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Editorial (octubre 2017)

19 octubre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2017.

Orar la propia vida de la mano de María

Uno de los adjetivos más recurrentes cuando se intenta describir la sociedad actual es, sin lugar a dudas, el de «frenética». Más que hacer referencia a la velocidad con que se dan los movimientos de personas, información y cambios en general, refleja la actitud interior del ser humano en este siglo XXI, ahogado muchas veces por la realidad e incapaz de ver con claridad el sentido de su vida.

Junto a este sentimiento mayoritariamente generalizado se ha dado un crecimiento llamativo de movimientos, grupos, asociaciones, religiosas o no, que tienden al silencio, a la contemplación, a la quietud. Sumergido en este frenesí, la persona busca oasis de serenidad que le permitan reencontrarse con aquello que lo conduce a la verdadera felicidad y realización interior.

Las religiones mayoritarias desde siempre han sido un referente en este aspecto: la oración es el camino privilegiado y exclusivo para unificar nuestro ser, poniéndolo en manos de Aquel que es el único que puede llenar de sentido nuestras vidas y cada uno de los minutos de nuestra existencia.

La Biblia es el libro por excelencia. Podríamos llamarlo un manual de oración. En ella encontramos oraciones y situaciones que se asemejan a cualquiera de las que estemos viviendo, sea de gozo, sea de dolor. En sus páginas, las palabras suplicantes se entrecruzan con el silencio del orante y, sobre todo, con la acción divina que se traduce en presencia continuada y siempre eficaz.

El Evangelio de Lucas, sin ir más lejos, es capaz de resumir en cuatro palabras lo que es la oración para un cristiano, expresando de esta forma la oración de la Virgen María: conservar en el corazón. La madre del Verbo encarnado «conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2,51), recordando, reviviendo, contemplando. En efecto, el evangelista apunta esta forma de oración en aquel dramático momento en el que Jesús es encontrado después de tres días perdido y cuando ellos no habían comprendido lo que su Hijo (Dios encarnado) les había dicho.

Octubre es un mes en el que la Iglesia invita de forma especial a sus fieles a rezar el Rosario. Con la repetición de las alabanzas a María, y las peticiones a nuestro Padre del Cielo, somos invitados a contemplar los momentos más significativos de la vida de Jesús: los de gozo y de luz; los de dolor y gloria.

Al hacerse hombre, Dios no quiso cambiar nuestra vida sino explicarnos cómo ser verdaderamente humanos. Contemplar su vida, de la mano de María, nos permite mirar nuestra propia vida reflejada en las suyas y, así, descubrir esa presencia continuada y siempre eficaz del Padre.

En este mundo de la velocidad, en el que los viajes y las comunicaciones cada vez son más rápidos (de hecho, hablamos de noticias instantáneas) estamos invitados a concentrar nuestra mirada en algunos momentos de la vida de Jesús, de la mano de María. Así, gracias al silencio y la escucha, la serenidad y la paz, podremos encontrar ese hilo de oro que va entretejiendo toda nuestra vida, haciéndola valiosa, única, agraciada, bienaventurada, porque es obra de las manos del que es todo Amor, solo Amor. «

 

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