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Historias de familia (diciembre 2017)

20 diciembre 2017

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2017.

Cómo fueron y cómo se fueron
los primeros Misioneros Eucarísticos Diocesanos

El Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de Málaga, publicaba con fecha 15 de febrero de 1918 la Instrucción pastoral de cómo se han de renovar con verdad vuestros pueblos por la acción eucarística, que había sido firmada el 1 de febrero, primer viernes de aquel mes. Don Manuel González era entonces obispo titular de Olimpo y administrador apostólico de Málaga y mediante este documento erigía la Obra de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos.


Fue una idea que había puesto en marcha poco después de realizar su primera visita apostólica a aquella diócesis, como explica en el prolegómeno de la Instrucción citada. Ya en El Granito de Arena del 5 de noviembre de 1917 (n. 243, p. 482) don Manuel publicaba el relato final de su visita pastoral, y con ello un nuevo llamamiento a la «guerra a las telarañas». Había vuelto a comprobar cuánta necesidad había en aquellos pueblos que acababa de conocer, de remediar el abandono de Jesús Sacramentado, y también el abandono de quienes tienen la misión de traerle a la Eucaristía: los párrocos. En la crónica que escribiría al concluir la visita se percibe que el obispo titular de Olimpo sintió en las iglesias de aquellos pueblos malagueños el mismo dolor que en el Sagrario de Palomares; cierto es que la Obra de las Marías y los Juanes estaba en marcha, en buena marcha, pero ahora tenía la responsabilidad de administrar una diócesis, se le pedía más.

Tiempos convulsos
Los últimos meses del año 1917 fueron especialmente duros para la Iglesia. El triunfo de la revolución bolchevique en Rusia había alentado a los movimientos comunistas en toda Europa, devastada además por la Gran Guerra que la asolaba desde 1914. En la España neutral el movimiento anarquista toma auge. El papa había llamado a la oración a todos los católicos, y en la catedral de Málaga se convocaba aquel año una vigilia en la víspera de la Inmaculada con esta intención. En aquel contexto desolador, don Manuel buscó la ayuda de algunos sacerdotes que tenía cerca y nacería la Obra de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos.

Cien años después tenemos la oportunidad de comprobar cómo a grandes males grandes remedios, y cómo de una de las más duras crisis de la sociedad europea, surgirían muchos grandes santos, algunos están ya en los altares, pero junto a ellos otros muchos también lo fueron (¡lo son!).

Algunos de aquellos primeros misioneros murieron en olor a santidad, contribuyendo con su vida y con su muerte a fundamentar la misión reparadora.

Para referirme a dos de ellos parafraseo lo que se puede leer en el número de 5 de octubre de 1920 en El Granito (n. 313, p. 556): «me preguntan cómo van los Misioneros Eucarísticos, hoy puedo responder, pero modificando la pregunta cómo se van los misioneros diocesanos». Pues, hoy, casi un siglo después, me dispongo a contar cómo fueron y cómo se fueron aquellos primeros misioneros.

D. José Moreno Fernández
Con infinita tristeza escribía don Manuel al director del Boletín Oficial de la Diócesis de Málaga el 3 de septiembre de 1920. Lo hacía desde Mieres del Camino cuando acababa de conocer la muerte de uno de aquellos Misioneros Eucarísticos, José Moreno Fernández que fue el primero de ellos que pasó a la casa del Padre.

Para el obispo de Málaga, don José Moreno era el «padre Morenito». A sus 28 años había llevado a cabo su última misión enseñando a los fieles a morir, al tiempo que él mismo se preparaba para la muerte. Fue una santa y buena muerte, y dentro del dolor de perder a un sacerdote joven y alegre, su prelado mostraba un legítimo orgullo por haber sido testigo de una vida tan corta y a la vez tan plena y por ello no dudó en ordenar que se reprodujese en el Boletín diocesano la carta en la que D. Manuel Domínguez, Misionero Diocesano también y arcipreste de Alora, le comunicaba los detalles del fallecimiento del joven sacerdote y que se publicase con el título «Cómo muere un cura».

