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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (octubre 2017)

9 octubre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2017.

María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón (Lc 2,19)

El mes de octubre es también un mes mariano. No solo celebramos la memoria de nuestra Señora del Rosario o la fiesta de nuestra Señora del Pilar, sino además, en este año del centenario de las apariciones de la santísima Virgen de Fátima, celebramos también la última de esas apariciones, cuando los allí presentes vivieron la experiencia de manifestaciones portentosas de parte de Dios como ratificación de la verdad de lo que testimoniaban los tres niños: Jacinta, Francisco y Lucía.

En toda espiritualidad eucarística está presente la Reina del Cielo, la Inmaculada Concepción. San Juan Pablo II la llamaba «mujer eucarística». Estamos llamados a entrar en la escuela de María. Ella nos lleva a Jesús: «a Jesús por María».

La santísima Virgen es maestra de la contemplación del rostro de Cristo. Ella nos guía hacia esa presencia de Jesús resucitado en el santísimo Sacramento. Con ella y desde ella podemos entablar una profunda relación con su Hijo. Ella estaba en oración con los apóstoles, en el Cenáculo, en las vísperas de Pentecostés, esperando la venida del Espíritu Santo. Ella sigue intercediendo por la Iglesia y por cada bautizado para que la imitemos en ese modo de estar en oración ante su Hijo, como lo estaba en Belén: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19).

Sintamos hoy, en la adoración eucarística, esa presencia de la Madre, adoradora por excelencia, mujer eucarística con toda su vida, imitándola también nosotros en esa relación profunda e íntima que mantenía con Jesús, para que así vivamos nuestra adoración: en asombro permanente ante el santísimo Misterio.

Oración inicial
Bendito y alabado seas, Padre Dios, por tu Hijo amado, presencia amorosa de su entrega total en la Cruz en este pan de vida. Concédenos, por medio de la Virgen María, fiarnos cada día más de la verdad del Evangelio, de tu llamada a la santidad, de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, diciéndote como nuestra Madre: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra». PNSJ

Escuchamos la Palabra
Lc 2,16-20

Puntos a meditar
María es la mujer del silencio, de la escucha, de la atención delicada a la acción divina, de la intuición femenina a la situación apurada de unos novios: «No tienen vino» (Jn 2,3).

María es el modelo perfecto del verdadero discípulo de Cristo. En Caná de Galilea muestra su solicitud materna pidiendo a su Hijo que intervenga en ese apuro de los novios. Hoy nos dice con decisión lo que expresó a los sirvientes: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

Hoy nos dice a nosotros: «No dudéis. Fiaros de la Palabra de mi Hijo. Poneos a su disposición. Si él transformó el agua en vino, es igualmente capaz de transformar el pan y el vino en su cuerpo y sangre. Él sigue entregándoos su vida en cada Eucaristía, memoria viva de su Pascua. Él sigue haciéndose Pan de Vida para que vosotros tengáis vida y vida en abundancia».

María es mujer de fe eucarística, tabernáculo purísimo del Verbo de Dios, que ofreció con su «hágase» su seno virginal para el misterio de la encarnación: el Hijo eterno del Padre pasó a ser Verbo encarnado.

María con su «sí», con la encarnación del Hijo, anticipó en cierta medida lo que acontece en cada creyente cuando comulga: vamos siendo transformados en Él, vamos siendo eucaristizados, para irradiar a otros nuestro loco amor por la Eucaristía.

María nos ayuda a crecer en la fe, la fe en la presencia real y sacramental de Cristo en las especies sagradas; la fe en Jesús Eucaristía, Hijo de Dios e Hijo de María, verdadero DIos y verdadero hombre, el mismo que murió en la cruz y el mismo que se apareció a los dos discípulos de Emaús que le reconocieron en la fracción del pan: «Sentado a la mesa con ellos, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,30-31).

