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Herederos de un carisma (marzo 2018)

3 marzo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

Afán de fidelidad

El 4 de marzo es, siempre, una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra identidad como miembros de la Familia Eucarística Reparadora. Por este motivo, comenzamos una serie de artículos que nos ayudarán a redescubrir y valorar el inmenso don que hemos recibido.


Desde hace unos años hablar de Familia Eucarística Reparadora no es una novedad, está presente en nuestro vocabulario y en nuestros escritos. Hemos escuchado esta expresión, la hemos pronunciado, la hemos escrito, pero, ¿define realmente a quienes participamos del carisma de san Manuel González? ¿Consideramos que está en el deseo del obispo del Sagrario abandonado? O, por el contrario, ¿la hemos inventado en la actualidad? Dos textos suyos nos invitan a situarnos y a introducirnos en el tema que vamos a reflexionar: «¿Cómo encontrar modos nuevos de decir y demostrar al Corazón de Jesús lo que le quieren y le agradecen todos y cada uno de los que forman esta dilatada familia eucarística? ¿Cómo componer el himno que cante lo viejo y lo nuevo de las misericordias y complacencias del Corazón de Jesús sobre ésta su obra y familia?» (del libro Al amo en sus días, en OO.CC. I, n. 887).

«Madre Inmaculada; como regalo de tu fiesta yo te pido para todos los que forman parte de ésta tu ya numerosa familia reparadora de abandonos de Sagrario que les hagas sentir a Jesús… Y más en donde más abandonado esté… ¡Sentir siempre la presencia de Jesús en el Sagrario y en el alma! ¡Qué dulce y fructuoso sentir! ¡Qué buen regalo!» (del libro En busca del Escondido, en OO.CC. II, n. 2918).

Ser miembro de la Familia Eucarística Reparadora implica reconocer que el don que recibió san Manuel González en Palomares del Río ha continuado haciéndose carne en miles y miles de personas que han sentido la urgencia de la reparación eucarística.

Custodiar y desarrollar
El documento Mutuae Relationes afirma que «el carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (EN 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne» .

En efecto, la acción del Espíritu actualiza el carisma y lo desarrolla. El carisma fundacional nos hace estar atentos a una realidad externa de necesidad o carencia –como lo hizo D. Manuel–, pero siempre desde una actitud interna: la contemplación de lo que el Señor quiere para el hoy y que hace de nosotros sus instrumentos.

A la hora de situarnos en el hoy del carisma y misión que el Espíritu nos ha regalado, hemos de distinguir bien entre el carisma fundacional y el proyecto fundacional. En este último, san Manuel ha concretado la respuesta histórica que él da a la experiencia del Espíritu. Lo hace desde su carisma, personal e intransferible, de fundador, a partir de las circunstancias concretas que vive: una sociedad, una Iglesia.

«El siglo XX, cuya primera mitad podríamos definir como su parte trágica, precisamente “el tiempo” de don Manuel González, fue, en palabras del filósofo italiano recientemente fallecido Giuseppe Maria Zanghì, el siglo de la noche oscura de la cultura occidental, el tiempo por antonomasia en la historia de la cristiandad en el que cayó la noche oscura del abandono del hombre sobre el hombre, y del abandono sobre Dios. Y también con ello de la impresión del hombre de haber quedado abandonado de Dios. Un tiempo en el que D. Manuel González hizo suyo el grito del abandono de Jesús en la cruz, para abrazar a Dios en los Sagrarios abandonados de los hombres, y para abrazar a los hombres en un Dios que en Cristo, escondido en el Sagrario de sus corazones, de sus anhelos, de sus súplicas, y de su silencio y soledad, se hace uno con sus abandonos» (Manuel Mª Bru Alonso, «El beato Manuel González y su tiempo», en Mónica M. Yuan Cordiviola (Coord.), Fuego en el corazón del mundo, EGDA, 2015, pp. 287-288.

