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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2018)

5 marzo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

“Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles;
Pero para los llamados, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Co 1,23-24)

«Jesús, a partir de la cruz, pese a los demonios del infierno y a las envidias de los fariseos, y a las pusilanimidades de los Pilatos, y a la deslealtad, cobardía y traición de discípulos y amigos de la tierra, ¡sube! ¡Jesús ya no cesará de subir en el conocimiento en el amor, en la imitación, en la reformación, transformación y glorificación de los hombres» (OO.CC. III, n. 4962).


Jesús baja. Jesús sube. Así presenta san Manuel González el dinamismo de la encarnación, muerte, resurrección y glorificación del Hijo de Dios, salvador de los hombres, grano de trigo que cae en tierra y muere, para dar fruto: el fruto de la humanidad redimida, del nacimiento de su cuerpo místico, de su esposa, la Iglesia.

Jesús se abaja, se humilla en el misterio de su encarnación y su muerte en Cruz. Se levanta de la muerte resucitando, vencedor del pecado y de la misma muerte, y es glorificado a la derecha de Dios Padre.

Nuestro querido obispo del Sagrario abandonado lo dibuja en un gráfico y lo describe luego, con detalle, en el libro Apostolados menudos: «Esa cruz clavada en la tierra dice al que pasa y la mira dos afirmaciones: hasta aquí bajó el Redentor; desde aquí subió el Redentor. El pie de la cruz es a la vez término de llegada de un viaje de descensiones horrible y dolorosamente humillantes y punto de partida de un viaje de ascensiones irresistible y espléndidamente gloriosas. ¡Qué dos puntos de meditación!» (OO.CC. III, n. 4957).

Así nos presentamos ante Jesús-Eucaristía cada vez que vamos a adorarlo en su presencia real y sacramental: nos abajamos como Él, postrándonos a sus pies, dándole gracias y reconociéndole como el médico que nos sana; y, a su vez, nos dejamos levantar por Él que, con su muerte y resurrección, nos hace partícipes de su vida divina y más nos permite unirnos a Él, en su sacrificio de alabanza al Padre, ofreciéndole nuestra vida, para que sea también ofrenda de alabanza, acción de gracias y propiciación al Padre, a favor de todos los hombres. Bajar con Él, para ser levantados por Él.

Ser grano de trigo que cae en el surco de la tierra (¡de la historia!), muriendo a mí mismo, para ser elevados por Él en la fecundidad de los apostolados menudos. ¡Morir para resucitar!

Oración inicial
Oh Dios, Padre misericordioso, que nos invitas a contemplar a tu Hijo en la cruz como Cordero que quita el pecado del mundo, ayúdanos a abrazar la cruz de cada día, muriendo a nosotros mismos, enterrando nuestro amor propio, quitando nuestras mezquindades, para que solo triunfe la verdad de la resurrección y la caridad de nuestro servicio a los pobres. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Himno cristológico (Flp 2,5-11)
«Tened entre vosotros los sentimientos
propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre–sobre–todo–nombre;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».

Puntos para meditar
Todo camino de apostolado ha de ser recorrido imitando a Jesucristo: Él, en obediencia al Padre, se encarnó, se humilló, se hizo en todo igual a nosotros, menos en el pecado. El evangelizador de hoy ha de asemejarse a Cristo por el amor humilde a los destinatarios de su anuncio evangélico, abrazando la cruz desnuda de no ser comprendido o aceptado por quienes le escuchan; o abrazar la cruz desnuda de su fracaso pastoral. Al igual que en tiempos de san Pablo, en la ciudad de Corinto, también hoy podemos decir que anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para quienes buscan espiritualidades cómodas y baratas, o necedad para quienes solo aceptan lo científico y tecnológico. Hoy, como en estos veintiún siglos de historia de nuestra fe, queremos pregonar que nosotros, los llamados a ser Iglesia, pese a nuestra debilidad y miseria, creemos y anunciamos «un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios».

Bien podemos hacer nuestras estas palabras de san Rafael Arnáiz, justo dos meses antes de morir: «Solo puedo decir que en el amor a la Cruz de Cristo he encontrado la verdadera felicidad y soy feliz, absolutamente feliz, como nadie puede sospechar, cuando me abrazo a la ensangrentada Cruz y veo que Jesús me quiere, y que María también me quiere, a pesar de mis miserias, de mis negligencias, de mis pecados. Pero yo no tengo importancia…, solo Dios» (Dios y mi alma, 26/2/1938).

