Skip to content

Editorial (septiembre 2017)

22 septiembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2017.

Descansar, a imagen de Dios

Las vacaciones están tocando su fin para la mayoría de nuestros lectores. Es común que en estos meses pasados se hayan dado viajes y reencuentros, así como entrañables momentos familiares o con amistades. Julio y agosto suelen ser meses propicios para distenderse, vacacionar y descansar. El ser humano los desea y necesita. Más aún en este tiempo que vivimos en el que las prisas quieren transformarse en inevitables compañeras de camino.

Tomarse un tiempo para el descanso –lo que se suele llamar a veces desenchufar, desconectar– no es una necesidad que revele una debilidad humana sino, por el contrario, es más bien prueba de haber sido creados a imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,26). En efecto, Dios también quiso descansar el día séptimo tras haber realizado toda su obra creadora. Afirma el Génesis que «habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que había hecho cuando creó» (Gn 2,2-3).

Dios, el Todopoderoso, que creó los cielos, la tierra, los animales y las plantas, separó las aguas y formó al ser humano del barro, descansó de su obra creadora y, además, bendijo y consagró el día de descanso. De ningún otro día de la creación se dice que Dios lo hubiera consagrado (únicamente afirma que vio la bondad de lo creado) sino solo del día en que descansó.

El ser humano, por tanto, por ser creado a imagen y semejanza del Creador, lleva en sus entrañas este deseo de descanso que le permita contemplar la obra de sus manos y maravillarse de la bondad divina y su presencia en el mundo y la historia.

No es necesario trasladarse a un retirado eremitorio para poder contemplar las maravillas que Dios nos regala y realiza a través de sus criaturas. En el día a día podemos descubrir esa presencia, esa obra, esa actividad divina. Las vacaciones, el merecido descanso, solos o en compañía de los seres queridos, generan el ambiente propicio para que nuestros ojos puedan descubrir la huella de Dios en cada momento y en cada lugar de la historia, de nuestras pequeñas y gigantes historias personales.

¿No es acaso huella inconfundible de Dios el amor de los esposos? ¿No es presencia del amor divino el cariño y entrega de una madre? ¿No tiene cada amanecer el sello inconfundible de ese Padre bueno que, tal como afirma Jesucristo «hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45)?

Aunque parezca increíble, no es indispensable ser santo, ni siquiera bueno, para descubrir que Dios sigue poniendo su mirada amorosa sobre nosotras, sus criaturas amadas. El sol, sin ir más lejos, cada amanecer, es la prueba irrefutable de su amor incondicional. ¡Cuánto más el amor entregado en cruz por nuestra salvación!

Han pasado las vacaciones y seguramente Dios nos ha ayudado a descubrirlo presente a nuestro lado. Volvemos al tiempo ordinario no solo descansados sino confiados «como un niño en brazos de su madre» (Sal 131,2) porque en este tiempo de tranquilidad, regalo de Dios, seguramente él se nos ha mostrado de manera nueva y nos ha recordado su amor de predilección. «

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: