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Cordialmente, una carta para ti (noviembre 2017)

24 noviembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2017.

Dios perdona siempre

Apreciado lector: Recordarás que en mi anterior carta, titulada «Necesitados de perdón», te hablaba de las manchas que el pecado deja en el alma. Son los que suelen tenerla limpia –te decía– quienes más acusan tales manchas y quienes más necesitan eliminarlas. Son los que no se encuentran a gusto y quieren limpiar cuanto antes las manchas dejadas por el pecado…


Recordarás también que hacía referencia a unas palabras del papa Francisco, pronunciadas durante una audiencia general, con las que deja bien clara la esperanza que Jesús ofrece a quienes han pecado y necesitan ser perdonados: «Jesús sale al encuentro de los pecadores, que somos todos. Así, los pecadores son perdonados».

Pues bien, en el Ángelus del domingo, día 17 del pasado mes de septiembre, el papa volvió a insistir en esa necesidad de perdón, que siente el pecador arrepentido y que se ve colmada por la infinita misericordia de Dios. Una misericordia sin límites, porque Dios perdona siempre: «Él nos perdona todos los pecados en cuanto mostramos incluso solo una pequeña señal de arrepentimiento». No cabe duda, estimado lector, de que la infinita misericordia de Dios, por la que perdona nuestros pecados ante la más leve señal de arrepentimiento, deberá llenar de alegría y esperanza nuestros corazones. Dios perdona siempre. De esto no cabe duda. Pero, ¿y nosotros? ¿Nosotros también hemos de perdonar siempre?

Sobre esta pregunta el pontífice hizo referencia al Evangelio de san Mateo (18, 21-35), en el que san Pedro pregunta a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». A Pedro le parecía que perdonar siete veces ya debía ser el límite. Sin embargo, Jesús ve las cosas de manera muy distinta, y le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Con tal respuesta el Maestro le viene a decir que se ha de perdonar siempre, que no hay límites para el perdón.

Este perdonar siempre lo confirma y aclara Jesús contando la conocida parábola del rey misericordioso y el siervo despiadado. El rey perdona al siervo una gran deuda, pero este no es capaz de perdonar a un compañero una deuda mucho menor.

Todo pecado, cada pecado
El rey de la parábola es Dios, que perdona siempre nuestros pecados, incluso los más graves; sin embargo, nosotros a veces nos comportamos como el siervo despiadado, y no perdonamos ni las más pequeñas ofensas. Y esto no es justo. Cuando nos comportamos así tenemos que responder ante Dios, al igual que lo hizo el siervo de la parábola cuando su rey le pregunta: «¿No deberías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?»

¿Verdad, estimado lector, que ante esta pregunta nos quedamos sin palabras, sin saber qué responder, si es que alguna vez negamos el perdón a quien nos lo pedía?, ¿verdad que sentimos necesidad de pedir perdón a Dios y también al compañero que no quisimos perdonar? Y como no podía ser de otro modo, el santo padre recordó en aquel Ángelus la oración más entrañable para los cristianos, la oración que nos enseñó el propio Cristo: el Padre Nuestro. Dijo que «en la oración del Padre Nuestro Jesús ha querido alojar la misma enseñanza de esta parábola. Ha puesto en relación directa el perdón que pedimos a Dios con el perdón que debemos conceder a nuestros hermanos». En efecto, cuando decimos «perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden», lo que estamos haciendo es pedir perdón a Dios porque nosotros también hemos perdonado.

¡Qué hermoso sería el mundo, apreciado lector, si cumpliésemos lo que decimos en el Padre Nuestro! Pedimos perdón a Dios, pero porque nosotros también hemos perdonado. Establecemos así una cadena de perdón que va del Cielo a la tierra y viceversa. La vida sería más agradable y más humana si tuviéramos en cuenta la pregunta que el rey de la parábola le dirige al siervo despiadado: «¿No deberías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?».

Nosotros tenemos la absoluta seguridad de que Dios siempre nos perdona; basta una pequeña señal de arrepentimiento. Pero nuestro familiar, nuestro amigo lo mismo que nuestro enemigo, nuestro compañero, en una palabra, nuestro prójimo, ¿también tiene la misma seguridad de ser perdonado por nosotros, a la menor señal de arrepentimiento? Esta es la pregunta, amigo lector, que como cristianos todos nos deberíamos plantear.
Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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