Escuchamos nuevamente a san Manuel González
En la vida de todo apóstol (¡enviado!, de Cristo), se pasa por el mismo camino del enviado del Padre: Jesús. Hay momentos de luz, esperanza, consuelo, alegría, fecundidad; y hay momentos de oscuridad, desánimo, desolación, tristeza y fracaso.

¿Cómo vive un evangelizador (sacerdote, consagrado, laico) esas situaciones? ¿Cómo se abraza la cruz de cada día?

D. Manuel nos dice: «Jesús, antes de llegar a la Cruz, baja. Jesús, después de llegar a la Cruz y morir en ella, sube».

Jesús baja
La vida de nuestro Señor Jesucristo es paradójica. Incluso cuando, en la etapa de Galilea, parece que las multitudes le aclaman, su línea es descendente: ¡Jesús baja! Porque, al final, termina en la Cruz, en el más estrepitoso fracaso.

Así lo explica san Manuel: «Mientras han creído que Jesús era el Mesías profano, en que soñaban los judíos, que iba a dar reinos de tierra y poderíos humanos y dineros y placer, los seguidores suyos se han contado por legiones» (OO.CC. III, n. 4959).

¿Qué vieron en Él? «Su presencia augusta y hermosa, su mirar penetrante y sereno, su palabra insinuante, veraz y avasalladora, su vida austera e inmaculada. Lo llaman Profeta grande, Salvador del mundo, tratan de proclamarlo Rey» (OO.CC. III, n. 4958).

¿Qué sucedió después?: «Cuando se han ido dando cuenta de lo espiritual y anticarnal del reino de Jesús, de los premios que ofrece y del alimento que prepara para los vasallos de su reino, el evangelista san Juan tiene que consignar esta tristísima frase: “Desde entonces muchos de sus discípulos dejaron de seguirle, y ya no andaban con Él” (Jn 6, 66)» (OO.CC. III, n. 4959).

Sí, al final, en Jerusalén, todo es fracaso en su misión, dolores en su cuerpo, penas en su corazón, «y en su remate, la crucifixión, a que ha llegado Jesús».

«Eran tantos los que lo iban dejando, que ya lo vemos en el Huerto y el Pretorio y en el Calvario, ¡o solo o, a lo más acompañado de su Madre, de un discípulo y unas piadosas Marías!» (OO.CC. III, n. 4959).

Jesús sube
La última palabra no la tiene la muerte: «Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio» (Hch 2, 24). «Al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías» (Hch 2, 36).

San Manuel canta con júbilo esta victoria de Cristo: ¡Jesús sube! Y sube llevando con Él a los que crean en su Resurrección y en la vida eterna: «Jesús, a partir del pie de la cruz, pese a los demonios del infierno y a las envidias de los fariseos, y a las pusilanimidades de los Pilatos, y a la deslealtad, cobardía y traición de discípulos y amigos de la tierra, ¡sube! ¡Jesús ya no cesará de subir en el conocimiento, en el amor, en la imitación, en la reformación, transformación y glorificación de los hombres» (OO.CC. III, n. 4962).

Letanías de la misericordia
Respondemos: Señor Jesús, ten misericordia de nosotros

  • Por nuestra agitación y nuestro continuo correr sin sentido. R/.
  • Por estar tantas veces llenos de tristeza, amargura y vaciedad. R/.
  • Por rechazar el escándalo de la cruz y el sufrimiento de los oprimidos. R/.
  • Por vivir de la apariencia, el prestigio o querer estar continuamente en cartelera. R/.
  • Por nuestra mirada altanera, comentario despectivo, olvido de la ternura, o burla hacia los más vulnerables. R/.
  • Por la soberbia de creernos mejores y el individualismo de nuestra autorreferencialidad. R/.

Oración final

Oh Dios, Trinidad Santa, que en la Cruz de Cristo manifestaste el inmenso amor que tienes a toda la humanidad, ayúdanos a vivir cada Eucaristía dejándonos transformar por vuestra caridad, para ser nosotros instrumento de vuestra paz y entrega, servicio y consuelo entre los más pobres y necesitados. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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