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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (noviembre 2017)

6 noviembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2017.

Tú lo dices: soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo (Jn 18,37)

En el mes de noviembre celebramos el último domingo del Tiempo Ordinario con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Cristo es principio y fin de todo lo creado, centro de la historia, salvación de los hombres, hombre perfecto, rey que triunfa dando su vida en la cruz y resucitando de entre los muertos

Todo viene de Él y todo se encamina hacia Él. Él es el Verbo por quien todo fue creado. Él es la victoria que todos esperamos alcanzar después de la hermana muerte: «para que donde estoy yo estéis también vosotros» (Jn 14,3).

Este tiempo de adoración eucarística nos sumerge en el tiempo de Dios, en esa realidad que trasciende el espacio y el tiempo, que nos adentra en la eternidad divina: «Dice el Señor Dios: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso”» (Ap 1,8).

Adorar a Jesucristo en su presencia eucarística conlleva dejarnos conducir por el Espíritu Santo hasta el Corazón mismo del Salvador, postrados a sus pies, dándole gracias porque Él es Rey vencedor de la muerte y, a la vez, cordero de Dios que quita el pecado del mundo: «Digno es el cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (Ap 5,12.16). En este tiempo de adoración eucarística, mirando a Jesús Sacramentado y dejándonos mirar por Él, contemplemos este misterio de su reinado universal.

Oración inicial
Dios, amor, eternidad de eternidades, que creaste todas las cosas en tu Hijo amado, Rey del universo, y lo hiciste reinar desde la cruz como juez misericordioso y Señor de la historia, haz que toda la Humanidad, liberada ya de la esclavitud del pecado, pueda reconocerle como su Salvador, le sirva en su majestad y te glorifique a ti sin fin. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Jn 18, 33-38

Puntos para la meditación
Jesucristo se hizo hombre para llevar adelante la misión que traía de parte del Padre: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4).

Su misión es inaugurar en la tierra el Reino de los Cielos. Así lo anunció desde el comienzo de su vida pública: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Mediante esa conversión, desde la adhesión incondicional a Cristo, participando de los Sacramentos y de la vida de la Iglesia, vamos siendo partícipes de la vida divina. Así Cristo va reinando en el corazón de los hombres, nos va reuniendo en torno a Él para formar parte de la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia, que es sacramento universal de salvación, signo y germen de este Reino.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino de Dios. Para entrar en él es necesario acoger la Palabra de Dios: creer en ella, convertirse y ponerla en práctica.

Cuando Jesús, en el pretorio romano, s interrogado por Pilato sobre su reinado, el Señor responde firme: «Mi reino no es de este mundo… Mi reino no es de aquí». Los signos de la presencia de su reino se hicieron patentes a lo largo de su vida pública: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Lc 7,22-23).

Jesús reina en la cruz y desde la cruz. Reina dando la vida: voluntariamente subió a Jerusalén, sabiendo que allí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción de los pecadores. Dios juzgó conveniente que le condenaran a muerte (cf. Hb 2,10). A través de este hecho histórico, Dios va a realizar su designio de salvación en favor de todos los hombres. Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción.

«Jesús, el nazareno, el rey de los judíos» (Jn 19,19). Es el letrero que mandó colocar Pilato señalando la causa de su condena a muerte. Este título condenatorio indica cómo reina Jesús: dando muerte a la muerte con su muerte y resurrección.

Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29). Él es el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (cf. Is 53,7). Él ha venido para «servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). Él es el «príncipe de la vida» (Hch 3,15), «el que vive» (Ap 1,18). Él, con su muerte y resurrección, ha derrotado el pecado y la muerte; nos ha justificado; nos ha abierto las puertas del Reino de Dios: «Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado, en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en Él» (2Co 5,20).

Escuchemos a san Manuel González
«No debe ser el reinado de Jesús motivo de recelo o suspicacias a los reyes y poderes legítimos de la tierra, que, como dice la Iglesia al envidioso rey Herodes: No quita reinos mortales el que los da celestiales, sino más bien motivo de honor, confianza e imitación» (OO.CC. II, n. 3156).

Sí, el Reino de Cristo ya está plantado en la tierra en medio de la Humanidad, pero sin usurpar nada a los reyes y gobernantes de los pueblos y las naciones. Al contrario, el Reinado de Cristo está presente en la tierra para alentar, promover, suscitar la justicia y la paz, la vida y la verdad, el amor y la libertad verdadera entre los hombres. Cristo no quita nada y lo da todo.

