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La liturgia, encuentro con Cristo (noviembre 2017)

18 noviembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2017.

Orar con el prefacio V de Adviento: Un Salvador para los pobres

El papa Francisco en la Carta apostólica Misericordia et misera, clausurando el Año de la Misericordia, anunciaba la institución de una Jornada Mundial de los Pobres. Este día, penúltimo domingo del Año Litúrgico, sería «la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia» (cf. Mt 25).


Prefacio V de Adviento: La promesa del Salvador
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo Señor nuestro.
Porque Él es el Salvador
que en tu misericordia y fidelidad
prometiste al hombre extraviado,
para que su verdad instruyera a los ignorantes,
su santidad justificara a los pecadores
y su fuerza sostuviera a los débiles.
Al acercarse el tiempo
en que ha de llegar tu Enviado
y amanece el día de nuestra salvación,
llenos de confianza en tus promesas,
cantamos, Padre, con filial alegría,
el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

En efecto, Cristo, el Enviado para anunciar la salvación a los pobres, ha de manifestarse en nuestras obras y en nuestra celebración. A profundizar en ello puede ayudarnos la oración con el prefacio V de Adviento.

Cristo Señor Nuestro es la gran razón y motivo de nuestra forma de vivir y de nuestra acción de gracias: nuestra Eucaristía. En la celebración de la Misa todos los prefacios desarrollan, en su parte central, la temática de la acción de gracias (lex orandi) que ilumina nuestra manera de seguir a Cristo (lex agendi). En su inicio se nos invita a levantar el corazón agradecidos por la obra de salvación realizada por la persona de Cristo, en obediencia a la voluntad del Padre y con la fuerza del Espíritu Santo. En efecto, Jesucristo se encuentra en el centro de nuestra acción de gracias. Y así, contemplando los diversos aspectos del misterio de Cristo, nuestro dar gracias se colorea según el tiempo litúrgico o la fiesta que se celebre. Esto explica que haya diversos prefacios.

Los prefacios de Adviento
En el Misal tridentino (1570) no había ningún prefacio para el tiempo de Adviento; el Misal romano de Pablo VI introduce dos con material de la primitiva tradición romana. El Misal en lengua española presenta, además, otros dos prefacios de nueva composición (una con material hispano-mozárabe [III] y otra con material ambrosiano [IV]). Además, el Misal en español para Argentina se enriquece con la incorporación de un V prefacio que lleva por título: «La promesa del Salvador». Desde este podemos profundizar en esta Jornada de noviembre que anuncia «la salvación a los pobres».

Ciertamente, este prefacio V acentúa un bello título cristológico (Salvador), reconoce el cumplimiento de las promesas de la primera Alianza y contempla el tiempo de la venida (Adviento) como tiempo de la misericordia y la fidelidad divinas en favor de los hombres débiles y, por ende, pecadores.

Los prefacios I y II nos recuerdan la doble venida del Señor (aguardando la escatológica: al final de los tiempos; y la histórica: recordando su presencia en nuestra carne). El prefacio III nos hace ver que su venida es, más bien, triple: a cada uno de nosotros en el hoy del encuentro con «cada persona y en cada acontecimiento». El IV es una bella contemplación de lo que acaece en María, la Hija de Sión, Madre de esperanza.

El prefacio V –que ofrece solo la versión argentina– ahonda en el tema de la salvación que amanece para nosotros. Así lo había anunciado el ángel a los pastores: «Ha nacido para vosotros un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2, 11). Todos los prefacios celebran una misma finalidad salvífica: Cristo viene como Salvador con proyección universal (cf. Tit 2,11).

Por nuestra salvación bajó del Cielo
«Él es el Salvador» confesamos en el prefacio; de ahí su nombre Enmanuel: Dios está con nosotros superando la muralla del pecado: nos ofrece liberación de su yugo por medio de Jesús que «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).

Él es único: «En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hch 4,12). Es el Salvador y Rey que nos libera del príncipe de la mentira, pues, la presencia de la verdad instruye a los ignorantes, su santidad justifica a los pecadores y su fuerza es sostén para los débiles y los pobres.

La aceptación del Salvador supone la confesión de su señorío con palabras: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y en tu corazón crees que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia y con la boca se confiesa para salvación» (Rom 10,8-10). Pero, también con obras: «Arrepentíos, y que cada uno se bautice en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,37-38). La conversión personal es la gran actitud del creyente que acepta el don de la santidad divina que justifica (cf. Ef 2,8-9) y en cuya vida se manifiesta la misericordia y la fidelidad del Padre.

El cumplimiento de las promesas
Rezar con este prefacio llena de esperanza al pobre, ya que el recuerdo de la Presencia histórica (Encarnación) abre a la certeza de que amanezca un Día de salvación. La esperanza se transforma en confianza de hijos alegres, que con el don del Espíritu, cantan al Padre en la espera de la gloriosa y segunda venida del Salvador y siguen «obrando su propia salvación con temor y temblor» (Flp 2, 12).

El domingo XXXIII, Jornada Mundial de los Pobres, anticipa el tono del Adviento que nos invita a recordar las profecías en favor de los excluidos y necesitados. Por eso, el Catecismo enseña: «Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades (cf. Ez 36), una salvación que incluirá a todas las naciones (cf. Is 49,5-6; 53,11). Serán sobre todo los pobres y los humildes del Señor (cf. So 2,3) quienes mantendrán esta esperanza. Las mujeres santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron viva la esperanza de la salvación de Israel» (n. 64). Y Dios cumple sus promesas siempre (cf. 2 Cor 1,20) aunque nos sorprenda la forma en que las cumple.

Las lecturas bíblicas de estos días ayudan a que se acreciente la alegría porque la salvación de Dios, realizada una vez por todas por Cristo Jesús y por el Espíritu Santo, se hace presente en las acciones sagradas de la liturgia de la Iglesia, particularmente en los siete sacramentos. Con esta alegría filial nos acercamos al trono del Padre «para alcanzar misericordia y hallar gracia» (Heb 4,16) para nosotros y para toda la humanidad. Es esta experiencia de comunión con Él la que nos hace «repartir nuestros bienes con los necesitados» imitando así la generosidad de quien «siendo rico se hizo pobre por nosotros» (2 Cor 8, 9).

A punto de acabar el Año Litúrgico, con este prefacio contemplamos la salvación no solo como algo que ocurrirá en el último día sino como algo que todo hombre –en cualquiera de sus formas de exclusión, marginación o debilidad– puede experimentar en la Iglesia. Ahí se descubre la fuerza que sostiene a los débiles.

Manuel Glez. López-Corps, Pbro.
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