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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (julio-agosto 2017)

24 julio 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2017.

«Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»

«Mi experiencia de chiquillos, por no hablar ahora de gente mayor, me ha enseñado que así como los físicos han registrado en su vocabulario la frase “¡horror al vacío!”, los moralistas y psicólogos deben mandar registrar esta otra aplicada a mucha gente menuda: “el horror a decir la verdad”» (OO.CC. III, n. 4470).

Muchos se preguntan si cuesta vivir en verdad. ¿Cuesta decir la verdad? ¿Qué es la verdad? ¿Cómo buscarla y encontrarla? Hoy, ¿se vive solo de la apariencia, de la imagen, de lo políticamente correcto? Nosotros, los cristianos, ¿estamos subidos a ese tren de lo aparente, de lo externo?

El papa Francisco, en una catequesis sobre el Espíritu Santo que nos guía a la Verdad, nos decía: «Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico respecto a la verdad. Benedicto XVI habló muchas veces del relativismo, es decir, de la tendencia a considerar que no existe nada definitivo y a pensar que la verdad deriva del consenso o de lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente la verdad? ¿Qué es la verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la mente la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38). Pilato no logra entender que la verdad está ante él, no lograr ver en Jesús el rostro de la verdad, que es rostro de Dios» (Audiencia, 15/5/2013).

En esta cultura de las prisas, la eficacia, la rentabilidad, los logros de metas señaladas en empresas y negocios, las personas se ven cansadas, agobiadas, con la lengua fuera, produciendo desánimo, desaliento y hasta desesperanza, porque nada de lo mundano llena su corazón, o satisface su anhelo de plenitud, o su sed de felicidad. ¡Nada!

Hay hartazgo de hacer cosas, de ir siempre corriendo, de ir cargados de exceso de quehaceres. Se vive en la superficialidad. Las conversaciones son sobre temas intranscendentes. No se comparte lo esencial. Porque no se busca la verdad de uno mismo, del otro, del ser humano, o de Dios. Esto produce vacío e insatisfacción, que se compensa con el divertimento fácil, las relaciones placenteras, o los sucedáneos del amor. Es la huida hacia adelante. Los fines de semana o las vacaciones ni siquiera son días de descanso porque no se baja lo más profundo de uno mismo, a esa verdad inmutable de haber sido creados por amor y para el amor, de ser hijos de Dios.

¿Busco la verdad? ¿Amo la verdad? ¿Dónde está? ¿Quién me la puede mostrar? De nuevo acudimos al papa Francisco: «Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, “se hizo carne” (Jn 1,1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona» (Audiencia, 15/5/2013).

Hoy, en la adoración eucarística, nos postramos ante Aquel que es la Verdad, la Verdad que permanece para siempre; Aquel que es la Palabra definitiva de Dios a los hombres, el Verbo Eterno del Padre, la Luz sin ocaso, la Vida sin fin, el Pan vivo bajado del cielo, el Camino que nos conduce al Reino. En esta adoración dejamos que Él nos mire, y le miramos; nos dejamos enamorar, seducir, conquistar por Él:

«Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es la Palabra de verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que “nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor!, sino por el Espíritu Santo” (1Co 12,3). Es precisamente el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la Verdad, Jesús lo define el Paráclito, es decir, aquel que viene a ayudar, que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, durante la última Cena, Jesús asegura a los discípulos que el Espíritu Santo les enseñará todo, recordándoles sus palabras (cf. Jn 14,26)» (Audiencia, 15/5/2013).

Oración inicial
Oh Dios, Padre de la gloria, que, para alabanza tuya y honor de tu nombre, nos has constituido hijos adoptivos en tu Hijo amado, envíanos tu Espíritu de Amor para que reconozcamos siempre a Jesús como la Verdad inmutable, la Verdad que nos hace libres, la Verdad que nos revela la salvación definitiva. Concédenos, Padre de misericordia, ser eternos buscadores de tu voluntad hasta en los detalles más pequeños, porque ahí también, en lo humilde y sencillo de tu Hijo, nos desvelas el Evangelio como buena noticia que nos salva. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Jn 8,31-32.39-40.

Meditación
El cristiano está llamado a vivir en la verdad. Ya en el Antiguo Testamento la experiencia religiosa del pueblo elegido busca la verdad: «Mi paladar saborea la verdad, mis labios detestan el mal» (Pr 8,7); «Tú, mi Dueño y Señor, eres Dios, tus palabras son verdad y has prometido a tu siervo este bien» (2S 7,28). Los salmistas lo cantan: «Escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos… Tu justicia es justicia eterna, tu ley es verdadera» (Sal 119, 30.142).

Dios, en la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo como la Verdad definitiva que han de conocer, amar y vivir los hombres. Porque Él es la «luz del mundo» (Jn 8,12), «la verdad» (Jn 14,6). Quien cree en Jesucristo, el enviado del Padre, no permanece en las tinieblas. Se deja santificar por aquel que es el santo de Dios: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad» (Jn 17,17).

Todo ser humano busca la verdad… de cualquier raza, pueblo, nación, cultura o religión. Es connatural con su existencia: «“Todos los hombres desean saber” (Aristóteles) y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso la vida diaria muestra cuán interesado está cada uno en descubrir, más allá de lo conocido de oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El hombre es el único ser en toda la creación visible que no solo es capaz de saber, sino que sabe también que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho» (Juan Pablo II, Fides et ratio, 25).

