de saberse finita, el alma del poeta las supera en la anhelada inmortalidad del Resucitado «porque Tú eres la Vida, / que estás aquí conmigo y resucitas, / Señor, cada mañana». Lo demás no importa, es insignificante, hasta puede ser absurdo. Fuera de Dios la existencia humana no tiene sentido. De ahí que con frecuencia aparezca la paradoja como casi la única vía posible para expresar la auténtica verdad: «No quiero libertad, Señor, / quiero tu cárcel».

El camino compartido
Escribir poesía lírica es la forma más directa de sincerarse, de desprenderse de lo accesorio y abrir el espíritu en canal. Lucrecio lo lleva haciendo desde hace mucho tiempo y yo soy testigo de todo ello. Es un camino que venimos compartiendo sin duda porque Dios así lo quiere.

En este caso concreto todo sucedió cuando fuimos a ver las Edades del Hombre en la ciudad de Soria. Estábamos visitando la ciudad y, como no podía ser menos, pasamos a la iglesia de Santo Domingo, envuelta en el vapor del misterio antiguo y de sus arcos románicos. En el ajetreo turístico de la visita al templo –evidentemente no estábamos solos– Lucrecio me señaló hacia el silencio de unas monjitas que, cabizbajas y casi desaparecidas a las miradas, oraban de rodillas ante una custodia redonda y luminosa. Nosotros también nos arrodillamos. Allí comenzó el poeta la escritura de este libro.

De vuelta a nuestra casa de Albacete, siempre con el lapicero, el cuadernillo y la goma de borrar en la mano, utensilios que permanentemente lleva consigo, Lucrecio se dirigió muchos días a la capilla de la Adoración Eucarística Permanente. También llevaba consigo el Evangelio de san Juan. El Jesús de la Eucaristía y el relato de Juan se identifican en una confesión sincera, valiente y atrevida. Y aquí, en Albacete, terminó el libro. El camino que iniciamos en su día en Málaga, en las orillas de Málaga, esta vez pasaba también por Soria.

Son los caminos de Dios. Otra vez yo me empeñé en presentar en público a Lucrecio y De rodillas, Señor, ante el Sagrario o Evangelio de Juan fue libro finalista en el XXX Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística.

La presencia de san Manuel
La reciente canonización de don Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados, el apóstol de la Eucaristía, ha sido causa determinante en la publicación de este libro. Precisamente porque todo él está concebido bajo la perspectiva de la presencia del Sagrario en la existencia del ser humano y más concretamente en la compañía que hacen Juan y las Marías a un Cristo abandonado en la cruz: El Calvario, Sagrario de la historia.

El evangelista Juan siempre está presente, convirtiéndose en este caso el poeta en un discípulo de san Juan. El Evangelio de san Juan no solo encabeza literalmente el título de cada uno de los poemas, sino que orienta de una manera obsesiva el desarrollo de los mismos. No es posible la composición del libro sin contar con la meditación atenta del Evangelio joánico, que presta de manera lineal, desde el principio al fin, su doctrina, su enseñanza, su mensaje lírico, sobre todo la palabra puesta en boca del Maestro, de Jesús de Nazaret.

Y junto a Juan las Marías. Son los que estaban al pie de la cruz en la desolación amorosa y redentora de Jesús. Es evidente la continuada aparición de la mujer en este arrodillarse del poeta ante el Sagrario. Ella es la madre, la compañera, la mujer. Es María, la Virgen, a quien se aparece el Hijo resucitado y quien da el recado a Magdalena para que se encuentre con Él en el sepulcro. Es la madre ya ausente que lo amaba más que las piedras sujetando al suelo. Es la mujer, la compañera, a quien tal vez no ha sabido amar como se merece: «Tal vez, Señor, yo no la quiera, / pero la quiero tanto…». Es ella en compañía siempre del poeta: «Qué bien, Señor, los tres».

Decir que Lucrecio es un enamorado de la Obra de los Sagrarios Calvarios fundada hace más de cien años por san Manuel González es reconocer por mi parte una realidad evidente que vive cada día y a su manera. Esta es otra prueba, su nuevo poemario: De rodillas, Señor, ante el Sagrario. No es de extrañar que en su dedicatoria diga exclusivamente: «A todas las Marías de los Sagrarios».

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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