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Editorial (marzo 2018)

8 marzo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

¿Cuaresma? Sí, gracias

El mes de marzo de este año 2018 es un mes que lo viviremos, de principio a fin, dentro del tiempo de Cuaresma. Desde el 14 de febrero la liturgia nos ha invitado a celebrar estos días de preparación para la gran fiesta cristiana: el misterio pascual de Cristo.


Debemos admitir que la Cuaresma no es el más deseado de los tiempos litúrgicos. La Navidad, más allá de los riesgos de haber perdido su sentido más religioso sigue siendo reconocida y hasta deseada a nivel social y cultural. La Pascua, en cambio, no tiene celebraciones que la hagan presente fuera del ámbito cristiano. Además, incluso dentro de la misma Iglesia, hay un cierto rechazo hacia un tiempo en que la invitación más recurrente parece ser hacer penitencia.

Sin embargo, la Cuaresma es, posiblemente, el tiempo más fructífero del tiempo litúrgico. Al menos así nos lo ofrece la Iglesia. El objetivo de la Cuaresma no es hacer penitencia sino volver con más insistencia el corazón a Dios. El medio no es privarnos de ciertos gustos sino mirar la luz que brilla al final del camino. La meta no es una cruz despiadada sino un misterio, el misterio pascual.

En efecto, la Cuaresma no nos deja a las puertas de un dolor y una muerte sino de un misterio que abarca una cruz y una muerte, es cierto, pero recubierto, acogido, abrazado, iluminado, por una resurrección.

La celebración de liturgia en la Iglesia no tiene como fin el recordar acontecimientos pasados sino volver a vivirlos, hacer memoria, traerlos a nuestra vida para que así nuestra vida pueda configurarse a lo que celebramos. El misterio pascual es particularmente significativo en este sentido. Celebramos una resurrección pero antes hemos conmemorado un dolor, una cruz y una muerte.

Y esto es así porque todas las personas vivimos, a lo largo de nuestra vida, muchísimos momentos de dolor, de cruz, de incomprensión, ¡hasta de los más allegados y amigos! Todos, más allá de creencias, conocemos el dolor. Lo mismo el santo que el pecador, el católico practicante que el ateo más acérrimo. Es curioso, podemos negar a Dios pero nadie podrá negar que el sufrimiento es situación recurrente en nuestra vida.

El misterio pascual, que comienza con la celebración vespertina de la Eucaristía in Cena Domini y culmina con la Misa de Pascua, tiene tal compenetración entre sus partes que no es posible separar una de otra. Gracias a Cristo la luz de la resurrección, esa que con su claridad permite comprenderlo todo en la vida (incluso la pasión y la cruz previa) no es un regalo exclusivo para santos y místicos sino un don para todos los seres humanos. Ese Dios Padre misericordioso que hace salir el sol sobre justos e injustos (5,45), ilumina con la luz imperecedera de la resurrección todos los momentos de dolor, cruz y muerte que atraviesan nuestras vidas. Los más pequeños y los más grandes. Tanto aquellas pequeñas piedrecillas en el camino como las peores cruces. Sea del tamaño que sea, impliquen lo que impliquen en nuestra vida, todo ha sido iluminado por la luz de la resurrección.

Celebrar la Pascua es, por esto mismo, darnos un respiro; recordar, año tras año, que esa luz nunca disminuirá y, en definitiva, que el dolor nunca es estéril, porque es mirado con cariño por el Dios de la misericordia.
Así es que, una vez más, ¡celebremos la Cuaresma! con la gran alegría de la meta a la que nos lleva: el misterio que da sentido a toda nuestra vida. ¿Cuaresma? ¡Sí, gracias! ¡La necesitamos más que el aire para poder vivir! «

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