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Historias de familia (abril 2018)

14 abril 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2018.

«Picado como Ud. de la
chifladura de la enseñanza»

Así comenzaba la carta que el 11 de enero de 1907 escribía desde Huelva D. Manuel González a D. Andrés Manjón. Le explicaba con sencillez cómo, desde que llegó a esta ciudad y comprobó las condiciones de los colegios que existían, su «pesadilla constante» fue la enseñanza cristiana y la creación de escuelas que la impartieran ¿Por qué recurría al consejo y buscaba el apoyo de este catedrático de Derecho Canónico, autor de un reconocido manual de esa disciplina y canónigo de la Abadía del Sacro Monte, que ahora era maestro en un barrio de los suburbios de Granada?


Don Andrés Manjón era treinta años mayor que D. Manuel. Aunque empezó sus estudios en el seminario durante su niñez, los dejaría en 1868 a raíz del cierre de muchos de estos seminarios tras el triunfo de la denominada Revolución Gloriosa. Comenzó entonces aquel joven estudios de Derecho, obteniendo el grado, la licencia y, más tarde, ya con el título de doctor, opositó a cátedra, obteniendo la de Disciplina General de la Iglesia y particular de España de la Universidad de Santiago, desde la que se trasladaría años después a la de Granada.

Fue en esta ciudad donde retomó sus estudios eclesiásticos en el seminario del cabildo de la Abadía del Sacro Monte. Al concluirlos, contando cuarenta años, fue ordenado sacerdote. Poco después se hizo cargo de las clases de Derecho canónico del seminario en el que se había formado. Su vida parecía un tranquilo ir y venir entre sus clases en la Universidad y las del Sacro Monte, que completaba con una participación activa en la vida cultural de aquella ciudad, donde compartía tertulias con literatos y académicos.

Una maestra miga
Y así discurría su diario quehacer cuando una mañana, de camino hacia el Sacro Monte a lomos de una mula, escuchó a unas niñas recitando la doctrina a coro. La curiosidad le hizo descender del animal y acercarse al lugar de donde salían las voces, una cueva del Albaicín, en las que solían habitar los gitanos. Allí pudo ver una mujer pequeña y vulgar, una maestra miga (así se llamaba a las maestras sin titulación que se hacían cargo de algunas escuelas de niñas), rodeada de diez chiquillas, algunas gitanas, rezando el Avemaría. Como el mismo Manjón escribiría «entonces me avergoncé de no haber hecho yo siquiera lo que aquella mujer, salida del hospicio, estaba haciendo».

Sin poder apartar de su mente aquella imagen, al día siguiente localizó a la maestra y pactó con ella una colaboración. Ella seguiría impartiendo sus lecciones en la cueva y D. Andrés se encargaría de pagar el alquiler de aquel rudimentario local y suministraría a los alumnos los sobrantes de la comida del Colegio del Sacro Monte.

Pocos meses después la maestra miga, Francisca Montiel, dejaba Granada. En efecto, como le aseguraron a D. Andrés, la mujer presentaba un cierto desequilibrio psíquico, pero como reconoció Manjón: «aquella pobre e ignorante mujer me enseñó mucho más que los amigos sabios y cuerdos». Este fue el origen de las escuelas del Ave María, era el año 1888.

Desde aquel momento la vida del padre Manjón cambió por completo y sus afanes académicos quedaron muy en segundo lugar; poco a poco fue dedicando su vida a la obra de la creación de escuelas para niños pobres, en las que se ofreciera la educación que ellos necesitaban, convencido que solo una buena educación podría sacarles de la triste situación en la que vivían.

En búsqueda de consejo
Tres años después eran tres las escuelas en marcha, y más de doscientos niños y niñas los que asistían a ellas. Siendo un intelectual de exquisita formación humana y teniendo una clara vocación de educador, D. Andrés Manjón fue elaborando toda una pedagogía que se aplicaría en aquellas escuelas y que sería pronto conocida en toda España. No es de extrañar que el joven Arcipreste de Huelva recurriese a una persona con esta biografía, necesitado como estaba de consejo tras su decisión de dotar a su parroquia de una escuela gratuita.

