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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (mayo 2018)

1 mayo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2018.

«Al cumplirse el día de Pentecostés,
estaban todos juntos en el mismo lugar» ( Hch 2,1)

Afirma san Manuel González que «si toda dirección y todo acierto en acciones y obras para llevar almas a Dios viene del que se ha llamado por la Iglesia Dedo de la diestra del Padre, o sea, el Espíritu Santo, el único iluminador, Director, Guía y Santificador de las almas, nuestras buenas obras, tan rebosantes de criterio humano y de direcciones humanas, y tan vacías de oración dejan poco o nada que hacer a Dios Espíritu Santo» (OO.CC. III, n. 5310).

Todo es gracia, todo es don, todo es iniciativa divina. En todo hemos de contar con la acción del Espíritu Santo, para no caer en dos peligrosas tendencias de la seudo–teología de hoy: el pelagianismo y el gnosticismo. Son dos desviaciones de nuestro tiempo, cargadas de individualismo, donde la persona pretende salvarse a sí misma, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás.

Hoy, en este tiempo de adoración eucarística, postrados a los pies de Jesús Eucaristía, reconociéndole como único Señor y Salvador de nuestras vidas, nos dejamos envolver por su mirada de amor y por la fuerza y la luz del Espíritu Santo, para que estemos más y más unidos a Él, que es camino que nos conduce al Padre; que es verdad que permanece inmutable en el tiempo, plasmada en la Sagrada Escritura; que es vida que se nos da en abundancia en cada Eucaristía.

Oración inicial
Oh Dios, que para llevar a plenitud el Misterio Pascual, enviaste el Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente; haz que este mismo Espíritu renueve y vigorice al pueblo de Dios, infundiendo el conocimiento de la verdad a todas las naciones de la tierra, reuniendo en comunión perfecta a todos los bautizados, confesando una misma fe y testimoniando un mismo Evangelio. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Hch 2,1-11.

Iglesia, en eterno Pentecostés
La Iglesia está llamada a vivir en un eterno y permanente Pentecostés. El Espíritu del Señor se sigue derramando en el corazón de todos los que le invocan y se abren a su acción transformadora. El Espíritu del Señor llena la tierra; colma de amor el corazón de los hijos de Dios; enciende fuego divino en los testigos de la fe; fortalece y consuela a los cristianos perseguidos; ilumina a los evangelizadores, catequistas y misioneros; congrega en la unidad a todos los bautizados, convoca en la comunión eclesial a los cristianos de distintas iglesias y confesiones eclesiales; mueve a los hombres de buena voluntad a la búsqueda de la paz, el bien común y la fraternidad universal.

El Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, que habló por los profetas, acrecienta nuestra fe en esos momentos de aridez y sequedad espiritual; nos alienta ante las dificultades económicas para que no nos dejemos arrastrar por la desesperanza, sino que esperemos en su providencia; nos mantiene fija la mirada y el gesto de servicio ante el prójimo pobre que nos pide ayuda; nos conserva activos en la oración perseverante; nos enciende en fuego ardiente para dejarnos amar por Él y darnos en oblatividad a los otros; nos abre los ojos para contemplar la belleza de todo lo creado y de las obras de arte que nos remiten al Creador; nos dispone para anhelar insaciablemente la vida eterna; nos concede la mirada de fe necesaria para descubrir la voluntad del Padre en los signos de los tiempos…

Escuchamos a san Manuel González
Somos morada de la Santísima Trinidad y templo del Espíritu Santo. Necesitamos conocer más y mejor cómo el Espíritu Santo es nuestro maestro y motor en la oración, para que, abiertos a su acción transformadora, vivamos este Pentecostés que se aproxima, colmados de gracia y verdad, dejándonos renovar por Él, deseosos de alcanzar el don de la oración continua, para que seamos valientes testigos de Cristo Resucitado.

San Manuel González, en su Decenario al Espíritu Santo, nos propone «pedir y preparar su venida y su morada perpetua en el alma».

Hoy, en este tiempo de adoración eucarística, meditemos lo que él nos propone en el sexto día de este Decenario: «Aspiración: Conocer, estimar y no perder por nada la morada del Espíritu Santo en nuestra alma limpia, en unión del Padre y del Hijo.

Palabras de Jesús: “Yo rogaré al Padre y os daré otro Consolador y Abogado para que esté con vosotros eternamente. A saber: el Espíritu de verdad, a quien el mundo, o el hombre mundano, no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conoceréis, porque morará con vosotros, y estará dentro de vosotros” (Jn 14,16).

Oración y jaculatorias litúrgicas: Oh Dios omnipotente y misericordioso, os rogamos que, al venir a nosotros el Espíritu Santo, haga en nosotros su templo de gloria y en él more. Os rogamos, Señor, que visitéis nuestras conciencias para purificarlas, a fin de que al venir, encuentre en nosotros bien preparada su morada, nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo, en unidad del Espíritu Santo, Dios por todos los siglos. Amén. Os rogamos, Señor, que esté con nosotros la virtud del Espíritu Santo, la cual purifique benignamente nuestros corazones y los defienda de toda adversidad. Sin tu ayuda, Espíritu Santo, dulce huésped del alma, nada hay en el hombre, nada que sea inocente.

Reflexión: Es el Espíritu Santo, Agente supremo de la oración y de la vida interior, el que sabe y quiere enseñar a hablar con Jesús invisible y a oír a Jesús mudo… Estad ciertos de que el Espíritu Santo, el gran Agente de la oración, que está entre la boca cerrada de Jesús Sacramentado y vuestro oído abierto, os dará la respuesta… ¡Qué espléndido se muestra siempre este divino operador del misterioso laboratorio espiritual, cuando se busca para hacer una buena oración!

Petición: Espíritu Santo, por tu Don de Piedad, sé el huésped dulce de nuestra alma; que Tú pienses por nuestra cabeza, ames por nuestro corazón, hables por nuestra boca» (OO.CC. III, nn. 5316-5317).

Letanías al Espíritu Santo

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad
Respondemos: Ruega por nosotros
Espíritu de Amor
Señor y Dador de vida
Espíritu Consolador
Fuego divino del alma
Fuente de vida interior
Maestro y motor de oración
Amor más fuerte que la muerte
Amor que enciende corazones
Amor que crea comunión
Amor que une a los hermanos
Fuego que lanza a evangelizar
Fuego que levanta a los decaídos
Fuego que se da en gratuidad
Espíritu de dulzura y fortaleza
Espíritu de firmeza y misericordia
Espíritu santificador
Espíritu de gracia sacramental
Espíritu de sabiduría y entendimiento
Espíritu de ciencia y consejo
Espíritu de piedad y santo temor
Defensor de los pobres y débiles
Defensor de los humildes y sencillos
Defensor de los cristianos perseguidos
Dedo de la mano de Dios
Dedo que sana las heridas
Paráclito que nos acerca a Dios
Paráclito que nos ilumina la Palabra
Paráclito que nos congrega en la unidad
Paráclito que nos conduce a la santidad

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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