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El Evangelio a la lámpara del Sagrario (septiembre 2017)

19 septiembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2017.

¡La cruz mía!

Al comenzar un nuevo curso pastoral el devenir del ciclo litúrgico nos vuelve a ayudar a vivir nuestro carisma eucarístico reparador con renovado entusiasmo. Las fiestas de la Exaltación de la Santa Cruz y la Virgen de los Dolores nos recuerdan que estamos llamados a reproducir en nuestra vida y en el seno de la comunidad aquello que María y Juan experimentaron al pie de la cruz.

La experiencia del Calvario es fundante no solo para María y Juan que se reciben como madre e hijo, sino para todos aquellos que en ellos nos sentimos reflejados e invitados a vivir la grandeza y la miseria de ese momento. Grandeza porque María es fiel y está a los pies de la cruz, acompañando a su Hijo. Miseria porque Cristo experimenta, traicionado por los suyos, el abandono y la soledad, la angustia y el sinsentido.

A los pies de quienes sufren
Como María a los pies de la cruz, los miembros de la Familia Eucarística Reparadora estamos llamados a seguir hoy a los pies de la cruz de tantos que sufren la miseria del abandono y la soledad. En primer lugar, el abandono que el Corazón de Cristo sufre en cada Sagrario y contemporáneamente el abandono que experimentan todos los que hoy sufren, reproducen y viven en primera persona el Calvario. Como María a los pies de la cruz estamos llamados a aceptar la cruz como camino de una vida nueva: «¿Quieres, Madre querida de los dolores, enseñar a mis labios, y a mis ojos, y a mi sensibilidad, y a mi cabeza, y a mi corazón, a pronunciar, cada uno con su lenguaje, el ecce de la aceptación valiente de la cruz que tu Hijo cada día le impone y, por qué no decirlo, me regala para unirme a Él?» (OO.CC. I, n. 1285).

En este momento evangelizador que vivimos, aquellos que hemos recibido el don y la tarea de eucaristizar al modo de san Manuel González, hemos de vivir una compañía encarnada y fraterna, solidaria y comprometida. Pasando muchos ratos a solas con el Señor en la Eucaristía, pero también viviendo cerca de los que viven la injusticia y la desesperanza. No hemos de olvidar que el Jesús de la cruz es el Jesús del Sagrario abandonado: «¡Qué! ¿Jesucristo en el Calvario, abandonado de Dios y de los hombres por quienes se inmolaba, no se parece mucho al Jesucristo del Sagrario abandonado, no de Dios, que lo impide su estado glorioso, pero sí de los hombres por quienes se inmola constantemente? Si hay alguna diferencia, es desfavorable para su vida de Sagrario. En el Calvario, siquiera había unas Marías que lloraban y consolaban. En esos Sagrarios de que os he hablado, ¡ni eso hay!» (OO.CC. I, n. 57).

Para vivir este reto misionero, el reto de dar compañía a Jesús abandonado en el Sagrario y en los que sufren, hemos de empezar por tomar nuestra cruz, por asumir nuestra debilidad y llevar, por la fuerza que nos da la resurrección, la cruz que nos toca vivir. La llamada a eucaristizar, es decir, a ser partículas de Eucaristía allí donde estemos, pasa por el trato personal con Jesús porque solo contemplándole podremos ser sus testigos: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, “lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos” (1Jn 1,3)» (EG 264). Solo tomando nuestra cruz podremos ayudar a otros a llevar la suya. Solo tomando nuestra cruz podremos descubrir cómo en cada Sagrario, en cada Eucaristía, Cristo asume el dolor del mundo y lo transforma: «¡El Jesús de mi Comunión es Jesús de la cruz, de la cruz mía y de todos los pecadores!» (OO.CC. I, n. 1287).

Un sí renovado
En este comienzo de curso, al incorporarnos a nuestras tareas cotidianas en el trabajo, en la familia o en la misión evangelizadora, descubriremos cómo la realidad de nuestro entorno no ha cambiado sustancialmente y podemos caer en una cierta inercia que nos hace preguntarnos… ¿para qué?, ¿otra vez?, ¿merece la pena tomar la cruz? No olvidemos la experiencia del Calvario, no olvidemos que María nos ha dado ejemplo de fidelidad, no olvidemos que nuestra cruz es minúscula comparada con la que carga Jesús cada día. Salgamos de nosotros mismos y tomemos nuestra cruz, la que a veces pesa más, por nuestra falta de paciencia, de misericordia, de amor reparador.

«¡La cruz mía! Ahora comprendo porqué Tú decías que para ir en pos de Ti tengo que tomar la cruz, no la tuya, que es la redentora, sino la mía, la que labró y colocó sobre tu hombro bendito el pecado mío» (OO.CC. I, n. 1287).

Renovemos nuestro sí a la misión recibida, seamos imitadores de María y Juan que a los pies de la cruz nos dan ejemplo de amor fiel, comencemos el nuevo curso pastoral con fuerza, sabiendo que cargar con la cruz es tarea de todo aquel que quiere estar cerca de Jesús y de su prójimo. Pidámosle a María que nos ayude a llevar la cruz: «Madre Inmaculada, maestra de la cruz, enséñame a tomar la mía sin miedo y con paz» (OO.CC. I, n. 1292). ¡A eucaristizar!

Sergio Pérez Baena, Pbro.
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