Se desconoce la causa de la muerte del que entonces era «cura regente de Benaoján», el pueblo que le lloraba aquel 27 de agosto. Había nacido el 8 de febrero de 1892 en el pueblo de Pizarra, dentro de una humilde familia de tres hijos, en la que él era el único varón. Se había formado en el seminario malagueño, donde entró como fámulo, y después obtuvo una beca. Fue buen estudiante pues obtuvo la máxima calificación, meritissimo. Sus dos hermanas habían profesado como religiosas clarisas, la mayor, Mercedes, fallecería poco antes que él, seguramente víctima de la gripe española. Su primer cargo había sido, tras su ordenación en mayo de 1915, el de coadjutor en la parroquia de Alora. El 27 de septiembre de 1917 fue destinado a Benaoján. La corta enfermedad que le llevó a la muerte le había impedido tomar posesión del curato de Ronda. El día 22 de agosto de 1920 el cura del vecino pueblo de Montejaque dio la misa y le confesó, al poco comenzó su agonía, sin que hubiese nadie que le proporcionara auxilio espiritual. «Viviéndose sin sacerdotes, empezó a explicar a los asistentes cómo se preparaba un cristiano para morir cuando carecía de ellos, enseñando, a la vez que los practicaba, los actos de contrición, amor de Dios, conformidad con su divina voluntad, etc… ¡Como un santo, Sr. Obispo!», así acababa D. Manuel Domínguez, el relato de los últimos días de aquel cura, y apostillaba «La muerte del P. Morenito ha sido una misión. Y, ¡cómo ha dejado restaurada y limpia la parroquia y casa Rectoral! y ¡qué número de comuniones diarias!».

La Hojita Parroquial de Alora en su número de 1º de octubre de 1920, recogía la biografía de Don José Moreno, señalando «cuando buscábamos el secreto de su actividad y celo, lo encontrábamos en sus largas y frecuentes visitas al Sagrario. De ellas solía salir diciendo ¿qué vamos a hacer hoy?, ¿qué planes nuevos tiene V.? Y, junto a él, no había más remedio que seguir trazando nuevos trabajos para dar pábulo a su celo». Sobre su paso por Alora se podía leer en la Hojita «veintisiete meses ejerció su Ministerio en aquella Parroquia; y fue tan fecundo, que bien pudiera escribirse un libro, titulándolo Lo que puede un Coadjutor hoy para enseñanza y santo estímulo de todos».

Treinta y cuatro meses duraría su siguiente encargo pastoral. Del cariño que los habitantes de Benaoján sentían por su párroco dio testimonio la prensa en los días que siguieron a su muerte. Gracias a un interesante artículo de Pablo Benítez Gómez escrito en 2012 para La Gaceta de Benaoján conocemos lo que el periódico El Regional publicaba sobre D. José Moreno en su número de 2 de septiembre de 1920. Le calificaba como «amigo entrañable, el padre de los pobres, el hombre bueno que deja tras sí una luminosa estela», y sobre su celo como párroco se podía leer «amante de los feligreses que Dios le había confiado, les repartía con caridad inigualable, cuantas limosnas le permitían sus escasos recursos y aquellos veían en el padre amabilísimo a quien recurrir en sus tribulaciones».

«Todos los individuos de todos los partidos, aun los más radicales, elogian sin reserva a don José Moreno, que cuando la virtud resplandece con tan viva luz como en el joven sacerdote, modelo de humildad y sencillez evangélica, nadie elude el reconocerla y todos aprovechan gustosísimos la ocasión de hacer justicia al adversario». De esto último es fácil colegir que al joven párroco no le faltaron adversarios.

Como nos relata Pablo Benítez, el recuerdo de aquel buen párroco siguió y sigue vivo en ese pueblo de la sierra malagueña, y no solo en el nombre de una de las calles principales del pueblo que se llama Presbítero José Moreno. En 1965, teniéndose que reformar el cementerio de la localidad se cuidó que los restos del venerado párroco, se recogieran en un lugar digno y con toda solemnidad el día de difuntos de aquel año fueron trasladados a la iglesia del pueblo, y allí reposan a los pies del altar, donde una pequeña lápida le recuerda con las palabras del Salmo: «La memoria del justo vivirá eternamente».

D. Remigio Jiménez Blanco
Si el padre Morenito, fue el primer misionero que subió al cielo, D. Remigio Jiménez Blázquez, que fue el primero de ellos, vivió como Misionero Eucarístico durante solo diez años. Sobre él escribiría don Manuel: «El día 7, víspera de la Inmaculada, recibo este telegrama urgente de Ronda: “Padre Remigio falleció anoche repentinamente en confesonario. Párroco Villaluenga”. Don Remigio Jiménez Blázquez, natural de Macotera (Salamanca), era el primer sacerdote que entró en la Obra de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos hacía diez años, precisamente el día siguiente al de su muerte» (El Granito de Arena, 20/12/1927, n. 186, p. 738).

