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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (enero 2018)

3 enero 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2018.

«Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» Lc 2,52

«Ved aquí un gran fracaso, al parecer, de Jesús: el fracaso de su vida oculta. Se lleva viviendo la mayor parte de su vida, casi treinta años, en Nazaret, como buen hijo, buen obrero, buen vecino. ¡Bueno en todo! Y en vez de ganarse
el aprecio y la veneración de sus paisanos, como era natural y justo, cuando se presenta a ellos predicando y con fama de hacer milagros, excita su envidia y hasta el siniestro empeño de matarlo arrojándolo desde lo alto de un monte» (OO.CC. I, n. 285).


Sí, la vida oculta de Jesús, aparentemente, es un fracaso. La Palabra eterna del Padre, el unigénito, que venía como Mesías y Salvador, permaneció en silencio treinta años en Nazaret. ¡Paradójico!

¡Qué bien habla el silencio de Nazaret! Tiempo de silencio en la vida de Jesús para ir creciendo en la sabiduría de la Palabra divina, en la estatura de un hombre maduro y trabajador, en la gracia de estar lleno del Espíritu Santo: ¡esto es Nazaret!

Nazaret es el clima espiritual de Jesús niño y adolescente, donde va aprendiendo, desde el testimonio de José y María, a meditarla en su corazón, a intimar con el Padre Dios, como dirá a sus padres después de encontrarlo en el Templo discutiendo con los doctores de la ley: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Nazaret es el lugar de la intimidad con el Padre: tiempo en la vida de Jesús de intensa oración, de apertura a la voluntad de Dios, de confianza en su infinito amor.

San Manuel González señala cómo Jesús, en Nazaret, era considerado buen hijo, buen obrero, buen vecino. Pero pasados los años de vida oculta, cuando vuelve a su pueblo, ya siendo adulto, esperan de Él milagros portentosos y se limita a explicar las Escrituras, afirmando: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Ante esas palabras de Jesús, al principio, «se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca». Luego cambian la mirada hacia Él, sienten envidia de su verdad y fortaleza: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22).

Les echa en cara su incredulidad y «todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio de su pueblo, con intención de despeñarlo» (Lc 4,28-29).

Ante este episodio de inicio de la vida pública de Jesús, después de las tres tentaciones en el desierto, constatamos cómo desde el primer momento padece persecución.

Oremos con san Manuel
«Señor, Señor, ¿qué clase de amor es este amor tuyo que se pasa la vida en esperar que lo dejen entrar y que, cuando ha entrado no se ocupa más que en temer que lo echen fuera? ¡Sus hijos! Señor, Señor, ¿y qué clase de amor es éste que se estila entre los hombres, que no se ocupa más que en cerrarte las puertas para que no entres o echarte a la calle cuando has entrado?

¡Señor, Señor! Tú, que has permitido que a tus Sagrarios de la tierra pongan llave para que tus Judas de siempre no roben los copones que te guardan Sacramentado, ¿no tendrás una llave para mi corazón, tan codiciado de pasiones ladronas, que sólo Tú pudieras manejar?» (OO.CC. I, n. 426).

Escuchamos la Palabra
Lc 2,39-40. 51-52.

Puntos para la meditación
Jesús crecía no solo en edad sino también en sabiduría. Él conoce al Padre Dios, está en íntima comunión con Él. Como hombre iba aprendiendo de José, de María y de sus paisanos nazarenos tanto en lo cotidiano del trabajo, la vida familiar, las costumbres de las gentes, como en hondura de la Palabra divina, que en los profetas anunciaba la llegada del Mesías, en quien tendrían cumplimiento todas las promesas mesiánicas.

Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Como Hijo, Él vive en íntima comunión con el Padre: «el Padre y yo somos uno» (Jn 10,30). Por eso puede revelar quién es el Padre y qué misión trae: «en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4).

Como hombre, asume la limitación y debilidad de la condición humana: «En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado» (GS 22).

Como hombre, vive y crece en un lugar geográfico concreto: Nazaret, en Galilea; en un tiempo histórico concreto: Palestina, provincia del Imperio Romano; en una raza y cultura, religiosidad y costumbres concretas: el pueblo judío, pueblo de la Antigua Alianza.

El Sagrario: el Nazaret de hoy
El Sagrario es el lugar para adorar la presencia silenciosa, real y sacramental de Jesús Eucaristía. Es el lugar donde prolongar la acción de gracias de cada celebración eucarística. Es el lugar donde encontrar luz, fuerza, esperanza y consuelo para el combate diario y para el discernimiento de las grandes y pequeñas decisiones del día a día.

Por eso san Manuel González insiste tanto en la conveniencia de acudir al Sagrario, adorar a Jesús Eucaristía y experimentar que su presencia es hoy nuestro Nazaret, donde estar siempre creciendo en sabiduría, estatura (talla humana) y gracia (acción transformadora del Espíritu) ante Dios y ante los hombres.

Oración final
Dios y Padre nuestro que enviaste a tu Unigénito como Mesías y Salvador y que en el misterio de Nazaret nos enseñas del silencio y la íntima comunión contigo, concédenos imitar a tu Hijo en su vida oculta con José y María, para que también nosotros crezcamos en sabiduría divina, en madurez humana y en gracia espiritual ante ti y ante los hombres, por la acción del Espíritu Santo. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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