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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (septiembre 2017)

16 septiembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2017.

Escucha, Israel.
El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo

«El Corazón de Jesús está escuchando. ¡Escuchar siempre! Yo invito a los hombres, a quienes aún les queda un poquito de corazón para sentir y agradecer, a que se fijen en lo que significa esa ocupación del Corazón de Jesús que me ha descubierto el Evangelio» (OO.CC. I, n. 416).

El corazón de Jesús está escuchando: ¡siempre! San Manuel González era un gran escuchador de la Palabra de Dios a la luz de la lámpara del Sagrario. Él entendía que una de las grandes ocupaciones del Corazón de Jesús era la escucha. Para él, escuchar era mucho más que oír: «escuchar es oír con interés, con atención, con gusto». Añade algo sacado de la realidad: «Mirad tres cosas que no las hace nadie en el mundo: escuchar siempre, escuchar a todos y escuchar todo». Para concluir que sólo el Hombre Dios escucha siempre, ¡siempre!: «¡Qué bien se entiende ahora la exclamación de los libros santos repetida de mil formas: Escúchame: ¿a quién iré, Señor, que me escuche?, ¡y qué bien se entiende así la ocupación del Corazón de Jesús que me descubría el Evangelio: escuchar siempre!» (OO.CC. I, n. 417).

El Dios que nos escucha siempre nos invita también a escucharle, para ir a la esencia de nuestra fe: el Padre Dios ha enviado a su Unigénito, en el misterio de su encarnación, muerte y resurrección. El Dios de Jesucristo se ha revelado a través de quien es el Verbo, su Unigénito: Verbo eterno, Verbo creador, Verbo encarnado. La Palabra de Dios fundamenta nuestra fe, nos pide ser grandes escuchadores de la Palabra: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas tu fuerzas» (Dt 6,4-5).

La escucha de la Palabra nos convertirá el corazón, nos llevará a la adhesión incondicional a Jesucristo y a su Evangelio, y nos constituirá pregoneros de la Buena Noticia de la Salvación: «Porque si profesas con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación» (Rm 10,16-17).

Necesidad de la escucha
El hombre debe escuchar a Dios: «Escuchad esta palabra que el Señor ha pronunciado contra vosotros, hijos de Israel» (Am 3,1). «¡Escucha, Judá, la palabra del Señor, los que entráis por esas puertas para adorar al Señor!» (Jer 7,2). «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar» (Dt 4,1).

Escuchar la palabra de Dios, la Verdad divina, no es solo cuestión de un oído atento, de una reflexión inteligente, sino que la escucha implica toda la persona: es abrirle el corazón a la Palabra, de par en par, permitiéndole que penetre y transforme todo el ser: «Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16,14-15).

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).

Para el cristiano, la escucha lleva a la obediencia, y la obediencia a la puesta en práctica del amor. Creer es obedecer. Obedecer es amar. Amar es servir: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24).

«Escucha, hija, mira, inclina el oído; prendado está el rey de tu belleza» (Sal 45,11-12). La escucha de la voz de Dios enamora, seduce, conquista el corazón de la elegida. Por eso: «Si hoy escucháis su voz no endurezcáis el corazón» (Sal 95,8).

Quien no escucha la palabra de Dios no es del Señor: «¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra (…). El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso, vosotros no escucháis, porque no sois de Dios» (Jn 8,43.47). El hombre encerrado en sí mismo, autorreferencial, no quiere escuchar al Señor. Ahí radica su drama. Quien es sordo a la llamada de Dios es aquel que ha cerrado su oído y su corazón a la presencia permanente del Enmanuel, Dios con nosotros, que es Dios entre nosotros (cf. Mt 28,20).

Solo Dios puede abrir el oído al que busca la verdad, a quien aspira a la belleza, a quien anhela la bondad infinita: «El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás» (Is 50,5). Es necesario pedirlo con insistencia, como el niño Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1Sam 3,10).

Conocer la voluntad divina
La escucha lleva a la profundización de la voluntad divina: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: “Aquí estoy –como está escrito en mi libro– para hacer tu voluntad, Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas”» (Sal 40,7-9).

Jesús hace históricos y concretos los tiempos mesiánicos que anunciaron los profetas: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen» (Lc 7,22).