«Pero lo que más interesa a todos los vasallos de este gran Rey inmortal, individuales y colectivos, es saber enterarse bien que, siendo Rey desde la eternidad y por todos los títulos, quiso hacer trono de su soberanía en la tierra una Cruz de palo y prefirió, como dice san Fulgencio, a reinar vivo, triunfar muerto. ¡Sacrificado por sus vasallos!…» (OO.CC. II, n. 3156).

Desde la cruz, quien era y es Sumo Sacerdote, Hijo amado del Padre, ungido por el óleo del Espíritu, consumará el misterio de la redención humana.

«Y ¿no os parece que sólo un Rey inmolado por amor tiene derecho a que la ley sustancial de su reinado y la esencia de todas las relaciones de los súbditos con su Rey y entre ellos sea el amor? Se habla de desarme, de paz universal, de sociedad de naciones, de relaciones cordiales entre los pueblos… ¿Sin acatar a Cristo crucificado, Rey universal de reyes y de pueblos? ¡Que no se cansen en buscar amor universal sin Él…! Sin Él todo es barro que se desmorona y polvo que se lleva el viento» (OO.CC. II, n. 3157).

«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5), dice Jesús. Sin Él todo se desmorona, todo es barro. Solo su amor lo penetra todo, lo inunda todo, lo transforma todo (cf. Ef 4,6). Solo su amor «no pasa nunca» (1Co 13,8). Solo desde su amor infinito y eterno nos asegura: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).

Se cantaba antiguamente al Sagrado Corazón de Jesús este canto: «Corazón santo, tú reinarás. Tú nuestro encanto siempre serás». San Manuel nos invita a cantarlo una y otra vez, para que nunca olvidemos quién reina en el universo, quién trae la paz duradera, quién ha vencido la muerte, quién ha derrotado al demonio: Jesucristo.

«Está muy bien y es muy justo que en público y en privado, en el templo y en la calle aboguemos por ese reinado y demos a los cuatro vientos nuestras ansias porque se establezca pronto, para que se enteren los ángeles y se alegren; para que lo sepan las almas buenas y se entusiasmen; para hacérselo saber a los impíos, que no quieren que Él reine y se vayan acostumbrando; y para que no se le olvide al demonio y tiemble…» (OO.CC. II, n. 3507).

Preces en la adoración
A ti, Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, que intercedes por nosotros ante el Padre en el Reino definitivo, te dirigimos nuestras preces:

Acuérdate de nosotros, Señor, en tu Reino

  • Tú que eres la Verdad, la Palabra definitiva de Dios a los hombres, ayuda a tu Iglesia a vivir en la verdad y a educar a los niños y jóvenes en una conciencia limpia y misericordiosa.
  • Tú, que fuiste coronado de espinas, mueve la inteligencia y el corazón de los que gobiernan para que trabajen por el bien común y lo hagan como verdadero servicio a los demás.
  • Tú, que acogiste la súplica del buen ladrón y le prometiste la entrada en el Paraíso, convierte a los que están fuera de la ley a dejar su pasado y ábreles las puertas de la integración pacífica en la sociedad.
  • Tú, que viniste de parte del Padre como testigo de la verdad, infunde en los periodistas y en los responsables de los medios de comunicación el compromiso por una información veraz de los hechos y un estado de opinión que suscite la solidaridad entre los pueblos, las naciones y las religiones.
  • Tú, que fuiste condenado injustamente en el patíbulo de la cruz, promueve en los jueces y abogados una defensa seria de los que padecen cualquier tipo de injusta explotación.
  • Tú, que en la cruz manifiestas tu amor hasta el extremo y la gloria de tu Reina, acrecienta la fe de los cristianos en ti, la esperanza en los signos de presencia en la Iglesia y el amor que nos haga vivir en comunión unos con otros.

Oración final
Te damos gracias, Padre Dios, por el sacrificio de tu Hijo en la cruz, que ha traído la reconciliación de los hombres contigo y entre ellos. Te pedimos con humildad y confianza que su muerte y resurrección alcance la paz y la unidad de todos los pueblos y, algún día, todos podamos vivir en Él en el Reino de los Cielos. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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