Un dura situación histórica
En este contexto social y religioso vive y trabaja san Manuel. El carisma fundacional que él recibe ante el Sagrario de la iglesia de Palomares del Río, esa singular experiencia del Espíritu, va a dar lugar a un proyecto fundacional: la Obra de las Marías de los Sagrarios y, sucesivamente las diferentes fundaciones, que comprenderán a hombres y mujeres de distintas edades y estados, personas que compartirán el deseo de eucaristizar: llevar a los hombres al Corazón de Cristo Eucaristía para que vivan la vida que de ahí brota . Todos esos hombres y mujeres son –como él mismo indica–, la «dilatada familia eucarística» o la «numerosa familia reparadora».

Y es esta Familia, presente hoy en diversos países del mundo, en mayor o menor número, la heredera y la encarnación del carisma eucarístico–reparador con que D. Manuel fue agraciado, para transmitirlo a la Iglesia de todos los tiempos. Somos los encargados por el Espíritu y por la misma Iglesia, de guardar la memoria de un acontecimiento salvífico concreto para la Iglesia de su tiempo y para la Iglesia de todos los tiempos, porque el Señor no se arrepiente nunca de sus dones.

Esto implica en nosotros el compromiso de ser una invitación y una exigencia permanente por vivir, no solo nosotros, como Familia Eucarística Reparadora sino en la Iglesia entera, el espíritu de nuestro fundador, que ya es patrimonio común de todos los cristianos, porque el Espíritu reavivó en la Iglesia por medio de él un rasgo de Jesús que entonces no estaba suficientemente explicitado, pero que pertenecía a todo el Pueblo de Dios.

Somos los continuadores, pero no debemos ser una mera repetición, un calco material de lo que él fue e hizo. Siempre y en todo lugar, debemos ser el modelo de identificación, el arquetipo en el que se concentra toda la densidad del espíritu de nuestro fundador. Sin embargo, no es menos cierto que ningún miembro de la Familia está en condiciones de imitarle o de copiarle materialmente: en primer lugar, porque solamente él es el fundador propiamente dicho, porque, al no tener delante el modelo viviente que él fue, siempre será preciso interpretarlo; y en toda interpretación caben distintos matices, según que se ponga el acento en este o aquel valor desde el que se le quiera interpretar o imitar.

Hacer, de nuevo, presente
Esta imposibilidad de copiarle materialmente no se refiere solamente a su vida y experiencia personal, sino también a las formas concretas de las que él se sirvió para visibilizar su experiencia carismática, o para organizar e institucionalizar su proyecto. Una representación meramente material cabría reconstruirla como se reconstruye arqueológicamente un edificio ruinoso antiguo; pero en este caso no es cuestión de reconstruir un modelo material de existencia o de misión, porque ya no tendría hoy el mismo sentido que tuvo en el tiempo que él vivió.

Por eso mismo nuestro fundador será siempre para nosotros una fuente de inspiración, y un modelo permanente de radicalidad evangélica; pero sin olvidar jamás que la transmisión de su espíritu se realizará siempre más que por un simple conocimiento teórico por una experiencia viva de Jesús Eucaristía, de aquello que constituyó su actitud de servidor del designio salvífico de Dios. Solamente así podremos revivir y representar, es decir hacerle presente de nuevo en la Iglesia y en el mundo de hoy.

Al considerar su carisma es preciso distinguir con claridad estos tres aspectos:

  1. La inspiración profunda o la página evangélica en torno a la cual giró todo su ser y su hacer; y en torno a la cual hemos de girar siempre nosotros.
  2. La orientación misionera o eucaristizadora que ha de manifestarse en un compromiso apostólico encarnado en un servicio concreto al anuncio del Reino de Dios.
  3. Un estilo característico de vida como configuración histórica del seguimiento de Cristo en la Iglesia.

Para que estos aspectos o dimensiones puedan llevarse a cabo y desarrollarse, está el componente colectivo–comunitario que implica la cooperación de los seguidores de ese carisma, de los miembros que participan de esa gracia carismática, en nuestro caso, de la Familia Eucarística Reparadora, y que son quienes llevan a cabo el proyecto en la historia.

Esto comporta la exigencia de una estructura estable, de una forma concreta de proceder, de una institucionalización del carisma. Los seguidores están llamados a colaborar para que el don sea una realidad visible en la historia.

Mª Teresa Castelló Torres, m.e.n.
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