El mayor milagro es que el pueblo sordo, finalmente, sea escuchador de la Buena Noticia y obedezca la propuesta de Dios en su Hijo, Jesucristo: «Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17,5). Es la voz del Padre en el monte de la Transfiguración, proclamando quién es el Hijo y cómo han de acoger su Palabra los apóstoles: «¡Escuchadle!».

Le escuchamos, acogemos su Palabra, porque ella es el mejor arma para rechazar toda tentación del diablo, como el mismo Jesús lo hizo en el desierto ante la primera tentación del maligno: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).

Sí, es un arma poderosa contra las insidias de los dominadores de este mundo de tinieblas (cf. Ef 6,12). El buen soldado de Cristo se viste con las armas de la luz. Un arma esencial en la lucha contra el diablo es la Palabra: «Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17).

Quien mejor escuchó
La mejor escuchadora de la Palabra es la Virgen María. Ella es el modelo perfecto del verdadero discípulo de Cristo. Ella escuchó con atención el anuncio del arcángel Gabriel; anuncio de llegar a ser la madre del Salvador. Preguntó con humildad: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1,34). Se fió de la respuesta del arcángel. Se entregó por completo a la voluntad divina: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

El silencio interior, la soledad del alma, la atención a cuanto sucedía, era el clima espiritual de la Virgen María, de la llena de gracia. Estaba habituada a guardar fielmente la palabra divina, a obedecer, a meditarla en su corazón, a observar todo lo que sucedía como venido del mismo Dios: «María, por su parte, conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón. Su madre conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2,19.51).

Ella, la escuchadora por excelencia de la palabra divina, fue glorificada por su Hijo cuando éste reveló el sentido profundo de su maternidad: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28).

Hay otra María, la de Betania, hermana de Lázaro y Marta, a quien Jesús ensalza porque ha adoptado esta misma actitud de la Virgen María. Ella estaba «sentada a los pies del Señor, y escuchaba su palabra» (Lc 10,39). Ante la queja de Marta, Jesús ratifica la prioridad de la hermana: «María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10,41).

Cuando san Manuel comenta este pasaje se pregunta: «¿Cuál es la mejor parte? Según el Evangelio, esta: María, sentada a los pies de Jesús, oía su palabra. ¡Oír a Jesús! ¡Dedicarse a esto solo: a oír a Jesús! ¡Y dedicarse por toda la vida a oír a Jesús en su estado de palabra callada del Sagrario! ¡Cuántos misterios de gloria de Dios y cuántos misterios de santificación excelsa para nosotros están encerrados en esa oración de oír a Jesús Hostia callada del Sagrario!» (OO.CC. I, n. 991).

Es lo mismo que expresan tantos salmos: «Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren» (Sal 34,3). Dios escucha al hombre que pide según la voluntad divina. La oración es diálogo amoroso entre Dios y el hombre. El Padre de la misericordia escucha siempre a sus hijos adoptivos, como escuchó a su Unigénito cuando estaba delante de la tumba de Lázaro: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre» (Jn 11,41-42).

Dios Padre escucha siempre: «El afligido invocó al Señor, él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias» (Sal 34,7.16.18). El Dios Hombre, en su presencia eucarística, en el Sagrario, está siempre escuchando: «Con una gran diferencia entre su manera de escuchar y la que suelen tener los hombres; estos acostumbran a escuchar solo con el oído, a lo más con la cabeza. El Jesús de nuestro Sagrario escucha con su oído, porque lo tiene para eso, y con su cabeza, porque siempre atiende y entiende, y sobre todo con su Corazón…, ¡porque ama!» (OO.CC. I, n. 418).

Dios escucha siempre a los que piden según su voluntad:«En esto consiste la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido» (1Jn 5,14-15).

Oración final
Alabado y bendito seas, Padre Dios, por haber enviado a tu Hijo como tu Palabra definitiva a los hombres, porque con la fuerza del Espíritu se sintió enviado a proclamar el Evangelio a los pobres; concédenos estar a la escucha de tu Palabra, disponibles a tu voluntad, meditando asiduamente la Sagrada Escritura, para poner nuestra vida al servicio de la misión que nos envías, en santidad y justicia. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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