La veracidad en las palabras y los actos, en los gestos y en la comunicación ha de ser una virtud propia de todo discípulo de Jesús. Esa sinceridad y franqueza evitará la doble vida, la simulación, la hipocresía, la falsedad. El discípulo de Jesús acepta vivir en la verdad, desde la sencillez y la simplicidad de vida, porque la «humildad es andar en verdad» (santa Teresa de Jesús). El ejemplo será siempre Jesucristo, que vivió siempre en la voluntad del Padre, en el amor a los hombres, en la entrega de la propia vida, en darse sin medida. Así hemos de vivir nosotros: «Si decimos que estamos en comunión con Él y vivimos en las tinieblas, mentimos, no obramos la verdad» (1Jn 1,6).

Comenta san Agustín las palabras de Jesús: cómo la verdad nos hace libres. «¿Qué favor ofrece a los hombres la verdad? Dice: “Os hará libres”. ¿Libres de qué, sino de la muerte, de la corrupción y de la mutabilidad? La verdad es siempre inmortal, incorruptible, inmutable. Y la verdadera inmortalidad, la verdadera incorruptibilidad, la inconmutabilidad verdadera, es la misma eternidad» (Sobre la Santísima Trinidad, 4, 18, 24).

Escuchemos a san Manuel González
A san Manuel González le preocupaba y le dolía que niños y adultos se instalaran en la mentira como forma normal de comunicarse. La mentira afea a la persona y la realidad que comunica; le aleja de Dios; se monta su propia imagen (¡desfigurada!); se engaña a sí mismo. Él bajaba a lo concreto de la parroquia, la catequesis, la comunicación de los niños entre sí o el diálogo con su catequista o con el sacerdote. Escuchémosle: «Póngase en aprieto a una chiquilla de estos nuestros catecismos o escuelas sobre quién ha roto tal cosa, quién la ha quitado, quién dijo tal palabra, quién tuvo la culpa de tal o cual falta, etc., y aunque es verdad que hartas veces brilla y triunfa la ingenuidad, no pocas le salen a uno con unas historias tan interesantes y unas afirmaciones tan rotundas y unas actitudes y protestas tan sinceras que la desorientación más completa se apodera del ánimo del que pregunta.

Claro es que si el refrán de que “más pronto se coge a un embustero que a un cojo” es cierto aplicado a los mayores, lo es mucho más, si cabe, aplicado a los pequeños. Pero así y todo ¡cómo la pegan! ¡Y de qué tretas y habilidades ha de valerse el catequista para quitarles tan feo y nocivo vicio!» (OO.CC. III, n. 4473).

Ante esta realidad tan nociva de los engaños que urden los niños, las trampas de los mayores, las mentiras de los políticos, las medias verdades de los clérigos, solo cabe buscar la verdad, amar a Jesucristo, dejarse tocar por la Palabra, vivir el Evangelio, quitar máscaras, desear en todo la voluntad del Padre. Así nos lo enseña san Manuel:

«¡Qué energía da al alma su confianza ciega y sin titubeos en no querer hacer más que la voluntad de Dios! Qué valiente aparece san Pedro cuando en la noche de la tempestad pide a Jesús, que se aparece fuera de la nave: “¡Mándame ir a Ti sobre las aguas!”. Sobre el agua y sobre fuego y por encima de todos los obstáculos andaba el que cuenta con que hace la voluntad de Dios» (OO.CC. I, n. 1029).

Vivirse en verdad, dejarse ayudar, buscar la voluntad de Dios son un mismo movimiento que suscita en el interior de la persona el Espíritu Santo. De ahí que necesitemos invocar continuamente al Paráclito, el Espíritu de la Verdad, para que nos conduzca a la verdad plena, para que arranque de nosotros el corazón de piedra y nos dé un corazón de carne: un corazón semejante al de Jesús, transformado por la acción de la gracia, dispuesto a la conversión continua, movido a la alabanza constante al Misterio Trinitario. Así lo expresa san Manuel:

«Gloria a Dios por la alabanza y reverencia de su nombre, por el advenimiento de su reinado entre los hombres y por el cumplimiento fiel de su voluntad, y como resultado necesario, como fruto espontáneo de esa gloria, la paz en la tierra, la única paz posible a los hombres que con buena voluntad oran y trabajan porque el Nombre de Dios sea santificado, venga y crezca su reino y se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo. ¡Felices y seguros los que con la santa fundadora de la Visitación digan sinceramente con su palabra, con su corazón y con sus obras: “Señor, hágase en mí tu voluntad hoy y mañana, sin si y sin pero…”! Así: tu voluntad pronta y enteramente como los ángeles en el cielo» (OO.CC. I, n. 1030).

Oración final
Te damos gracias, Padre Dios, porque en tu Hijo nos llamas a vivir en la verdad, como camino que nos hace libres, sacándonos, por tu misericordia, de la esclavitud del engaño, la mentira y la hipocresía. Concédenos buscar, amar y vivir tan intensamente tu Verdad que ella sea siempre para nosotros fuente de vida eterna. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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