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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (febrero 2018)

1 febrero 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2018.

«¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Co 9,16)

«El ideal [de la catequesis]: Hay que aspirar a que cada catequesis parroquial sea semilla de una parroquia cabal, la iniciación de una vida sólida católica en los individuos, en las familias y en el pueblo. ¡Nada de catequesis rutinarias y por cuentagotas, que dan un color cristiano! ¡Catequesis completa y de todos modos que se pueda dar y recibir!» (OO.CC. III, n. 4.686).


¡Qué práctico, concreto y directo era san Manuel González como sacerdote y como obispo a la hora de proponer el itinerario catequético de una parroquia o de una diócesis! Nada en él es teórico. Arranca de la experiencia de su propio apostolado, plasmado por escrito lo que fundó en Málaga y continuó en Palencia. De ahí brota un breve (pero enjundioso) escrito suyo: Cartilla del catequista cabal. Merece la pena leerlo despacito, aprender de él y proponerlo en las parroquias donde están insertos los miembros de la Familia Eucarística Reparadora o cualquier cristiano preocupado por la hondura y la calidad de nuestras catequesis de hoy.

En este espacio de la revista dedicado a «Orar con el obispo del Sagrario abandonado», te invito, querido lector, a estar un rato largo adorando la presencia real y sacramental de Jesús Eucaristía, para que pidas por los niños, jóvenes y adultos que están en algún catecumenado de preparación para la Eucaristía, la Confirmación o el Bautismo; para que sea una catequesis completa, que mueva a la conversión continua, a la adhesión incondicional a Jesucristo, a la participación viva en los Sacramentos, a la inserción activa en la vida comunitaria de la Iglesia y a la solidaridad sincera hacia los más necesitados.

Orando por los catequistas
Querido adorador eucarístico ora por los catequistas, héroes abnegados de nuestras parroquias, voluntarios de primera línea, que evangelizan en situaciones precarias y complejas, ante la falta de sensibilidad religiosa o de escasísima formación de niños, jóvenes y adultos. ¡Cómo necesitan de nuestra oración, para que el Espíritu Santo les guíe, les fortalezca y les ilumine en su misión y sientan el apoyo de toda la comunidad parroquial!

Una catequesis que brote del Evangelio y lleve a los catecúmenos a Cristo requiere catequistas con fuerte experiencia de Dios, enamorados de Jesucristo, que meditan con frecuencia la Palabra, que oran a diario por los niños o jóvenes de su grupo, que participan cada domingo de la Eucaristía, que trabajan en equipo con otros catequistas, que van logrando –por la fuerza del Espíritu– tener entre ellos un mismo pensar y un mismo sentir.

D. Manuel hablaba claro a las Marías de los Sagrarios de Málaga y de Palencia a la hora de señalarles que ellas habrían de ser las primeras en dar testimonio de su celo por la salvación de sus niños o jóvenes: «¿Tenéis catequesis en vuestra parroquia? Por ser Marías no solamente debéis pertenecer a ella, sino ser las primeras en llegar, las más celosas en buscar hasta en sus casas a las niñas, a los pequeñuelos que no han ido o que podrían ir, en darles cariño y parte muy especial en vuestras oraciones y mortificaciones, en ser las últimas en separarse de ellos, no contentándoos con la hora del catecismo, sino llevándolos y acompañándolos a los actos de culto, recepción de sacramentos, visitas al Santísimo, asistencia a la santa Misa, etc., llevándolos de paseo y aprovechando éste para salud de sus almas y de sus cuerpo» (OO.CC. III, n. 4.700).

¿Es este el ideario del catequista que es miembro de la Familia Eucarística Reparadora? ¿Hacia dónde se camina con los otros catequistas y con la ayuda y aliento del sacerdote? ¿Hacia donde señala D. Manuel?

Oración por los catequistas
Oh Dios, que has llamado y elegido a muchos para que sean anunciadores del Evangelio y pedagogos de la iniciación cristiana, hijos tuyos maduros en la fe; haz fecunda su misión para que los niños, jóvenes y adultos que reciben ese testimonio de sus catequistas y esa enseñanza sistemática de las verdades de la fe, lleguen a ser verdaderos discípulos de Jesús. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
«El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos; con los que están bajo ley me he hecho como bajo ley, no estando yo bajo ley, para ganar a los que están bajo ley; con los que no tienen ley me he hecho como quien no tiene ley, no siendo yo alguien que no tiene ley de Dios, sino alguien que vive en la ley de Cristo, para ganar a los que no tienen ley. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes» (1Co 9, 16-23).

La transmisión de la fe y el catequista
«La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama. Los cristianos, en su pobreza, plantan una semilla tan fecunda, que se convierte en un gran árbol que es capaz de llenar el mundo de frutos» (Lumen fidei, 37).

La Iglesia existe para evangelizar. Es su razón de ser más profunda. Su vocación propia y original es anunciar el Evangelio. Lo ha hecho y lo hace a través de los testigos de la fe, personas enamoradas de Cristo, herederas del testimonio de los apóstoles y de los mártires, encendidas en el fuego del Espíritu Santo y en la verdad de la Palabra: «El cielo y la tierra pasarán; mis palabras no pasarán» (Mt 24,35). «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Co 9,16).

San Manuel González propone como ejemplo de locura por la evangelización a María Magdalena, cuando esta, después de ver el sepulcro vacío en la mañana del domingo de Resurrección, se vuelve loca de intrepidez en su búsqueda del cuerpo robado (¡supuestamente!) de Jesús: «¿No se merece el Jesús que han robado o tratan de robar del alma de los niños el que se vuelvan locas sus Marías y hagan todas las locuras imaginables para que las almas de los niños no pierdan a Jesús o lo recuperan si lo han perdido?» (OO.CC. III, n. 4.699).

Con el mismo fuego de amor por Cristo que inundaba el corazón de María Magdalena en la mañana de la Resurrección, han de buscar los catequistas el modo de llevar a los niños o a los jóvenes a Jesús.

Así hablaba san Manuel González a los catequistas: «Si las locuras tuvieran regla, la única que yo pondría a la del corazón de las Marías sería esta: Que no me pase día sin empujar a las almas de los niños hacia Jesús y sin empujar, ¡no os escandalicéis!, al Corazón de Jesús hacia las almas de los niños. Empujad cada día a las almas de los niños a Jesús, enseñándoles algo de su doctrina, mostrándoles algo de sus ejemplos, dándoles algo de su cariño» (OO.CC. III, n. 4.699).

Súplicas breves a nuestro Dios
Acudamos a nuestro Padre que atiende nuestras peticiones y está atento a nuestras necesidades. Respondemos: Padre, escúchanos.

  • Para que todos seamos catequistas.
  • Para obrar y hablar como Cristo.
  • Para que sea fecunda la misión evangelizadora.
  • Para que los padres de familia sean los primeros catequistas.
  • Para que hablemos a Dios de los niños y jóvenes.
  • Para que las verdades de fe se enseñen en su integridad.
  • Para que reine unidad y comunión entre los catequistas.
  • Para que el sacerdote sea el primer catequista de los niños.

Oración final
Oh Dios, que enviaste a tu Hijo para anunciar el Evangelio a los pobres y traer libertad a los cautivos, llena del fuego del Espíritu a los catequistas para que vivan su misión en total desprendimiento, enamorados de Cristo, con testimonio vivo de su fe y amando a niños y jóvenes. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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