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Editorial (febrero 2018)

14 febrero 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2018.

Preparar los ojos para la gran luz

El 14 de febrero próximo la Iglesia celebrará el miércoles de ceniza, dando inicio, de este modo, al tiempo de Cuaresma. Los 40 días –sin contar los domingos, que no son penitenciales– que transcurrirán hasta la Vigilia Pascual son un tiempo especial, un don, que Dios quiere darnos para volver a encontrarnos con Él.

 


Es de destacar que los días que van desde el miércoles de ceniza hasta el sábado santo son casi tantos como los de la cincuentena pascual. En total, 46 días que demuestran que la Cuaresma es un tiempo verdaderamente prolongado. ¿Es necesario un período tan largo? ¿Necesitamos realmente más de 1.100 horas para llegar a la Pascua? La Iglesia y la liturgia, verdaderas madres, nos afirman que sí.

Podemos pensar que la Cuaresma es simplemente preparación para celebrar la pasión, muerte y resurrección del Señor. Sin embargo tanto la duración de este tiempo como las oraciones y lecturas propias nos dan pistas que quieren indicarnos el sentido profundo de estos días.

Respecto a los días de duración, ya hemos explicado que los 40 días terminan con la Vigilia Pascual, por lo tanto el Viernes Santo es parte de la Cuaresma. No así la resurrección del Señor. No es de extrañar. Los seres humanos vivimos y padecemos muchos momentos de pasión en nuestro día a día. Una enfermedad, la incomprensión, el dolor propio y, más aún, el ver sufrir a nuestros seres queridos, es cierto que no implican generalmente perder la vida, pero no es menos cierto que marcan nuestra existencia y hacen que el dolor entre en nuestro ser. Prepararnos para vivir la pasión de Jesús es también aprender a vivir tantos momentos de pasión en nuestra vida.

¿Y cuál es la moraleja que descubrimos al final de cada Cuaresma? Que el dolor, sea de la intensidad que sea, parezca o no más poderoso que nosotros o que el mismo Dios, no tiene la última palabra. Cuando más evidente parece la fuerza del mal (¡que llega hasta a quitar la vida a un inocente, el mismo Hijo de Dios!), es cuando se muestra la omnipotencia divina. Es entonces cuando experimentamos, incluso sin comprender, que la fuerza de Dios es más fuerte que la fuerza del mal.

¡Es tan común escuchar quejas contra Dios al verificar o sufrir la existencia del mal en nuestro mundo! Posiblemente, porque no se ha querido vivir a conciencia la Cuaresma, que nos abra los ojos y el corazón para contemplar el poder de Dios, capaz de encender la mayor de las luces en la más profunda tiniebla y hacer resurgir la vida –¡una vida nueva!– del seno mismo de la muerte.

Las oraciones en Cuaresma y las lecturas también nos preparan para este gran acontecimiento. Por una parte nos invitan a contemplar con sinceridad nuestra propia pobreza y finitud. No tiene sentido vivir continuamente en la ilusión adolescente de ser alguien distinto a quienes somos. Y, por otra, nos ponen delante de los ojos la fuerza de Dios, capaz de transfigurarse tanto como de entregar su vida: «Nadie me la quita [la vida], sino que yo la entrego libremente» (Jn 10,18).

También nosotros tenemos esta capacidad de entregar la vida. Podemos, en virtud de la libertad que jamás se nos quitará, no entregarla, intentar guardarla a toda costa. O podemos asumir con valentía nuestra condición de hijos de Dios, de criaturas creadas por amor y mirar de frente el dolor, incluso la muerte. La Cuaresma es, después de todo, dedicar un tiempo a contemplar aquello que siempre nos acompaña y que nos puede dar paz en medio de cualquier momento de pasión. «

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