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La liturgia, encuentro con Cristo (octubre 2017)

22 octubre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2017.

Ventanas a la trascendencia

A partir del misterio de la Encarnación el mundo, aunque no lo parezca, ha cambiado. El Eterno ha entrado en el tiempo, el Invisible se ha hecho visible, la Gloria divina se plasma en imagen (icono). En efecto, cuando los cristianos antiguos dicen que la imagen expresa el original están afirmando una verdad sublime.

Cuando veneramos imágenes estamos dando culto a su prototipo original. Una imagen, un icono, no es más que el intento de copiar lo invisible. Sentimos que por la semejanza entre la realidad y la representación, existe una relación espiritual entre el original y la copia. Ahora bien, lo que pretende la contemplación de la imagen visible de un icono es elevarnos a la contemplación de lo divino. Los iconos son como una ventana de la trascendencia en este mundo inmanente. En estas imágenes todo es sacral. De ahí, su fondo dorado. No se trata de aparentar riqueza sino de mostrar un color más allá de los colores: la inmaterialidad de la luz celeste que ningún pigmento puede mostrar.

Los iconos no pretenden representar la naturaleza humana sino la persona transfigurada: muestran la actualidad de los que viven en la luz de Dios. Estos, ya desde antiguo, tienen reflejado el nombre de lo que se representa; de hecho, se podría decir que un icono no se pinta, se escribe. Y esto se realiza, según la tradición más auténtica, cuando la nueva imagen no crea o innova lo que simboliza sino que reproduce un arquetipo inicial. Así se entra en una tradición, en algo que ha sido entregado y que, a la vez, se entrega. Ese es el caso del Icono de la Madre de Dios de Fátima que difunde la Asociación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) y que evocamos en este centenario de las apariciones marianas en Portugal (1917).

El mensaje de Fátima, embajada mariana en la nación hermana, ha suscitado en nuestras Iglesias de Europa y América el interés y oración por el mundo cristiano oriental representado por Rusia (cf. apariciones del 13 de julio de 1917 en Fátima y de junio de 1929 en Tuy).

Misterio divino de Luz
El icono ucraniano que presentamos prosigue el mismo trazado de un arquetipo ruso propuesto por un presbítero vallisoletano, Alejandro Burgos (Otests Aleksander), misionero en Rusia. La imagen había sido realizada por el iconógrafo ruso Ivan Lvovich. Por nuestra parte, la imagen difundida por AIN, realizada por una comunidad monástica donde se tiene en cuenta el ayuno y la oración para escribir un icono, fue depositada en la clausura de monjas Clarisas durante 40 días. Tras su bendición solemne en la iglesia de San Pascual (Año de la Fe, 2013), hoy se venera en la capilla madrileña de AIN. El icono de la Madre de Dios de Fátima –con algunas características propias significativas– sigue el arquetipo del icono ruso del que el P. Alejandro, muy acertadamente, ha explicado la génesis, desarrollo y significado.

De la imagen de Fátima, tal como María se reveló en Coimbra, se han tomado las ideas centrales que contemplamos en el icono: un busto según la tradición más popular clásica (Vladimir o Kazán) y la centralidad del corazón rodeado de espinas. Junto a eso, su característica principal: una imagen luminosa. La Virgen, como se manifestó en Cova de Iría (Fátima), estaba transida de luz divina. «La llena de gracia es la llena de Dios, y en Fátima es la llena de luz: una Señora más brillante que el sol. Este aspecto acerca mucho a Fátima a la teología del icono. Se dice que el primer icono que todo iconógrafo debe pintar es el de la Transfiguración. Así, aprende que, mediante el resplandor de Dios reflejado en los vestidos blancos del Cristo ortodoxo transfigurado, el icono debe acercar el mundo divino a los hombres, la luz de Dios a la tierra. Eso mismo es lo que ocurre con la Virgen de Fátima». En la iconografía habitual María está representada con dos colores: (azul, por su humanidad y rojo, por su maternidad divina). En este icono María es pura luz transfigurada. Por medio de la contemplación de la imagen se pretende introducir al orante en una atmósfera donde la transfiguración sea posible.

«El icono lleva incorporado en su parte central un medallón –como una hostia eucarística– con la palabra “SERTSE” (corazón) en caracteres paleoeslavos. Las letras comunican la misma realidad –el Corazón de María– pero mediante un procedimiento de expresión simbólica acorde con la tradición iconográfica oriental. El corazón rodeado de espinas evoca la entrega amorosa a la humanidad y el dolor que produce la falta de correspondencia al amor de Dios. El remedio a este sufrimiento es la plegaria: María en sus manos presenta un rosario de color violeta. De este modo, se presenta el resumen del mensaje de Fátima: oración y penitencia».

Según la tradición iconográfica, en el icono, además de las tradicionales letras «MR ZY» que indican la Maternidad Divina de María, se han escrito dos inscripciones en paleoeslavo. La superior indica la titularidad del icono: «Imagen de la Santísima Virgen de Fátima». La inferior izquierda, en caracteres más grandes, dice «Toboiu edinstbo», que significa «En ti la unidad».

«La llamada que el icono hace a la unidad está relacionada con el ecumenismo del martirio al que hace referencia el tercer misterio de Fátima, al relatarnos el martirio de la Iglesia durante el siglo XX. El icono de la Madre de Dios de Fátima quiere ser, en ese sentido, un servicio a la unidad de la Iglesia, en la persona de María, bajo la advocación de Fátima».

El icono ucraniano que contemplamos en Madrid sigue, como hemos visto, el arquetipo ruso pero tiene algunas particularidades: la referencia trinitaria en el nimbo y los ocho círculos. Ambos detalles son expresiones mistagógicas.

Contemplar a María
Después de los sacramentos y de la Sagrada Escritura, el icono es el ámbito de un encuentro real con lo sagrado. El día de su bendición se recordaba que cada icono es sacramental, es decir, un signo portador de gracia y que, según san Basilio, la veneración de la imagen se dirige al prototipo. En este, en concreto, contemplamos a María. Su cabeza, inclinada en gesto de ternura evoca ya la Encarnación. Su mirada se vuelve siempre al que ora ante la imagen. Todo el rostro materno está henchido de sereno simbolismo: «la frente, alta y espaciosa, acentúa el predominio del pensamiento contemplativo. El velo-manto que cubre la cabeza y se desliza por los hombros envolviendo la figura según el estilo de las mujeres orientales, indica la aceptación de María al plan de Dios. Este velo, símbolo del Espíritu Santo, nos recuerda el velo del Santo de los Santos, en el Templo de Jerusalén, y también la nube que acompañaba al Pueblo de Dios a través del desierto (Ex 13,22). Un icono es el lugar teológico, más aún: la teología visible» (Pia Compagnoni).

Recordamos, con motivo del centenario de las apariciones de María en Fátima (1917-2017), que los iconos «representaciones visibles de realidades misteriosas y sobrenaturales» (Dionisio Areopagita) posibilitan que «a través de los ojos carnales que lo contemplan, mi vida espiritual se sumerja en el misterio de la Encarnación» (san Juan Damasceno).

Manuel Glez. López-Corps, Pbro.
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