Aquella colaboración que nació a raíz de la carta de enero de 1907 se convirtió en una entrañable amistad que duró hasta la muerte de D. Andrés en 1923. D. Manuel le pediría consejo no solo con relación a las escuelas, también se lo pediría para las distintas obras que puso en marcha. Así lo narra el mismo D. Manuel, entonces obispo de Málaga, en su revista El Granito de Arena, pocos días después de la muerte del padre Manjón: «Le conocí de cara allá por los años de 1907, cuando fui de Huelva a Granada únicamente a estarme con él los días que fueran precisos y su paciencia me aguantara». Y continúa: «una semana duró el cursillo y de casi diez horas diarias de acompañar al buenísimo D. Andrés a sus Escuelas, a la Universidad, al Sacro Monte…Aparte de su gran sabiduría y caridad ¡bien probé su paciencia! ¡Cómo debió respirar cuando me vio venir! Al mes siguiente ¡pobre Don Andrés! Me volví a presentar ante él, pero no iba solo» (5 de agosto de 1923, n. 181, pp. 450-451).

En aquel artículo, D. Manuel recordaba cómo, una vez había acabado la construcción de las escuelas, y por tanto cesado el ir y venir de albañiles, carpinteros, pintores, etc., cayó en la cuenta de algo que parecía muy elemental: que las escuelas necesitan maestros. ¿Y los maestros? D. Manuel confiesa que «el miedo se apoderó de mí al encontrarme de frente con una pregunta que debí habérmela hecho mucho antes». Y como para poner de manifiesto que aquello era obra del Sagrado Corazón encontró pronta y buena respuesta, de un lado la disposición de D. Manuel Siurot y de otro el apoyo incondicional y la amistad del padre Manjón.

Cartas de un santo sacerdote
A partir de aquel número, en El Granito se fueron publicando las cartas «con que me regaló y confortó aquel Santo Sacerdote». Desde ese número de 1923 y en los publicados durante los años 1924 y 1925, fueron veinticuatro los artículos de la revista que reproducen, cierto que con algunas omisiones, cartas escritas por D. Andrés. La última lleva fecha de 20 de enero de 1920. La lectura de cada una de ellas nos sugiere mucho sobre la vida de estos dos hombres de Dios.

En 2001, José Montero Vives publicó un libro que analiza esta correspondencia, Cartas de D. Andrés Manjón a D. Manuel González; unas cartas que, tras el encabezamiento, comenzaban siempre con dos letras entre admiraciones que se repetían habitualmente tres veces: «¡AM! ¡AM! ¡AM!». Eran un símbolo que se correspondía con las Avemarías que ambos, remitente y destinatario, rezarían siempre, el uno por el otro, antes de leerlas.

Fueron varias las veces que D. Manuel se desplazó hasta Granada, habitualmente en compañía de Manuel Siurot o de otros maestros de las Escuelas del Sagrado Corazón. En correspondencia, también en alguna ocasión Manjón se desplazó hasta Huelva, y, por ejemplo, estuvo presente en la emocionante constitución de la obra de los Juanitos en las Escuelas del Polvorín, cuando dirigiéndose a los niños les hablo de cómo «a Él le gusta hacer cosas grandes con gente chica»: (Campos Giles, J., El obispo del sagrario abandonado, 19503, p. 293). Con gran alegría coincidirán ambos en reuniones, tal como sucedió en el I Congreso Catequético Nacional celebrado en Valladolid.

Muy ilustrativa de la admiración y del respeto de D. Manuel por Manjón es la anécdota que recoge Campos Giles sucedida cuando el entonces recién designado obispo de Málaga realizaba la visita protocolaria al Rey, momento en el que el Ministro de Instrucción Pública, D. Julio Burell se dirigiría a él, anunciándole una subvención de 75.000 pesetas para las escuelas gratuitas de Huelva y de Granada. D. Manuel, le indicó que debía asignar 50.000 para las escuelas del Ave María y «para mí lo que quede». Acostumbrado, como es fácil imaginar, a otros usos en la política, el ministro Burell quedó sorprendido por la sencillez de aquel joven obispo y a partir de aquel momento mantuvo una sincera amistad con él, convirtiéndose además en bienhechor de las escuelas (pp. 270-271).

Intereses comunes
La amistad entre D. Manuel y D. Andrés, asentada sobre la base del amor de ambos por la Eucaristía y en el afán que compartieron de llevar hasta Dios a los más desfavorecidos, en las barriadas obreras de Huelva o en las cuevas del Albaicín granadino, puede dar para mucho y no descarto volver a escribir sobre el tema; pero creo que para comprender lo sobrenatural que latía en esta amistad, es bueno detenerse en unas cartas que ambos se intercambian durante el verano de 1909.

