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Cordialmente, una carta para ti (octubre 2017)

27 octubre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2017.

Necesitados de perdón

Estimado lector: ¿Verdad que cuando tienes una mancha en tu camisa limpia tratas de eliminarla lo antes posible? ¿Verdad que no nos sentimos cómodos ni a gusto sabiendo que tenemos una mancha en la ropa que llevamos puesta? Es seguro que en más de una ocasión has pasado por esta desagradable experiencia. Y también es seguro que cada vez que esto ocurrió tú pasaste un mal momento…


Pues bien, algo semejante sucede con las manchas que el pecado deja en el alma de quienes suelen tenerla limpia. No se sienten a gusto y necesitan eliminarlas por el único medio que pueden hacerlo: por el perdón de Dios. Y como todos somos pecadores, todos estamos necesitados de ese perdón. Con estas palabras lo expresó el papa Francisco el pasado 9 de agosto, durante la audiencia general que tuvo lugar en el Aula Pablo VI: «La Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios».

Comenzó el papa haciendo referencia a la reacción de los comensales que acompañaban a Simón, el fariseo. Una mujer, conocida por todos como pecadora, se inclinó ante los pies de Jesús y derramó sobre ellos un aceite perfumado. Todos los presentes comenzaron a murmurar y a criticar que un profeta aceptase tal cosa. ¡Consentir que una pecadora se acercase a Él para ungirle los pies! «Según la mentalidad de aquel tiempo – aclaró el pontífice –, entre el santo y el pecador, entre lo puro y lo impuro, la separación debía ser neta». No cabían medias tintas, no había término medio, o se era santo o se era pecador. Sin embargo, Jesús veía las cosas de distinta manera, su actitud era muy diferente.

Como bien sabemos, apreciado lector, ya desde los comienzos de su vida pública, Jesús se acerca a los enfermos, a los endemoniados, a los marginados, a los pecadores. No es de extrañar, por tanto, que tal comportamiento dejase desconcertados a quienes estaban cerca de Él y le seguían. Y es que «Jesús –dijo el papa– comparte el dolor humano, y cuando se le cruza, desde lo más íntimo prorrumpe esa actitud que caracteriza al cristianismo: la misericordia. Jesús, ante el dolor humano, siente misericordia; el corazón de Jesús es misericordioso». Maravillosas palabras que nos reconfortan y animan como cristianos, como seguidores de Cristo.

Por esta razón, como explicó el santo padre, Jesús abre sus brazos de par en par a los pecadores, a quienes llevan una vida equivocada porque no encontraron a nadie que les mire de una manera diferente, que les mire con el corazón de Dios, es decir, que les mire con esperanza. Jesús siempre mira con esperanza y siempre está con el corazón abierto, perdonando, abrazando, comprendiendo y acercándose a los pecadores, que somos todos nosotros.

El papa Francisco puso mucho interés en destacar esta condición de pecadores que todos arrastramos. Pero, por otra parte, también dejó clara la esperanza que Jesús ofrece a quienes necesitan tener el alma limpia, a quienes necesitan el perdón de sus pecados. De este modo lo expresó: «Jesús sale al encuentro de los pecadores, que somos todos. Así los pecadores son perdonados. No solo son tranquilizados a nivel psicológico, porque son liberados del sentimiento de culpa. Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva. Esta es la esperanza que nos da Jesús. Una vida marcada por el amor».

Con las anteriores palabras el papa Francisco nos recuerda que Jesús no solo nos libera del remordimiento que ocasiona el haber obrado mal, no solo nos libera del sentimiento de culpabilidad que produce el pecado, sino que además nos ofrece generosamente la esperanza de una vida nueva, la esperanza de una vida marcada por el amor. Por ello, es natural que muchos de nosotros, estimado lector, nos hagamos estas preguntas: ¿Cómo puede haber alguien que rechace a un Jesús que sale a su encuentro con los brazos abiertos de par en par? ¿Cómo es posible rechazar, e incluso odiar, a quien se acerca a nosotros con la intención de perdonar nuestros pecados y de regalarnos la esperanza de una vida nueva? ¿Cómo es posible que ocurra esto cuando todos, absolutamente todos, estamos necesitados de esperanza y de perdón? ¡Qué difícil resulta comprender a ciertos seres humanos!

Con el deseo de que tanto tú como yo, amigo lector, sepamos salir al encuentro de ese Jesús Eucaristía que se acerca a nosotros, que nos abre sus brazos y nos ofrece la esperanza de una vida marcada por el amor, te saluda cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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