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Cordialmente, una carta para ti (febrero 2018)

15 febrero 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2018

Los otros son el camino

Estimado lector: Como seguramente sabes, Jean Paul Sartre fue uno de los principales representantes del existencialismo, doctrina que concibe a la filosofía como análisis de la existencia, entendiendo por existencia el «modo de ser del hombre en el mundo». Según Sartre,
«estar en el mundo» equivale a «estar con los otros»,
esto es, equivale a convivir.

Como también sabrás, Sartre opinaba que ese estar en el mundo, ese convivir, traía como consecuencia el tener que estar bajo la mirada (le regard) de los demás. Y es el caso que, en su ideología, la mirada de los otros está poniendo límites a mi libertad, porque de algún modo está controlando e investigando mi vida. De aquí que él considerase un infierno el tener que soportar la mirada de los otros. «La mirada del otro –afirma el filósofo francés– me descubre y penetra, me disgusta y ofende. Es la mirada que se entromete en mi vida y le roba su intimidad». La conclusión a la que llega Sartre, y que constituye uno de los puntos fundamentales de su célebre obra El ser y la nada, es su lapidaria sentencia «el infierno son los otros».

El extremo opuesto
Pues bien, apreciado lector, en el extremo opuesto a ese lapidario «el infierno son los otros» se encuentra la concepción humana y cristiana del papa Francisco. En efecto, el pasado día 1 de diciembre tuvo lugar en Bangladesh un encuentro, que reunió a los representantes de las distintas comunidades religiosas de aquel país. Al comienzo del encuentro, el pontífice dirigió unas palabras de agradecimiento al cardenal D´Rozario y «a cuantos me han acogido –dijo– con afecto en nombre de las comunidades musulmana, hinduista, budista, cristiana y también de la sociedad civil».

La cultura del encuentro
A continuación hizo referencia al deseo de armonía, fraternidad y paz que hay en las diversas religiones existentes en el mundo. Destacó su deseo de que aquel encuentro pudiera ser «un signo claro del esfuerzo de los líderes y de los seguidores de las religiones presentes en este país por vivir juntos con respeto recíproco y con buena voluntad». También destacó su deseo de que el compromiso adquirido en Bangladesh fuese «una llamada de atención respetuosa, pero firme, hacia quien busque fomentar la división, el odio y la violencia en nombre de la religión». Palabras que nos demuestran, estimado lector, tanto la firme actitud del papa ante quienes odian y matan en nombre de la religión como la información que posee sobre la realidad actual.

Dio a conocer después que cada vez hay más personas de buena voluntad que se sienten llamadas a cooperar en la cultura del encuentro, del diálogo y de colaboración al servicio de la familia humana. Esta circunstancia es sumamente importante, puesto que «nos estimula –precisó el santo padre– a tender la mano al otro, en actitud de comprensión y de confianza recíproca, para construir una unidad que considere la diversidad no como amenaza, sino como fuente de enriquecimiento y crecimiento. Nos exhorta a tener apertura de corazón para ver en los otros un camino, y no un obstáculo».

Mensaje humano y cristiano
¡Tener apertura de corazón para ver en los otros un camino, y no un obstáculo! ¡Qué humano y cristiano es este mensaje del papa Francisco! ¡Y qué lejos está de aquella sentencia «el infierno son los otros»! Por cierto, apreciado lector, dar validez a esta sentencia nos llevará a encerrarnos en nosotros mismos, eludiendo a los demás, en una clara actitud egoísta y antisocial, porque estimamos que son ellos quienes ponen límites a nuestra libertad, se entrometen en nuestra vida y nos roban la intimidad, como opinaba Sartre. Este camino del aislamiento social, del egoísmo y de la negación del otro no nos llevará nunca a sentirnos mejores ni tampoco a ser más felices.

Frente al aislamiento social y a la desconfianza en los otros debemos tener apertura de corazón para tender la mano a los demás, en una actitud de comprensión cristiana. En lugar de encerrarnos en nosotros mismos debemos tener apertura de corazón para cooperar en la cultura del encuentro, del diálogo y de la colaboración al servicio de los otros. En definitiva, hemos de tener apertura de corazón para ver en los otros un camino, nunca un obstáculo y mucho menos un infierno. Podemos estar seguros, amigo lector, de que si lo hacemos así nos sentiremos mejores cristianos y viviremos más felices. Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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