La que escribe D. Manuel se encuentra en el Archivo de las Escuelas del Ave María, y seguramente se ha conservado por hallarse junto a una serie de documentos referentes a un polémico mitín político celebrado en Granada, en el que se criticaba la tarea educadora de las Escuelas del Ave María («unas escuelas en las que no se enseña más que a canturrear rezos y manejar el fusil»: Montero, J., La España que vivió y amó D. Andrés Manjón, 1988, p. 81).

En efecto, durante el verano de 1909 D. Andrés Manjón había recibido un espléndido homenaje en Burgos, de donde era natural. Se colocó una placa en su honor en la Diputación. La prensa granadina se hizo eco durante días del acto de solemne reconocimiento que le tributaron sus paisanos, dedicándole siempre elogiosas palabras. También El Granito incluyó la noticia, felicitándole (20/7/1909 , n. 41, p. 6). Coincidiendo con esto, un grupo de personas del partido republicano, según se supo por la prensa, celebraron ese mitín al que me he referido y en el que se vertieron tantas calumnias acerca de la educación que recibían los alumnos de las Escuelas del Ave María.

Pues bien, este es el contexto en el que D. Manuel escribe a su admirado padre Manjón estas palabras: «leía yo el bombeo que le venían dando los periódicos por mor de la lápida de Burgos (…); leo en periódicos de esa que se han metido con Ud. en un mitin republicano, y, aunque sé que las mismas cosquillas le harán las espinas de uno que las flores de otros, creo que ya es hora de decir esta boca o esta pluma es mía y con una u otra decir a Ud. que le felicito con toda el alma por unas cosas y otras, porque otras y unas cooperantur in bonum et in gloriam Dei» («todo concurre al bien de los que aman a Dios»).

Y continuaba, ya en otro tono: «Por acá las Escuelas siguen su rumbo padeciendo una maestritis crónica. ¡Qué difícil encontrar maestros con sentido común! Hoy por hoy no es problema para nosotros el dinero: no sobra ; pero tampoco va faltando; lo que es un problema abrumador que pone a prueba mi confianza en el Sagrado Corazón es la falta de personal apto, tanto eclesiástico como seglar para las obras emprendidas. Y es tan triste ver lo que se deja de hacer y lo que se hace mal por falta no sé si de brazos o de voluntades. Mucho le agradeceré que me diga alguna palabrita que me anime e ilusione en este gran problema de la soledad. Y vea V. por donde termina en petición lo que empezó por rumboso ofrecimiento de felicitaciones».

Las palabras de D. Manuel manifiestan la confianza que ponía en aquel venerable sacerdote, al que llamaba Maestro. Y una última muestra de esta confianza la encontramos en la posdata de la carta, cuando tras su firma añade: «cuando me escriba V. que me diga muchas cosas de las que V. vea que me hacen falta ¡Sin miedo y con libertad!».

Hasta aquí esta carta, que ha sido publicada en el libro, ya citado, La España que vivió y amó D. Andrés Manjón, de 1988. Pero la contestación al ruego que en la postdata hacía D. Manuel en septiembre de 1909, la encontramos publicada en El Granito del 20 de septiembre de 1923 (n. 384, p. 557). Le contestó entonces al Arcipreste de Huelva: «¿Que le escriba muchas cosas que vea le convienen? Pues le conviene no emprender muchas obras si no tiene muchos operarios; le conviene no desistir de lo comenzado y por tanto no caer en desmayos; le conviene que no todo le salga bien, para que no se engría; le conviene que los diablos le acuernen, los malos le persigan y los buenos se cansen, para que siendo probado y humillándose sea ensalzado. Pero no le conviene separarse del Señor, ni desconfiar de Él, por fuertes que sean los vendavales. Dispense mis tonterías, que V. provoca y mande a su a y c. q, le pide oo. y ss. Andrés».

Palabras proféticas las del padre Manjón. No le faltaron a D. Manuel empresas que no le salieron bien, aunque nunca desistiera de las que comenzó. No le faltó la persecución de los malos y al mismo tiempo el cansancio (¿la tibieza?) de los buenos. No le faltaron pruebas y hasta humillaciones. Pero, como aquel buen amigo le aconsejó, nunca se separó del Señor, ni desconfió de Él en los fuertes vendavales, y así… hasta la mañana del 16 de octubre de 2016 en la Plaza de San Pedro.

Aurora Mª López Medina
Para la elaboración de este artículo se ha contado con la gentileza de la familia del Prof. Núñez Contreras
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