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Con mirada eucarística (marzo 2018)

13 marzo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

Desde el Monte de las Tentaciones

Jesús se retiró al desierto a orar, a prepararse para llevar a cabo la misión que el Padre le había encomendado. Cuarenta días de comunicación con Dios, de entrenamiento del cuerpo y del espíritu. Cuanto más cerca de Dios, mayor es la posibilidad de la tentación.
En Cinco esquinas, última novela de Vargas Llosa, aunque ambientada en su Perú natal, podemos encontrar perfectamente reflejadas las tres tentaciones del mundo moderno: el poder, el placer y el tener.


El poder, el placer y el tener
Es el ansia desmedida del dominio, incluso sobre los semejantes, que lleva hasta la esclavitud. Evidentemente el poder político, en grados de absolutismo, expresa mejor que ningún otro este tipo de desviación humana. Pero existen muchos grados y matices del poderío, de la obsesión por doblegar, por someter la voluntad del otro hasta estadios aberrantes de deshumanización.

Es el triunfo del hedonismo en cualquiera de sus manifestaciones que envilece a la propia naturaleza humana. Quizá sea el mundo del sexo y de las drogas donde más se entienda la naturaleza del placer desmedido. Aunque cualquiera de los sentidos puede ser objeto de una atracción excluyente. Si antes se trataba de anular la voluntad, ahora se trata de anular el esfuerzo y el sacrificio que hacen digna a la persona.

Es la ambición insaciable de riqueza que conecta con las mayores injusticias. La posesión ilícita de bienes, obtenidos a través de procedimientos espurios, es noticia diaria bajo la denominación común que conocemos como pelotazo. El acaparamiento, más allá de la suficiencia, siempre es como mínimo deshonesto. Y, como siempre, también hay clases y grados.

Con frecuencia suelen mezclarse las tres tentaciones y las tres conducen a la corrupción del individuo y de la sociedad, ese virus social que precisamente en Perú acaba de denunciar el papa Francisco en su reciente viaje.

La Cuaresma es tiempo de reflexión, de autocrítica, de meditación sobre el sentido de nuestra propia existencia. Y el sentido viene marcado por la permanente aspiración humana a la infinitud. Nos preparamos, con Cristo, para la tarea más importante de nuestra vida: la resurrección. Nos preparamos con él desde el Monte de las Tentaciones.

La Cuaresma
Pero esta preparación no puede ser solo ocasional, la que dura únicamente los cuarenta días de la liturgia cuaresmal, tiene que ser una preparación permanente, la que dura todo el tiempo de nuestra presencia terrenal aquí. La oración, la comunicación con Dios, es una constante de nuestra vida. Esta comunicación forma parte de nosotros a lo largo del camino. En este camino que va desde aquí hasta allá es cuando el demonio –el espíritu del mal–, que sin duda existe, nos tienta para que el final sea desastroso, para que el resultado sea fatal.

El demonio, que habita en cada cual, quiere que sustituyamos a Dios por otra cosa, pues en eso consiste precisamente la tentación. «Aparece claro –dice J. Ratzinger– el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto». En la tentación nos propone el demonio un sustituto de Dios, y la sustitución de Dios conduce a la infelicidad, la destrucción, la nada.

El señuelo propuesto es tan atrayente, tan sugestivo, tan subyugante, que es posible aceptarlo como Dios. Lo mismo le pasó a Jesús en el Monte de las Tentaciones. No es difícil imaginar al demonio en aquel desierto de oración, atacando la debilidad humana del hombre con apariencias soñadoras. Fueron los tres mismos engaños: el poder, el placer, el tener. Tan viejos como el mundo, tan antiguos como el hombre sobre la Tierra.

La fuerza de Jesús
Jesús no se dejó sorprender, no se dejó embaucar. Luchó y ganó. Si prestamos atención y acudimos a él, Dios nos proporciona siempre las armas necesarias, la tentación no excede nunca a la naturaleza nuestro ser.

El demonio comienza tentando a Jesús con el poder, un poder tan supremo, poder que iguala a Dios, que es capaz de convertir la piedra en pan («Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan»). Tras mirarlo fijamente le responde: «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 3-4).

«Después de esto, el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo». Le está proponiendo el placer sensual y maravilloso de volar, la sensación milagrera que supera la lógica de los sentidos, la andadura espectacular, el traspaso a una dimensión inédita que finalmente termina en el caos. Jesús le responde a su vez: «No tentarás al Señor tu Dios» (Mt 4, 5-7).

Y finalmente, cuando le ofrece toda la riqueza del mundo, tener todo («lo llevó el diablo a una montaña muy alta, le mostró toda la riqueza de las naciones y le dijo: Te daré todo esto si te postras delante de mí y me adoras»), Jesús le replica, apartándolo con toda la fuerza de la convicción de quien sabe que tiene a Dios: «Adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás» (Mt 4, 8-10).

Jesús lo tuvo muy claro. A la propuesta embaucadora del maligno siempre responde con otra propuesta de orden superior: la propuesta de Dios. La respuesta a la tentación del diablo no puede ser otra que hacer presente a Dios, el Dios que nos habla, que nos escucha, el Dios dueño de nuestra vida, que nos consuela, el Dios Padre que nos ama. Dios es la dicha, la plenitud. Dios es insustituible. Dios es nuestra fuerza. Así lo hizo, así nos lo enseña Jesús de Nazaret.

No estaría de más subir con él, con Jesús, al monte de nuestras tentaciones y escucharlo, y hacerle caso.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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