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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (abril 2018)

5 abril 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2018.

Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?

Dice san Manuel González: «Hermanos e hijos queridísimos: Vosotros y Nos hemos un día de dar cuenta de nuestros actos a Dios, Juez inapelable de vivos y muertos. Por disposición soberana de ese juez, los pobres y abandonados de la tierra serán testigos, y lo que por ellos hayamos hecho o dejado de hacer, la causa de nuestro juicio» (OO.CC. III, n. 4835).

Cada día se nos pide hacer examen de conciencia para dar gracias a Dios por cada persona y acontecimiento donde hemos visto su amor providente y su paso salvador; para pedir perdón por aquello que es manifiestamente mejorable o hemos pecado de omisión, pensamiento u obra; para señalar un firme propósito de cumplimiento –por gracia del Espíritu– de alguna virtud menos consolidada.

Este tiempo de adoración eucarística es también tiempo propicio para vivirse en verdad ante Jesús Eucaristía, para dejarse mirar por Él, para abrirle de par en par nuestro corazón ante su verdad (¡Él es la Verdad!), para dejarnos sondear por su luz (¡Él es la Luz!) en lo más íntimo de nuestro ser.

Ese examen de conciencia nos ayudará a darnos cuenta de cómo es nuestra sensibilidad hacia los pobres, nuestro servicio a los enfermos y abandonados, nuestra generosidad en prestar nuestro tiempo a quien nos necesite, nuestro desprendimiento de nuestro dinero o de nuestros talentos en favor de los más desfavorecidos, nuestra implicación en la lucha por la justicia, la paz, la defensa de la naturaleza, el reparto equitativo de los bienes, o la denuncia valiente contra el aborto o la eutanasia. ¿Cuál es nuestra lucha, implicación y entrega en estas realidades de hoy?

Nos dice san Manuel González: «Busqué quien me consolara en mis Sagrarios y en mis pobres… se ha de decir en aquel instante supremo, del que penderá nuestra eternidad, por los mismos labios del que tantas veces se quejó en nuestros Sagrarios y por la boca de sus pobres… ¿No nos gustará oír de esos mismos labios, dirigiéndose a cada uno de nosotros… Y lo encontré? Amén, amén, amén» (OO.CC. III, n. 4835).

A los pies de Jesús Eucaristía, adorándole y dándole gracias, dejándonos iluminar por su luz, llenos del Espíritu Santo, prolonguemos este tiempo de adoración en el servicio humilde y perseverante a quien esté necesitado de amor y consuelo.

Oración inicial
Oh, Dios, Padre de misericordia, que en tu Unigénito nos revelaste cómo Él, siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, haznos vibrar en tu amor en cada Eucaristía, para que, luego, la prolonguemos en el servicio más generoso y gratuito hacia los más desfavorecidos. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
1Jn 3,15-20.

Puntos para meditar
El odio es un homicidio incoado, que en ocasiones puede llegar a un homicidio consumado. El odio mata, de forma directo o indirecta. Quien está cargado de odio es esclavo del diablo. La vida es lucha continua, donde cada día nos toca elegir: el bien o el mal, la verdad o la mentira, el amor o el odio, la unión o la discordia, la luz o la tiniebla.

Quienes creemos en Jesucristo y hemos experimentado su amor, su presencia en medio de nosotros, su fuerza transformadora, sabemos que Él ha dado su vida por todos los hombres y que solo en Él está la salvación: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Ser de Cristo y miembro de su cuerpo místico, alimentarse de su cuerpo eucarístico, conlleva dejarse configurar por Él, asimilarse a Él, para transparentarle en su ser siervo, dando la vida como Él la dio por nosotros: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Sigue habiendo, hoy, en la tierra, millones de seres humanos que pasan necesidad: ¡son nuestros hermanos! Hay pobres de pan (no tienen para comer o comprar medicinas), pobres de cultura (no saben leer, ni escribir, ni defender sus derechos), pobres de amor (nadie les ha amado nunca) y pobres de Dios (nadie les ha testimoniado la fe, o ellos mismos han renegado de Dios). ¿Pasaremos indiferentes ante ellos? ¿Nuestra fe se reduce a actos de piedad o simple culto externo? ¿Cerramos nuestras entrañas a quien pasa necesidad o padece pobrezas antes señaladas? Nuestro Señor Jesucristo es claro y directo: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

El ayuno que desea el Señor
Ya en el Antiguo Testamento el Señor lo había anunciado por medio de los profetas: «Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos» (Is 58,6-7).

La Eucaristía y el compromiso social son inseparables. El Misterio del Amor y la opción preferencial por los pobres son indisociables: «Cristo, por el memorial de su sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia» (SaCa 89).

«Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y la promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad. Esto supone que seamos dóciles y estemos atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (EG 187).

Escuchamos nuevamente a san Manuel González
Para san Manuel, los pobres eran su joya, su tesoro, sus preferidos, a los que volcaba toda su creatividad, ingenio, dedicación, generosidad, desprendimiento. Escuchémosle: «El tesoro de un obispo son sus pobres, y el cuidado de ellos, su negocio preferente. El Padre celestial se los ha confiado. Al obispo dice mientras mira a cada uno de los pobres de su diócesis: “A ti se te confía el pobre, tú eres el ayudador del huérfano”. Ved aquí, en qué queremos emplear nuestra vida de obispo. El Corazón de Jesús, el pobre más necesitado de cuantos pobres se nos han confiado, se queja mucho de verse abandonado en sus casas de la tierra.

Queremos que cada paso que demos, cada palabra que pronunciemos, cada gota de sudor que derramemos, cada aliento de nuestros pulmones, cada palpitación de nuestro corazón en cada uno de los días que Dios sea servido de tenernos entre vosotros, sean otros tantos consuelos que respondan a esa queja» (OO.CC. III, n. 4831).

«Estas escuelas del Sagrado Corazón de Jesús, de Huelva, más que el triunfo de la pedagogía, con ser tan fina, genial y eximia la que se enseña, es el triunfo del amor del sacerdote y del maestro al niño pobre como si fuera su propio hijo. ¡Ay! Amor cristiano a los niños pobres, y, como tal, constante, benigno, paciente, generoso, ¡cómo te veo triunfar en la Huelva de mis cariños y hacerla pasar de pueblo que no creía, a pueblo que ama a su Virgen de la Cinta y a su Hijo sacramentado!» (OO.CC. III, n. 4679).

«Mucho nos duele la condición del pobre huerfanito, del pobre niño del arroyo, del pobre obrero, de la pobre viuda, de los pobres todos, y para cada uno de ellos queremos tener un bocado de nuestro pan, una prenda de nuestro abrigo, y lo que más vale, un lugar en nuestro corazón, una preocupación en nuestra solicitud y una preferencia en nuestros desvelos. Pero por mucho que nos duela la condición de todos esos queridos pobres, nos conmueve incomparablemente más, hasta destrozarnos el alma, la triste condición del pobre Jesucristo en cada uno de sus Sagrarios…» (OO.CC. III, n. 4810).

Adoración a Jesús (santa Teresa de Calcuta)

  • Tú eres Dios. Tú eres Dios verdadero de Dios verdadero.
  • Jesús eres: la Palabra hecha carne.
  • El Pan de vida.
  • La víctima que se ofrece en la cruz por nuestros pecados.
  • El sacrificio que se ofrece en la Misa por los pecados del mundo y por los míos.
  • La Palabra que ha de ser dicha.
  • La verdad que se ha de contar.
  • El camino que se debe seguir.
  • La luz que se debe encender.
  • La vida que se debe vivir.
  • El amor que debe ser amado.
  • La alegría que se debe compartir.
  • El sacrificio que se debe ofrecer.
  • El Pan de vida que se debe comer.
  • El hambriento a quien se debe alimentar.
  • El sediento cuya sed debemos saciar.
  • El desnudo a quien hay que vestir.
  • El desahuciado a quien se debe ofrecer alojamiento.
  • El enfermo a quien se debe curar.
  • El solitario a quien se debe amar.
  • El inesperado a quien se debe esperar.
  • El leproso cuyas llagas hay que lavar.
  • El mendigo a quien debemos sonreír.
  • El alcohólico a quien debemos escuchar.
  • El disminuido psíquico a quien debemos ofrecer protección.
  • El recién nacido a quien debemos acoger.
  • El ciego a quien debemos guiar.
  • El mudo a quien debemos prestar nuestra voz.
  • El inválido a quien debemos ayudar a caminar.
  • El drogadicto a quien debemos ayudar.
  • La prostituta a quien debemos apartar del peligro y ofrecer nuestra ayuda.
  • El preso a quien debemos visitar.
  • El anciano a quien debemos servir.

Oración final
Señor de Cielo y tierra, Dios justo y misericordioso, que ves la opresión de los humildes, que estás oyendo el clamor de los pobres, que conoces el sufrimiento de los más débiles y haces tuyas las quejas contra sus opresores; fortalece a tu Iglesia en la denuncia contra tanta injusticia y miseria; despierta en cada cristiano una fe auténtica que les implique en el profundo deseo de cambiar el mundo, para que dejemos, detrás de nuestro paso por la tierra, una Humanidad mucho más fraterna y solidaria, donde nadie pase necesidad y se valore su dignidad de hijo de Dios. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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