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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (diciembre 2017)

3 diciembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2017.

«Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel» (Is 7,14)

Adviento significa venida, llegada. Es el tiempo litúrgico de preparación a la Navidad, a la Natividad del Hijo de Dios, del Verbo Encarnado. Adviento y navidad forman un todo unitario que desemboca en la Epifanía, la manifestación de la gloria de Dios a todos los pueblos, a todos los hombres.

En una sociedad sin noticias de Dios, de avance del laicismo de querer arrinconar la presencia de la Iglesia al ámbito de lo privado es más necesario que nunca vivir y celebrar Adviento y Navidad en estado de buena esperanza, como la virgen María vivió y celebró sus nueve meses de embarazo, aguardando la dicha, la manifestación gloriosa de su Hijo, el Salvador.

Esta hora de adoración eucarística es tiempo de gracia y día de salvación para dejarnos embarazar, tomar posesión, por Jesús Sacramentado, que está real y verdaderamente presente en el Pan vivo bajado del Cielo, como Dios escondido en la especie eucarística.

Viene a visitarnos, llama a la puerta de nuestro corazón, pronuncia su Evangelio, nos mantiene alerta y vigilantes y quiere entrar en lo más profundo de nuestro ser para transformarnos en Él, en cristos vivos.

Oración inicial
Señor Dios, despierta tu poder, sal a nuestro encuentro, aviva en nosotros el deseo de estar aguardando la gloriosa manifestación de tu Hijo, Mesías y Salvador, que nace pobre y humilde de la Virgen María en el pesebre de Belén. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Is 7,10-14

Puntos para meditar
Lo que Dios anunció por medio de los profetas acerca del Mesías, tuvo pleno cumplimiento en la persona del Hijo encarnado: «la virgen está encinta y da a luz un hijo». La concepción virginal de Jesús aconteció en el seno virginal de María cuando ella dijo «sí, hágase» a la voluntad de Dios.

Lo que rechazó el rey Azaj cuando el Señor Dios le pidió un signo, lo acogió aquella virgen nazarena cuando el arcángel Gabriel le mostró un signo de parte de Dios: «también tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios bada hay imposible (Lc 1,36-37).

Cuando miramos con ojos de fe los acontecimientos y escuchamos con esperanza la palabra divina, en todo se ve la presencia de Dios, el acompañamiento de Cristo, la fortaleza del Espíritu de amor. EL rey Ajaz no quiere pedir nada a Dios. El profeta Isaíasha de recordarle cómo el Señor se duele de la falta de confianza del rey: «escucha, casa de David. ¿No os basta con cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios?» (Is 7,13).

Quien vive en la presencia de Dios, quien acude a diario a adorar a Jesús Eucaristía, quien medita el Evangelio a la luz de la lámpara del Sagrario, quien sirve a los pobres como al mismo Crsto, experimenta la fuerza, la luz y el consuelo de ser habitado por este Dios amor en quien creemos.

Asi lo vivió la virgen María. Así fue saludada por el arcángel Gabriel: «alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella es la llena de gracia, la llena del Espíritu Santo, la agraciada a los ojos de Dios, la preservada de mancha de pecado original, la que fue hecha partícipe en cuerpo y alma de la gloria de Jesucristo.

Ella, Madre de misericordia, preparó de manera única el primer Adviento de la historia, guardando muy dentro las palabras del arcángel: «concebirás y darás un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31). En el anuncia estaba la misión: ser la madre del Salvador. Jesús significa «Dios salva». Lamisión le sobrepasaba: «cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1,34).

María, en plena desnudez de fe, en total disponibilidad a la voluntad divina, desde su pequeñez, se fió, se abandonó, se entregó: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Escucha de la Palabra, disponibilidad a la iniciativa del Señor, acogida y aceptación de la misión, servicio a la humanidad: contemplemos así a María, mientras adoramos a su Hijo Sacramentado.

Escuchemos a san Manuel
Aquel primer Adviento de la historia la virgen María lo vivió en clave de servicio. En cuanto supo que su pariente Isabel estaba embarazada, ella se marchó deprisa al pueblecito de la montaña de Judea donde vivía su prima: «Si la Encarnación fué una Comunión, la Visitación fué su acción de gracias. El Evangelio no dice cuánto tiempo medió entre la visita del arcángel Gabriel y la visita a tu prima; pero deja entender que fueron acciones muy inmediatas. Terminada de contar aquella escena, la más sublime de todas las de la historia, y resonando aún en los oídos el venturoso fiat que da entrada al Verbo en su primer Tabernáculo de la tierra, el evangelista sigue narrando con esta significativa palabra: Y levantándose María… Pero, después de elevada a Madre de Dios, ¿podías elevarte más? ¡Oh virtud infinitamente elevadora del amor al prójimo por Dios! ¡Partió… No dice si sola o acompañada, si a pie o montada en un jumentillo, si de día o de noche, con calor o frío!, ¡nada de eso detiene ni importa al amor; lo que le importa es ir… a donde el amor mande!» (OO.CC. I, n. 1303).

Pero esa disponibilidad hecha servicio en María hemos de contemplarla no desde el voluntarismo o la buena voluntad de aquella doncella nazarena. Hemos de contemplarla desde la realidad de ser mujer excepcional, llena de gracia, tomada por entero por el Espíritu Santo, fiada de la voluntad divina, saboreando cada uno de nosotros hoy ese acontecimiento único en la historia: la encarnación del Verbo, la anunciación de Nuestra Señora. Así nos invita a contemplar la escena D. Manuel: «¿Cómo la encuetra el arcángel san Gabriel? Pobre, desposada con un artesano… Recogida, se turbó ante esas palabras…¡La conversación de un ángel la turba! Limpísima. El arcángel se dirige ad Virginem, a la Virgen por antonomasia, virgen de cabeza y de corazón y de cuerpo, dispuesta a perderlo todo antes que su virginidad, y la llama gratia plena. No estaría llena de gracia, si no estuviera vacía de mancha. Humilde. He aquí la esclava del Señor… Generosa. Hágase en mí…, sin condiciones, sin regateos, consciente de cuanto traía aparejado lo que aceptaba. Dócil… Según tu palabra» (OO.CC. II, n. 2419).

¡Qué contraste entre las aspiraciones de los hombres en tener más y ser más que otros y la entrada del Hijo de Dios en la historia anonadándose, abajándose, humillándose! ¡Qué claro presenta san Manuel ese contraste del ser, tener y estar de nosotros y el ser, tener y estar de Jesucristo, el Niño de Belén.

Orar junto al Niño de Belén
«Pues mira, mira cómo te enseña Dios a negarte.
Tu amor propio dice:
Yo, el primero y más grande de los hombres.
El Niño de Belén:
Yo, el último y el más chico.
Tu amor propio grita:
Yo quiero ser rico, muy rico, el más rico de los hombres.
El Niño de Belén contesta:
Yo, el más pobre de todos los hombres.
Tu amor propio prosigue:
Yo quiero estar donde se goce siempre
y no se sufra nunca.
El Niño de Belén replica:
Para mí, un pesebre abandonado…
Y mira: ese Niño que se lo niega
todo a Sí mismo es Dios»

San Manuel González (OO.CC. I, n. 1252).

Oración final
Madre abnegada de mi abnegado Jesús, enseña a mi alma a poner al principio de cada obra suya esta etiqueta: Jesús sí; yo no» (OO.CC. I, n. 1253).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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