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Con mirada eucarística (abril 2018)

10 abril 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2018.

El Sagrario: Jesús Resucitado

El 1 de abril los católicos celebramos la resurrección de Cristo. Como siempre, se nos invita a contemplar con ojos asombrados la primera luna llena de la primavera. Atrás queda superado el sufrimiento. Y la muerte se ha transformado en vida.


Como afirma rotundamente san Pablo, «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe» (1Cor 15, 14). La fe se sustenta, por tanto, en el hecho de la resurrección de Jesús de Nazaret, que no debemos olvidar es el Hijo enviado a esta Tierra por su Padre Dios con una misión de amor y redención. La trascendencia de la muerte, la vida eterna, sin fin, es el argumento nuclear de todas las religiones. Bastaría recordar, a modo de ejemplo, las momias egipcias encontradas en el Valle de los Reyes, necrópolis cercana a la antigua ciudad de Luxor. El ser humano se resiste a la idea de la finitud de la vida, una vez que ha tomado conciencia de su acabamiento. Y como no encuentra una respuesta razonada, acude a argumentos de orden superior, religiosos.

La inmortalidad, universal humano
La aspiración a la inmortalidad es un universal humano. Dicho con palabras elementales, nadie se quiere morir, a pesar de que la muerte es un hecho irrefutable. Forma parte de la conciencia, de la naturaleza humana, la tendencia innata a vivir para siempre. La lucha agónica, en expresión unamuniana, se produce entre la evidencia de la muerte y el anhelo de eternidad. El hombre busca apasionadamente la solución de este conflicto a lo largo de toda su existencia. Y lo curioso es que según sea la naturaleza de la solución así será la naturaleza de su propia vida. En consecuencia, el hecho de la resurrección no es solo la columna vertebral de la fe, sino también de la razón. La inmortalidad que nos proporciona Jesús está en perfecta sintonía con el raciocinio humano. Solo este ser, que llamamos humano, cuando argumenta irracionalmente destruye la posibilidad de la fe.

La resurrección y la vida
Hace pocas fechas, en los pasados días de carnaval, hemos asistido otra vez más al espectáculo delirante de denigrar el hecho religioso, concretamente el hecho religioso católico. Curioso, únicamente el católico. No resulta convincente solo el argumento de apelar a la libertad de expresión; ni tampoco la contrapartida de que la libertad de uno termina donde comienza la del otro, como viene a afirmar el manifiesto conjunto de distintas confesiones. Además de la apuesta sibilina, no confesada, de intentar destruir las bases cristianas en las que se sustenta nuestra civilización, lo terrible de tales actitudes está en la desnaturalización de la razón. Es irracional negar la creencia, intentar ridiculizarla, incluso aniquilarla. Tal actitud convierte al hombre en un absurdo, en un ilógico, esto es, que ha perdido la capacidad de razonar.

La novedad de la respuesta de Jesús de Nazaret al tremendo conflicto planteado es que él mismo resucitó. Más aún, de sí mismo dice que es la resurrección: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). No conocemos a ningún fundador de ninguna religión que haya traspasado el umbral de la muerte y que además se proponga a sí mismo como modelo de vida eterna. El hecho de la resurrección de Cristo es un hecho histórico, se crea o no se crea en él. O tal vez, como afirma J. Ratzinger, se trataría de un hecho metahistórico que, instalado en la historia, la trasciende. De cualquier forma, los relatos evangélicos no se basan en falacias, sino en acontecimientos realmente sucedidos. Jesús da, y es, la mejor respuesta, para nosotros la única respuesta apetecida. Otra cuestión diferente es la realidad o no de su seguimiento.

Hasta el fin del mundo
Los hechos ocurrieron en la madrugada del domingo día 9 de abril, al tercer día de la muerte de Jesús, cuya crucifixión había tenido lugar el pasado viernes. Precisamente porque el viernes no les dio tiempo para embalsamar bien a Jesús y el sábado es el día sagrado y de descanso de los judíos, las mujeres que estuvieron acompañando a María al pie de la cruz, entre ellas María Magdalena, María madre de Santiago y Salomé, acudieron muy temprano este domingo para terminar su labor.

Ellas encontraron el sepulcro vacío y recibieron el mensaje: «Id a decir a Pedro y a los otros discípulos que Jesús irá delante de ellos a Galilea, allí lo verán, como él les dijo» (Mc 16,7). Seguramente, según la tradición, Jesús resucitado se apareció antes que nadie a su madre. Fue la primera en conocer la noticia. Y posiblemente aquí resida la razón de por qué María no acompañaba a estas mujeres y por qué María Magdalena volvió por su cuenta ella sola de nuevo a visitar el sepulcro.

Sea como fuere, el caso es que María Magdalena regresó al sepulcro y allí se encontró con Jesús resucitado. Él la llamó por su nombre y ella le contestó sencillamente: «Maestro». El encuentro tuvo que ser deslumbrador, tanto que le faltó tiempo para comunicar su dicha a los discípulos: «He visto al Señor» (Jn 20,18). Es el mismo encuentro deslumbrador que sucede cada día cuando alguien se acerca hasta el Sagrario, donde habita Jesús resucitado. Así tuvo que ser el encuentro que un joven cura, llamado Manuel González, tuvo con Jesús en un Sagrario abandonado. Siempre el Sagrario encierra la certeza a la gran pregunta, la que los seres humanos nos hacemos durante toda nuestra corta existencia: ¿Para qué he nacido?.

No lo dudéis, la compañía de Jesús, el del Sagrario es infinita: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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