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La liturgia, encuentro con Cristo (marzo 2018)

3 abril 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2018.

La piedad popular y la Liturgia
en el tiempo de Pascua

Según nos indica el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, vemos un hermoso vínculo y enriquecimiento entre la liturgia celebrada en tiempo pascual, y las manifestaciones de la piedad popular.

El mismo domingo de Pascua, máxima solemnidad del Año Litúrgico, cuenta con una preciosa forma de piedad: el encuentro del Resucitado con la Madre. Esta tradición piadosa surge de la afirmación litúrgica de que Dios ha colmado de alegría a la Virgen en la resurrección de su Hijo. El mismo san Ignacio de Loyola diría que, pese a no tener testimonio en los Evangelios, es razonable pensar en el encuentro del Resucitado con su Madre. Pues bien, este ejercicio de piedad se trata de dos procesiones realizadas la mañana de Pascua. Una con la imagen de la Madre Dolorosa, y la otra con la imagen de Cristo Resucitado, confluyendo las dos procesiones en un mismo punto de encuentro.

La Pascua es una bendición
La Pascua es la mayor bendición que recibimos. La bendición es recibir una renovación que Dios nos regala. Toda la liturgia pascual tiene un gran sentido de novedad. En el hemisferio norte, precisamente, la Pascua coincide con el despertar de la primavera: un tiempo marcado por lo nuevo. La celebración pascual lo significa con la bendición de un fuego nuevo, con la bendición del agua. Todo ello expresa nuestra renovación, significando, asimismo, nuestros corazones renovados, previamente, mediante el tiempo cuaresmal (con el sacramento del perdón). Con este tenor contamos con la tradición de la bendición de los huevos de pascua, que simbolizan una vida nueva.

Se bendice también la mesa familiar, a veces, haciendo uso del agua bendecida en la misma Vigilia Pascual, que los fieles se llevan a sus hogares. En algunos lugares, al acabar la Vigilia Pascual o las II Vísperas del Domingo de Pascua, se bendicen flores que se distribuyen a los fieles como signo de la alegría pascual, y se rinde homenaje a la imagen de la Dolorosa, y a veces se la corona, mientras se canta el Regina Coeli –el saludo pascual a la Madre del Resucitado, y que es considerado como el himno mariano específicamente pascual, por excelencia. También durante este tiempo pascual se suele hacer la bendición anual de las familias en sus casas. Es una invitación a vivir conforme el Evangelio y promueve que se viva, de forma explícita, como iglesia doméstica. ¡Qué hermoso vínculo existe entre el tiempo pascual y la bendición, en sus variaciones concretas!

El Via Lucis
Últimamente se está difundiendo el ejercicio piadoso del Via Lucis, con el que los fieles recuerdan el acontecimiento central de la fe: la Resurrección del Señor. Durante siglos ha sido más conocido el rezo del Via Crucis que ayudaba a vivir intensamente el primer momento del evento pascual: la Pasión. Ahora, paralelamente, el Via Lucis es una ayuda idónea para vivir intensamente el segundo momento del acontecimiento pascual: la Resurrección. Además, este ejercicio de piedad, en una cultura como la nuestra (marcada por la cultura de la muerte), abre una intensa expectativa de vida, de fe, de esperanza, de alegría.

A raíz de los mensajes de la religiosa Faustina Kowalska, recientemente se ha connotado el II Domingo de Pascua con la devoción a la Divina Misericordia. En este domingo, de la mano de la misma liturgia, conviene educar la sensibilidad de la piedad, e incentivar la especial disposición de acogida de la misericordia de Dios a la luz del misterio pascual, e interiorizar lo que el mismo Salmo responsorial de ese día nos invita a expresar con nuestros labios: «cantaré eternamente las misericordias del Señor» (Sal 88, 2).

Pentecostés
En este tiempo también nos encontramos con un especial ejercicio de piedad, que apunta a la espera del Espíritu Santo: la novena de Pentecostés. En la Sagrada Escritura encontramos el testimonio de los apóstoles que, desde que nuestro Señor ascendió a los cielos, permanecían unidos y eran asiduos a la oración, junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,14), mientras esperan la venida del Espíritu prometido por Jesús. Precisamente de este acontecimiento ha nacido la novena de Pentecostés, en el ámbito de la piedad popular.

Es fácil reconocer cómo en la liturgia se integra y se recoge perfectamente esa espera de la venida del Espíritu paráclito. Lo vemos en el Misal, y en la Liturgia de las Horas. Y se ve perfectamente tanto en las oraciones de esos días como en las escenas bíblicas que se presentan para nuestras celebraciones. Una forma concreta y especialmente idónea para el ejercicio de piedad de esta novena de Pentecostés, bien pudiera ser mediante la celebración solemne de las Vísperas. Hay lugares en que se dedican esos días a modo de oración por la unidad de los cristianos. Es especialmente apto para ello, puesto que esa espera en oración inspira la unidad entre los seguidores del Señor, y esa atención al Paráclito apunta al auténtico artífice de la verdadera unidad: el Espíritu prometido por Jesucristo, que hace que todos seamos uno, y formemos todos un mismo cuerpo.

El domingo de Pentecostés es el día cincuenta que hace concluir el tiempo pascual. Concretamente se recuerda la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles (cf. Hch 2, 14). Referente a este día, ha tomado importancia, como práctica de piedad, le vigilia de Pentecostés. Hay fórmulas propias para este día, y que subrayan la especial atención de la piedad del pueblo de Dios ante la persona del Espíritu Santo. Por ejemplo, en la misma celebración de Pentecostés hay fórmulas como la de Veni Creator Spiritus, o bien la de Veni, Sancte Spiritus. También hay fórmulas más breves, como la de Emitte Spiritum Tuum et Creabuntur, que los fieles suelen rezar cuando invocan al Espíritu Santo en diferentes circunstancias, tales como al empezar alguna reunión, trabajo o actividad, o también en situaciones de especial dificultad o angustia.

Pentecostés es, para la piedad popular, de singular importancia, y conviene incentivar el anhelo y atención al Espíritu Santo, pues la misma piedad popular es una demostración continua de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. El mismo Directorio de Piedad Popular y Liturgia reconoce la presencia del Espíritu Santo en las manifestaciones de la piedad popular, y ha sabido ver en ellas el empuje del Espíritu para vivir más verdadera y profundamente la vida cristiana.

Nueva memoria
Para finalizar, conviene hacer mención de una reciente fecha en el santoral, incoada por el papa Francisco: «María, Madre de la Iglesia». Esta memoria considera a María como solícita guía de la Iglesia naciente. Ella inició la propia misión materna en el Cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). La piedad cristiana ha honrado a María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia».

Es significativo ver que, acabado el tiempo pascual, se considere a María como Madre de la Iglesia. Sin duda, una puerta abierta para la piedad popular que bien seguro que enriquecerá el dinamismo propio de la devoción de los fieles y sus diferentes expresiones en el ámbito de los ejercicios de piedad.

La memoria de la Virgen María, Madre de la Iglesia se celebrará, desde este mismo año, el lunes siguiente a Pentecostés. Sin duda, una nueva oportunidad para vivir profundamente, una vez acabado el tiempo pascual, la espiritualidad cristiana.

Francisco García Baca, Pbro.
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