Dimensión sacrificial
María hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía, durante toda su vida. Porque con su «sí» aceptaba todos los sufrimientos que acarreaba ser la Madre del Mesías de Dios: la incertidumbre de la posible denuncia de José, la molestia de ir a servir a su prima Isabel, el desplazamiento a Belén cuando estaba tan avanzado su embarazo, el parto en un establo y el depositar a su Hijo en un pesebre, la huida a Egipto viviendo como emigrante en tierra extranjera, el anuncio del anciano Simeón de cómo su niño sería signo de contradicción y cómo a ella una espada le traspasaría el alma, la respuesta de Jesús, cuando lo encontraron en el Templo, «sentado en medio de los maestros», y les contestó «¿no sabíais que debía estar en las cosas de mi Padre?»; el peso de la soledad cuando su Hijo emprende su vida pública y ella se queda sola y viuda en Nazaret… Estos y otros muchos acontecimientos fueron espada de dolor en su alma, anticipo y preparación de la comunión espiritual con Cristo en el Calvario. Allí se unió totalmente a la pasión de su Hijo. Por eso entenderá mejor que nadie cómo la Eucaristía es memorial de la pasión, sacrificio incruento que actualiza el sacrificio único e irrepetible del Cordero de Dios en la cruz: «él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos» (Heb 9,26.28).

Cuando María participaba de la Eucaristía en aquella Iglesia naciente, acogía de nuevo en su seno y en su corazón al que había llevado en el embarazo y al que había criado en Nazaret: ¡cómo reviviría el gozo de haberle dado a luz en Belén y el dolor de haberle acompañado al pie de la cruz!

Escuchemos a san Manuel González
«La gran intercesora. Para honra del más eficaz intercesor de Jesús, quiero cerrar estas consideraciones sobre la intercesión, poniendo como broche de oro de ellas el nombre augusto, santo y amable entre los nombres grandes, el de María Inmaculada.

¡La gran Intercesora ayer, en el Evangelio, hoy en el Sagrario y siempre en la eternidad!

A pesar de lo poco que la nombra el Evangelio y de las pocas escenas que de su vida narra, dice lo bastante para que conozcamos de cierto el lugar que ocupaba, ocupa y ocupará cerca del trono de la Misericordia omnipotente del Corazón de su Hijo.

En el Evangelio no se cuenta más que un milagro, y por cierto el primero, obrado por Jesús a ruegos, y casi diría por mandato, de María; que es la conversión del agua en vino en las bodas de Caná con el que Jesús inauguró su vida de taumaturgo; pero la presencia de Ella, notada por el Evangelio, en los grandes momentos de la vida de su Hijo en la tierra, da a entender muy a las claras que en la economía redentora entraba que María fuera siempre Madre de Jesús y que Jesús fuera siempre Hijo de María y que, como Él es el Intercesor y el Mediador supremo entre Dios y los hombres, Ella fuera la Intercesora y la Mediadora universal entre su Hijo Dios y sus hijos los hombres» (OO.CC. I, n. 952).

Letanías eucarísticas a nuestra Señora

  • Señor, ten piedad
  • Cristo, ten piedad
  • Señor, ten piedad
  • Cristo, óyenos
  • Cristo, escúchanos
  • Dios, Padre celestial. Ten misericordia de nosotros
  • Dios, Hijo redentor del mundo
  • Dios, Espíritu Santo
  • Trinidad santa, un solo Dios
  • Santa María. Ruega por nosotros
  • Santa madre de Dios
  • Santa Virgen de los santos
  • Madre de Cristo
  • Madre de la esposa de Cristo
  • Madre, llena de gracia
  • Madre, llena de alegría
  • Madre Inmaculada
  • Madre de todos los hombres
  • Madre de los sencillos y humildes
  • Madre de los pobres
  • Madre de los limpios de corazón
  • Madre de misericordia
  • Madre santa
  • Madre de la unidad
  • Mujer eucarística
  • Mujer llena del sol
  • Mujer cubierta de luz
  • Mujer fecunda
  • Mujer coronada de estrellas
  • Mujer elegida de Dios
  • Mujer revestida de gloria
  • Virgen del «sí» a Dios
  • Virgen de la escucha
  • Virgen de la Palabra
  • Virgen del Verbo encarnado
  • Virgen de la fecundidad orante
  • Tabernáculo purísimo del Hijo
  • Sagrario del Pan de vida
  • Sagrario del Espíritu Santo
  • Sagrario del Amor de los amores
  • Reina de los adoradores eucarísticos
  • Reina de los eucaristizados
  • Reina del apostolado menudo
  • Reina del Sagrario abandonado

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre, por Jesús, tu Hijo, que nos dejó a María como Madre al pie de la cruz y con ella nos enseñas a cantar, en el Magnificat, las maravillas que has obrado en la historia de la salvación. Concédenos, Padre, la gracia de vivir dándote gracias toda nuestra vida, porque sigues derribando del trono a los poderosos y ensalzando a los humildes. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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