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Catequesis del papa sobre la esperanza cristiana

14 noviembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2017.

Jesús vendrá… y nos tomará de la mano

Tradicionalmente, el mes de noviembre, con la Conmemoración de los Fieles Difuntos el día 2, es un mes en el que se aviva el recuerdo de los seres queridos que ya cruzaron el umbral de esta vida. El papa Francisco, el pasado 18 de octubre, en su ciclo de catequesis dedicadas a la esperanza cristiana, reflexionó sobre el ineludible momento de la muerte. Sus palabras, sin duda, nos ayudarán a vivir la partida de aquellos a quienes amamos, así como la conciencia de que ese momento llegará para cada uno, con serena confianza. Estas son sus palabras:


Hoy quisiera confrontar la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización moderna tiende cada vez más a cancelar. Así, cuando la muerte llega, para quien está cerca o para nosotros mismos, no nos encontramos preparados, incluso sin un alfabeto adecuado para esbozar palabras de sentido entorno a su misterio, que de todos modos permanece. Y, sin embargo, los primeros signos de civilización humana han transitado precisamente a través de este enigma. Podríamos decir que el hombre ha nacido con el culto de los muertos.

Otras civilizaciones, antes de la nuestra, han tenido la valentía de mirarla a la cara. Era un suceso contado por los ancianos a las nuevas generaciones, como una realidad ineludible que obligaba al hombre a vivir para algo absoluto. Recita el Salmo 90: «Enséñanos a contar nuestros días para que entre la sabiduría en nuestro corazón» (v. 12). ¡Contar los propios días hace que el corazón se convierta en sabio! Palabras que nos llevan a un sano realismo, rompiendo el delirio de omnipotencia. ¿Qué somos nosotros? Somos «casi nada», dice otro Salmo (cf. 88,48); nuestros días pasan rápido: aunque viviéramos cien años, al final nos parecería todo un suspiro. Muchas veces he escuchado a ancianos decir: «La vida me ha pasado como un suspiro…».

Buscar lo esencial
Así la muerte desnuda nuestra vida. Nos hace descubrir que nuestros actos de orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos damos cuenta con pesar de que no hemos amado suficiente y de que no hemos buscado lo que era esencial. Y, al contrario, vemos lo bueno que realmente hemos sembrado: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos tienen de la mano.

Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento nos autoriza a sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se turbó «profundamente» delante de la tumba del amigo Lázaro, y «se echó a llorar» (Jn 11,35). En esta actitud suya sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo Lázaro. Y entonces Jesús reza al Padre, fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y así sucede. La esperanza cristiana se basa en esta actitud que Jesús asume contra la muerte humana: está presente en la creación, pero es, sin embargo, una cicatriz que desfigura el designio de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarnos.

Entre la fe y el miedo
En otro momento, los Evangelios hablan de un padre que tiene la hija muy enferma, y se dirige con fe a Jesús para que la salve (cf. Mc 5,21-24.35-43). Y no hay una figura más conmovedora que la de un padre o una madre con un hijo enfermo. Y en seguida Jesús se encamina con ese hombre, que se llama Jairo. En cierto momento llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña está muerta, y ya no es necesario molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: «No temas, solo ten fe» (Mc 5,36). Jesús sabe que ese hombre tiene la tentación de reaccionar con rabia y desesperación, porque la niña ha muerto, y él aconseja cuidar la pequeña llama que está encendida en su corazón: la fe. «No temas, solo ten fe». «¡No tengas miedo, continúa solo teniendo encendida esa llama!». Y después, al llegar a casa, despertará a la niña de la muerte y la devolverá viva a sus seres queridos.

Jesús nos pone en esta cima de la fe. A Marta, que llora por la desaparición del hermano Lázaro, le presenta la luz de un dogma: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros cada vez que la muerte viene a romper el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. Dice Jesús: «Yo no soy la muerte, yo soy la resurrección y la vida, ¿tú crees esto? ¿tú crees esto?». Nosotros, ¿creemos esto?

Puerta y rayo de luz
Todos somos pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. Pero, ¡qué gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la mano, como tomó a la hija de Jairo, y repetirá una vez más: «Talitá kum», «muchacha, levántate» (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: «¡Levántate, resucita!».

Yo os invito, ahora, a cerrar los ojos y a pensar en ese momento de nuestra muerte. Cada uno de nosotros que piense en la propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús nos tomará de la mano y nos dirá: «Ven, ven conmigo, levántate». Ahí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Pensad bien: Jesús mismo vendrá donde cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su mansedumbre, su amor. Y cada uno sienta en su corazón la palabra de Jesús: «¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resucita!».

Esta es nuestra esperanza ante la muerte. Para quien cree, es una puerta que se abre de par en par; para quien duda es un rayo de luz que se filtra por una puerta que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros será una gracia cuando esta luz, del encuentro con Jesús, nos iluminará.

Papa Francisco
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