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Con mirada eucarística (febrero 2018)

3 febrero 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2018.

Virgen de la Candelaria

No dejan de pasar turistas a la catedral gótica, renacentista, a la iglesia modernista, románica… Disparan sus cámaras, escuchan a la guía de turno o llevan acoplados al oído unos audífonos enormes, elevan miradas de admiración que chocan contra el capitel, el arco, el friso, la cúpula, se extrañan ante tanta belleza acumulada o se asombran por el paso casi inmaculado del tiempo.


La devoción a la Virgen en la cristiandad católica es un hecho incontrovertible. No hay ningún rincón, pueblo, ciudad, país… en donde la Virgen María, la madre de Jesús, no sea objeto de devoción bajo el nombre más bello que se le pueda dar a una mujer. El día 2 de febrero celebramos la Virgen de la Candelaria.

La Virgen de la Candelaria es advocación muy antigua que, partiendo de la Iglesia de Oriente, llega hasta las Islas Canarias para constituirse en su patrona. Desde las Islas Afortunadas su devoción se extiende a toda América, convirtiéndose la Morenita en un hecho que sobrepasa incluso lo estrictamente religioso. ¿Quién no ha cantado alguna vez «Virgen de Candelaria, la Morenita…»?

María intercesora
La Virgen es sobre todo una mediadora, su misión de puente entre la necesidad del hombre y la abundancia de Dios está en la base de su razón de ser. El ser humano, pecador, menesteroso, pobre, puede en algún momento sentir cierta vergüenza, tal vez impotencia, para dirigirse directamente a Dios, el Hijo, por lo que le resulta más fácil y asequible recurrir a la madre para que esta intervenga en nuestro nombre ante la misericordia de Dios, que también es Padre. Así hacemos los hijos, cada cual con su madre, cuando necesitamos que el padre nos conceda algún tipo de favor.

La madre tiene un poder de influencia y convicción que no tenemos nosotros. Por eso en nuestro pueblo, cuando la Candelaria salía en procesión en ese frío e invernal 2 de febrero, le pedíamos a través de sus candelas encendidas que la cosecha del grano sembrado en el reciente otoño creciera con toda la opulencia del verdor en la primavera que muy pronto iba a empezar. Nos consta que todavía siguen los lugareños pidiéndoselo a la Señora. Así, el campo dorado de los trigales del verano será cosa de la intercesión de la Virgen. Aunque los campos son siempre propiedad de Dios. En algunos lugares de América las candelas son de distintos colores, dependiendo su tonalidad de la clase de intercesión que se solicite a la Candelaria.

Alumbramiento
Cuando rezamos el Rosario, ya al final, en las letanías piropeamos bellamente a la Virgen. Muchos de esos piropos son petición de ayuda (salud de los enfermos, auxilio de los cristianos…), pero otros son expresión de admiración, de amor: estrella de la mañana. No hay que fijarse demasiado para darnos cuenta de que la Virgen de la Candelaria está relacionada con el hecho de la luz. Ella es la estrella.

La palabra «luz» es la palabra más poética del diccionario español, al menos es la palabra más usada por todos los poetas de habla hispana. Su simbolismo es de tal naturaleza, que se constituye en una especie de aspiración universal del hombre sobre la tierra. Podríamos decir que la luz encierra un universal humano. Todos ansiamos la luz sobre cualquier tipo de ceguera.

El 2 de febrero, día de la Candelaria, es el día de la purificación de la Virgen, el día de la presentación del Niño Jesús en el templo. Así lo hicieron María y José, de acuerdo con la ley de Moisés, una vez que habían trascurrido cuarenta días después del nacimiento de su hijo: «Así mismo, cuando llegó el día en que, de acuerdo con la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la purificación de la madre, llevaron el niño a Jerusalén y lo consagraron al Señor» (Lc 2,22). Hacía cuarenta días, desde el pasado 25 de diciembre, que había tenido lugar el alumbramiento, es decir, que María había dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, para conocimiento de la humanidad entera.

Alumbramiento, dar a la luz, dar a conocer la luz. A través de la Candelaria el hombre conoce la luz. El mundo estaba en tinieblas, los habitantes del planeta Tierra buscaban desde siempre conocer el rostro de Dios, saber quién era, querían percibir por sus propios ojos la figura del Creador, buscaban iluminación para la oscuridad, paz para la inquietud. Todo fue posible a través de una joven, de nombre María, María de la Candelaria: «Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: “Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu salvador, que tú preparaste para presentarlo a todas las naciones. Luz para iluminar a todos los pueblos”» (Lc 2,28-32).

Luz de luz
Al recitar el Credo de Nicea confesamos que Jesús, el hijo de María, es «luz de luz». Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Cristo, dice de sí mismo según el evangelista Juan: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (8,12). Sin ninguna duda, Dios es luz. Y sin duda también, María, la madre, la Candelaria, nos hace posible la cercanía de esa luz. La iluminación de esa luz.

En el discurrir de nuestra corta vida hay muchas clases de cegueras, tinieblas, oscuridades, sombras, penumbras… Evidentemente se trata de la falta de visión del alma, que, sin la luz que es precisa, camina a tientas sin saber ni cuál es el lugar por donde camina ni cuál es el final que le espera. En la ceguera no vive la esperanza. En cambio, habita la irracionalidad y el sinsentido. En la ceguera, como viene a decirnos Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, solo es posible la existencia de una humanidad absurda que únicamente tiene curación mediante la visión. El absurdo es la insolidaridad, la inmoralidad, el desamor, en definitiva, la negación del ser, su destrucción, la muerte.

Pero la luz es vida. Cristo es la luz perpetua que brilla. La Candelaria nos lo señala en la candela que parpadea permanentemente delante del Sagrario.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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