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Editorial (enero 2018)

5 enero 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2018.

Regalador compulsivo

Más allá de los propósitos que se generan cuando está concluyendo un año; más allá de las fiestas familiares o cenas laborales; más allá, incluso, de las celebraciones litúrgicas y jornadas que la Iglesia nos propone (comenzando por la Jornada mundial de la paz el primer día 1); enero es el mes de los regalos, el mes de los Reyes Magos, el mes que los niños anhelan y que también los adultos desean con una sonrisa más o menos exteriorizada. Es el mes que nos permite sentirnos niños nuevamente y recuperar, en cierto sentido, la inocencia y desear sentirnos regalados.


No importa el tamaño ni el valor. El gesto de recibir regalos nos hace sentir amados y necesitados al mismo tiempo. Quien no desea regalos posiblemente ha dejado de reconocer su pobreza ontológica, su necesidad intrínseca como ser humano.

La sociedad actual, en este sentido, plantea un gran desafío a todos los creyentes en el Dios bueno y regalador. Es muy fácil confundirnos cuando intentamos caminar equilibradamente entre dos extremos: el de desear de forma inapropiada y exagerada, poniendo en ello mente, fuerzas y corazón; y el de no anhelar nada, creyendo que con ello las desilusiones y fracasos serán menos influyentes en nosotros.

Los cristianos estamos llamados a ser personas siempre anhelantes, siempre en búsqueda y con un inconmensurable deseo de felicidad. ¡Cuántos salmos expresan esta realidad! «Señor, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti» (Sal 62,2); «Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia» (Sal 38,10); «como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío» (Sal 42,2). No en vano Jesús nos invitó a hacernos como niños, ya que «de los que son como ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 19,14). Niños que acogen con inocente gratitud cualquier regalo ya que saben reconocer en cada uno el amor que lo prepara y envuelve.

No es de extrañar que sea así la realidad de nuestra alma, sobre todo porque demuestra –¡una vez más!– nuestra condición de criaturas deseadas y amadas por Dios. Hemos nacido al ser porque el amor de Dios nos ha hecho personas, seres humanos; vivimos cada día porque su aliento, infunde en nosotros la vida corporal y espiritual; somos felices porque nuestro corazón es capaz de reconocer su presencia cercana y amiga, siempre misericordiosa y atenta a nuestras necesidades.

Dios es un Padre tan bueno y regalador, que es capaz de llegar a la locura –locura de amor– de enviarnos a su mismo Hijo, de encarnarse y venir a morar entre nosotros, caminar nuestros senderos, sean agradables o escarpados. Ese Dios que no dudó en tomar carne humana es el mismo que se quedó entre nosotros como pan de Vida en la Eucaristía.

Enero es, por todo ello, el mes más propicio para reconocer a Dios como regalador compulsivo, Alguien que es capaz de vivir su eternidad dando y dándose. La actitud característica de un cristiano, en este primer mes del año y todos los días de su vida, es la de la gratitud. Gratitud veraz y asombrada. Gratitud emocionada y activa. Gratitud que llena de sentido y gozo la propia existencia y es capaz de contagiar su entusiasmo a quienes se cruzan con nosotros.

Gratitud silenciosa o exteriorizada, pero siempre manifestada, porque el amor, en cuanto tal, es siempre expansivo y desea compartirse, brindarse, darse. Así es Dios. Así estamos llamados a ser nosotros. «

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