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Con mirada eucarística (noviembre 2017)

28 noviembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2017.

La lamparilla del Sagrario

No dejan de pasar turistas a la catedral gótica, renacentista, a la iglesia modernista, románica… Disparan sus cámaras, escuchan a la guía de turno o llevan acoplados al oído unos audífonos enormes, elevan miradas de admiración que chocan contra el capitel, el arco, el friso, la cúpula, se extrañan ante tanta belleza acumulada o se asombran por el paso casi inmaculado del tiempo.

Pero no reparan, aunque esté a la vista, en una lamparilla de color rojizo que titila delante de un Sagrario. A veces la lamparilla medio oculta, medio olvidada, se recoge en un rincón del templo. La visita, que sigue su camino, le da la espalda.

La espalda a Dios
Hace más o menos cien años san Manuel González, el apóstol de la Eucaristía, el obispo del Sagrario abandonado, denunciaba que los males de la sociedad provienen de la espalda que el hombre le ha dado al Sagrario, se quejaba del laicismo que aparta al ser humano de los valores que le son naturales y que conducen al desastre colectivo. Y, la verdad sea dicha, de qué forma calamitosa condujeron. Así se hacía la siguiente pregunta retórica, pregunta que tiene una sola y vigente respuesta: «¿Estamos convencidos de que la causa de todos los males que padece el pueblo viene del abandono en que todos, directores y dirigidos, han dejado al Sagrario?».

Es cierto que la historia no se repite, aunque se parece mucho. Se parece mucho este encono personal y social que está viviendo hoy España en territorio catalán. El hombre ha dado la espalda a Dios. España, Europa, está olvidando las raíces cristianas en las que se basa la autenticidad de su ser. Está olvidando que las tres supuestas razones de «libertad, igualdad, fraternidad» proceden del Evangelio y más concretamente de la parábola del Hijo Pródigo: libertad para que un hijo se marche y dilapide la herencia y el otro se quede, libertad para reconocer el error y volver a la casa común; igualdad sin fisuras de los dos hermanos a los ojos del padre; fraternidad que consiste en comprender mutuamente, en ponerse en el punto de vista del otro, en amar y perdonar. Se trata de superar la envidia cainita y volver a la autenticidad.

La autenticidad de ser
Es un problema de autenticidad. El relativismo conduce a situaciones reduccionistas de tal calibre que se confunde la parte con el todo, el mal con el bien, el odio con el amor. La manipulación del lenguaje ha creado una realidad virtual, inexistente. Lo que no aparece en los medios de comunicación social no existe. Las llamadas redes construyen permanente y repetitivamente, como hoy se dice, un relato que en poco o nada se parece a la realidad, a la que falsifican, adulteran, incluso cambian. Unos cuantos son los responsables de un estado de opinión vacío de cualquier criterio, ausente de cualquier crítica razonada. Quien domine la comunicación es el dueño, lo cual es tan viejo como el mundo. Y la comunicación está interesada en invertir los valores a fin de lograr sus propósitos espurios.

Se invierten los valores. El desprecio al otro parece ser que es la norma de conducta, sencillamente porque no es de los míos y porque además es inferior. Desprecio que lleva al odio y el rencor, a la quiebra de la convivencia. Solo existen los valores económicos. El bienestar únicamente consiste en preservar la economía y para ello hay que buscar lugares seguros. Los mal llamados valores económicos, aunque se oculten o disfracen, están corrompiendo al individuo y a la sociedad que conforma. Y sin embargo, esa lamparilla invita al sitio de la verdadera autenticidad, al de la conciencia limpia, sin máscaras ni anteojeras, invita a la desnudez del hombre que, como san Agustín, sabe que en su interior está la verdad: «No salgas fuera, en el interior del hombre habita la verdad».

Es falta de la auténtica conciencia, ese común conocer (conciencia, «conocer con») que el hombre tiene con Dios y en el que, según nos dice J. Ratzinger, se basa la Palabra revelada, la que chispea permanentemente en esa lamparilla: «Las Sagradas Escrituras parten del presupuesto de que el hombre, en lo más íntimo, conoce la voluntad de Dios, que hay una comunión de saber con Dios profundamente inscrita en nosotros, que llamamos conciencia». Y faltan las palabras. Y sobran los silencios. No nos referimos al silencio productivo, al que se hace descansillo para el impulso de la palabra que sobreviene después; y sí nos referimos a la palabra que se convierte en acción comprometida en la tarea de buscar la verdad. «Yo os digo que si ellos se callan, hablarán las piedras» (Lc 19,40). No se concibe tanta pasividad por parte del compromiso cristiano. No puede ser el cristianismo una reliquia para compartir en privado, no se puede llamar silencio a lo que es miedo, ni la cobardía puede tomar el nombre de la prudencia. La inacción no puede esconderse en el paraguas de lo políticamente correcto. El cristianismo es la base de nuestra civilización y los cristianos tenemos la obligación de hacer misión de la Palabra, escrita con mayúsculas.

Una búsqueda compartida
España es ahora también tierra de misión. Si el diagnóstico es correcto, pueden encontrarse remedios para curar el mal. Y el mal no es de ahora, la enfermedad se viene inoculando desde hace mucho tiempo por determinadas élites sociales y políticas. En la misión la verdad no se impone, se propone la tarea compartida de buscarla. «¿Tu verdad? No, la Verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela» (A. Machado). Para sanar, para saber quiénes somos, por dónde vamos y a dónde queremos ir, en la ruta turística debería ser visita obligatoria la lamparilla del Sagrario.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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