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Con mirada eucarística (julio-agosto 2017)

28 julio 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2017.

Agenda para el verano

Un verano más. El verano es una especie de paréntesis en el transcurrir normal de los acontecimientos. El curso ha terminado y, antes de comenzar otro nuevo, hay que atravesar esta época estival que se nos ofrece como un tiempo intermedio, y también como lugar de la reposición y el descanso.

De este modo convertimos al verano en puente y refugio a la vez: Puente que une las orillas interrumpidas de la existencia y los quehaceres diarios; y refugio en el que cabe la actividad extraordinaria o una contemplación distinta. El verano es tiempo de recuperación.

La Palabra
No estaría mal que en nuestra agenda anotáramos todo aquello que exige una revisión o una nueva perspectiva o un tratamiento complementario. Estamos de vacaciones y tenemos tiempo. Más o menos nos decimos expresiones parecidas: De este verano no pasa…, en este verano voy a… El verano es una ocasión única para recuperar a Dios, esto es, para realizar los deberes convenientes para que Dios nos apruebe.

Y Dios es la palabra. En el principio era la palabra y la palabra era Dios (cf. Jn 1,1). Se trata de anotar las caricias que tenemos pendientes, los besos que no hemos dado y que sabemos que tenemos que dar, el perdón que tanto nos cuesta y que nos consta que tenemos que pedir, se trata de apuntar los malentendidos que tenemos que deshacer, las injusticias que estamos obligados a reparar, el gesto que hemos interrumpido, la palabra que dejamos de escuchar o que tenemos que decir.

«Y la palabra se hizo carne, y habita entre nosotros». Ahora en el verano, cuando nos juntamos los que no nos veíamos o nos veíamos menos, cuando hacemos el viaje deseado, cuando huimos de la monotonía y nos refugiamos en la vacación, es la mejor ocasión para dar entrada a la palabra más pura, la que cada cual sabe que tiene que reconquistar en los días que más duran, en los días más luminosos.

La compañía olvidada
Tenemos muchas conversaciones sin terminar. Y muchas compañías olvidadas. Es bueno que anotemos también en nuestra agenda de verano las visitas que tenemos que realizar, porque sabemos que no las hemos hecho o porque las tenemos a mitad de hacer o porque las hicimos mal y las debemos rectificar.

La soledad es el peor de los padecimientos de nuestra época. A pesar de los poderosísimos medios de comunicación jamás los seres humanos se han visto y sentido más solitarios, sobre todo las personas mayores. Estos son hechos reales, demasiado frecuentes, aunque no aparezcan en la prensa: Llevaba muerto en su casa más de una semana… Se la encuentran agonizando caída en la bañera… (son personas que vivían solas). Y más que la soledad física, palpable, existe la otra más terrible soledad, la de quien se sabe sin ninguna compañía posible.

Es el enfermo de cáncer al que no consolamos como debiéramos, o el padre o la madre a quienes no dedicamos el tiempo que sabemos se merecen, o el paciente de alzhéimer aunque ya no nos reconozca, o el niño especial que no podrá nunca jugar al balón, o el separado de la familia, o simplemente el que tenemos siempre a nuestro lado y a quien con frecuencia se nos olvida incluso dar los buenos días. Se trata de anotar: Hacer compañía no dando el tiempo que nos sobra, sino el tiempo que nos falta. «En verdad os digo que cada vez que no lo hicisteis con alguno de esos hermanos míos más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo» (Mt 25,45).

Dios siempre acompaña
La compañía hay que buscarla en el Sagrario, siempre en el Sagrario, y también en este tiempo relajante y relajado del verano. Hay que anotar en nuestra agenda y todos los días sin excepción y al principio de cada uno de ellos: Que Dios me acompañe.

El otro día fuimos testigos de una escena enternecedora. El nieto, de siete años, le estaba contando a su abuela su experiencia en la catequesis. Le decía, entre otras cosas, que en la Misa había pedido por los gobernantes, por el alcalde y esos que mandan, y que Jesús… Y aquí intervino otra nieta, de poco más de dos años, de palabra balbuciente, que señalando a un pequeño cuadro de la Divina Misericordia colgado en la pared exclamó: «Ese es Jesús».

El testimonio necesario
No importa la edad, ni el grado de conocimiento, ni la situación social, cualquier lugar o tiempo son buenos para hablar de Dios y para escucharle, para dar testimonio. Yo os digo que si ellos callan, hablarán las piedras (cf. Lc 19, 40). Ni miedo ni pudor, si te llenas de Dios en el Sagrario. También con delicadeza y con amor, nunca con debilidad, hay que dar testimonio de Dios. Testimonio que no es una pose, una complacencia, sino un deber de misericordia para con nuestro prójimo. Aunque nos pongan mala cara, aunque nos insulten, incluso aunque nos hieran. El verano es buen tiempo para que los cristianos demos testimonio de Dios con nuestras actitudes, con nuestros hechos. Porque es precisamente en el verano cuando tenemos más ocasiones de ser observados, de ser vistos y de estar con los demás.

Hay que apuntar en la agenda para el verano: Llenarse más de Dios. Es el verano tiempo de la siega, cuando se cosecha el trigo y se almacena en el granero. Hay que llenarse de granos para poder dar y compartir. Las hormigas, trabajadoras, llenan sus hormigueros de cara a la carestía y la escasez del invierno. Igual que las hormigas. En eso reconocerán que sois mis discípulos: en que os amáis unos a otros (cf. Jn 13,35).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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