La nota sobre esta repentina muerte, nos señala la fecha en la que se creó esta Obra, que fue la de la víspera de la Inmaculada de 1917, aunque tardaría unos días en establecerse el 9 de enero de 1918 (en El Granito, 5/2/1919, n. 273, p. 54 se hace referencia a esta fecha en el primer aniversario), y todavía pasarían unos meses hasta su plasmación en el solemne documento mediante el cual quedaría jurídicamente erigida y que, como decíamos al comienzo, está fechado en febrero de 1918.

Don Remigio había establecido la Obra de las Marías en Salamanca y las dirigió hasta que se convirtió en el primer Misionero Eucarístico Diocesano, pues precisamente en El Granito en marzo de 1918 aparece el nombramiento del nuevo director salmantino (El Granito de Arena, n. 252, 20/3/1918, p. 134). A aquel grupo de Marías, escribió don Remigio una carta en la que narraba uno de sus viajes eucarísticos por aquellas tierras de Málaga, tan distintas a las salmantinas. Una carta abierta que don Manuel reproduciría para dar a conocer cómo se desarrollaba la labor de aquellos misioneros (OO.CC. III, n. 4864 ss). Había sido un misionero entregado y el eficaz secretario de aquella Obra desde sus inicios y al mismo tiempo un sólido apoyo en todas las tareas que emprendía el obispo Manuel González, ocupando el cargo de capellán y de mayordomo en la diócesis. En razón de este cargo le correspondió recaudar el dinero necesario para construir el seminario, su firma figura entre las que se depositan el 16 de mayo de 1920 en la que sería la primera piedra de aquel edificio y consta su celo por poner en marcha aquel sueño pastoral. Es fácil imaginar con cuanto dolor recibiría la noticia de la muerte de un tan querido colaborador. Se da la circunstancia que un hermano de don Remigio, que había ingresado en la Compañía de Jesús, don Antonio Jiménez, sufriría el martirio, también en Málaga, el 13 de octubre de 1936.

D. José y D. Remigio, serían los primeros, pero don Manuel volvería pronto a pasar por este trance y perder a aquellos brazos que tanto se necesitaban. En marzo de 1931 serán dos los jóvenes Misioneros Eucarísticos que verá morir: Antonio Vera, que era el administrador de El Granito, y con 23 años a José Gutiérrez Muñoz, cura de Villanueva del Rosario, desde hacía solo seis meses.(OO.CC. II, n. 2405). No es de extrañar que tras asistir a todas estas tempranas y repentinas muertes su pluma no pudiera más que escribir «Dios mío, ¿por qué te llevas tan pronto a mis buenos sacerdotes?, ¿por qué después de una siembra tan dura y de un cultivo tan largo y penoso, te llevas tan rápidamente los frutos de tu seminario?». Claro que su alma no tardará en contestar: «¡Sean por siempre benditos tus insondables designios!» (OO.CC. II, n. 2406).

En recuerdo de D. Remigio
Tras la repentina muerte de D. Remigio, El granito de Arena recibió numerosas cartas y muestras de afecto. «Un consuelo triste» era el título que el mismo obispo de Málaga daba a un artículo publicado el 5 de febrero de 1928 (n. 189, pp. 78-79): «Entre las carta de pésame que he recibido por la muerte de nuestro llorado D. Remigio, el incansable Misionero Eucarístico Diocesano que murió en un pueblecito sentado en el Confesonario acabado de predicar, me ha producido singular consuelo y tristeza no menos singular la de una anciana Maestra parroquial, única representante diocesana de uno de estos nuestros pueblecitos que padecen la desgracia de no tener Cura. Dice así:

“Después de saludar a V.S. cariñosamente, le participo el disgusto que tengo desde que me dieron la noticia del fallecimiento de D. Remigio. Aquí todos lo hemos sentido mucho pues era un Señor muy bueno; V.S. está inconsolable por lo mucho que estimaba a V. yo, le deseo muchos años de vida para que pueda manarle muchos sufragios para su alma. De mi parte lo estoy encomendando a Dios en mis cortas oraciones.

El día dos del presente mes, a las nueve de la mañana después de adornar el altar, con seis velas encendidas, leí la Santa Misa a la que asistieron muchas mujeres y algunas niñas. Dios guarde a V.S. muchos años de vida y salud”.
¡Una Misa leída por el alma del Misionero! ¿No es verdad que consuela la noticia de ese sufragio por lo que tiene de espontánea y delicada gratitud y que entristece por la gran pena de que en tierras católicas tengan las ancianas de los pueblos que leer misas porque faltan Sacerdotes que las ofrezcan?

Aurora Mª López Medina
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