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Con mirada eucarística (septiembre 2017)

18 septiembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2017.

Esos locos bajitos

Esos locos bajitos que, con su mochila a la espalda o arrastrándola sobre unas ruedas rutinarias, van camino de la escuela, del cole, del instituto, de la guardería… son nuestros nietos, quién lo diría. El tiempo ha hecho ya en nosotros estragos palpables, estragos más cariñosos, más comprensivos.


Pasaron las vacaciones de julio y agosto casi sin darnos cuenta, como una especie de galope de viento. Y septiembre enfila los últimos destellos del verano hacia el otoño que da comienzo a un nuevo ciclo de la vida. Pero la vida tiene precisamente el mejor lugar en ese espacio, en ese mensaje, en esa fortuna que llevan en sus pasos esos locos bajitos. La alegría se acompasa con el uniforme nuevo, los nuevos libros, los asombros nuevos. Es la infancia.

El lugar de la vida
Y es que, como dijo el poeta Rilke, la patria del hombre es su infancia. Ellos aún no lo saben, pero nosotros hace algunos lustros que ya lo hemos aprendido. Aprendido y nunca olvidado. Siempre nuestro regreso, donde quiera que estemos, cualquiera que sean nuestras circunstancias y avatares, es al lugar de la vida que llevamos con nosotros desde niños, incluso aún cuando la niñez haya sido dura y desgraciada. Porque lo que queda es la espontaneidad, la naturalidad, la sencillez, la lisura de todo sentimiento.

Vivir es sentir. Sentirse vivo sin dobleces, sin disimulos, sin coartada, sin contraprestación, sin recelo. Es la vida en estado puro. Es nuestro anhelo permanente ser como somos, actuar como somos, amar como somos, con la libertad que opera únicamente en la conciencia limpia, sin ningún tipo de contaminación.

Han cambiado los pupitres múltiples, las carteras de cartón, los enrejados de cabases, los plumieres, la tinta y su secante, la estufa con su trompa, las paredes desconchadas… pero la locura de esos bajitos camino de la escuela es la misma que la nuestra. Hay un aroma que pervive, que no cesa, que requiebra el alma, que satura. Aunque no lo sepas, es cuando te nace Dios.

Una divina razón
La locura es la parte divina de la razón, afirmaba Nietzsche. Conforme crecemos todo se vuelve más razonable, mejor dicho, nos sometemos casi sin darnos cuenta al imperio de la razón. Hay además algún tipo de razón superior que lo domina todo, que todo lo sujeta con su entramado poderoso, es la estrambótica Razón de Estado. Y es entonces cuando echamos de menos las transgresiones de algún día, los desvíos de algún camino recto, el escondite de aquel recodo del camino. Son nuestras pequeñas locuras, es la razón de Dios. Es locura que es insomnio, que confunde realidad con ficción, que no distingue vigilia de sueño porque todo es la misma cosa. Es la fantasía del cuento que tiene más causa de naturaleza que la naturaleza misma. Cuántas fantasías llevan esos locos bajitos colgando de su imaginación. Y cómo hemos gozado participando con ellos en historias donde la maravilla es la reina que gobierna la felicidad.

También un día les tocará asumir las funciones del mundo adulto, gobernar con razón, decidir razonablemente. Y notarán, como nosotros ahora, que lo realmente valioso que queda en la mochila es cuando dejaron sitio a la locura de Dios.

Dios está en las pequeñas cosas, en esas pequeñas cosas que rozan la imposibilidad de ser, pero que existen. Es cuando la razón no se sujeta a restricciones impuestas, no entiende de cortapisas comunitarias, no es reprimida por instintiva, sencillamente hace efectiva la cuenta almacenada del amor. La locura es amar sin razón alguna, es amar pues porque sí. Como hace un niño. Qué bien lo expresaba el mayor de los rabinos, Jesús de Nazaret: «Dejad que los niños se acerquen a mí».

Lo aprendí en el parvulario
Son bajitos, pero no son tontos y saben mucho, lo más importante. Nosotros crecimos con Serrat, nos salió en la piel el sarpullido de los Beatles, vivimos el nacimiento de la televisión y pasamos sin darnos cuenta del blanco y negro a los colores, no sin dificultad hemos entrado en internet; ellos son la postmodernidad, están ya más allá de Ariana Grande, dominan a la perfección el mundo cuadriculado y han nacido con dedos digitales. Pero entendemos de lo mismo: que existe el otro y la muerte.

Es un clásico, por lo que tiene de permanente, el libro de Robert Fulghum «Todo lo que hay que saber lo aprendí en el jardín de infantes». Y aprendimos lo mismo: la necesidad y la importancia de la relación, relación que va más allá, el amor y el perdón, nada es de nadie y todo es de todos, el respeto y el orden, la felicidad de la elementalidad, el sentido de la vida, y su finitud, el mundo de ahí afuera, la capacidad del asombro… sobre todo, aunque no vayan –no fuéramos– a clase de religión, aprendimos a Dios.

Un aprendizaje lineal, que no tiene grietas ni fisuras, que no se cuestiona, que se da por seguro, que forma parte de tu conciencia, que es tu conciencia. Un tal Rousseau dirá con cierto éxito que la bondad natural del hombre se contamina cuando entra en sociedad. Aunque se adultere, existe, va con cada uno de nosotros. Nos agrada envolvernos en esa conciencia primera que no tiene ningún tipo de rebotes.

Y así van esos locos bajitos camino del cole en estos días primeros de septiembre, con ansia de maravillas. Y aunque les cuesta seguir a quien los acompaña –los papás, los abuelos– porque llevan el tiempo pegado a los talones y porque sus pasos son más cortos, resulta que el tiempo y las pasos son igualmente paso y tiempo. Sí, piensa el acompañante que la dicha consiste en hacer caso al niño que llevamos dentro.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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