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Nueva exhortación apostólica del papa Francisco

5 mayo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2018.

Alegraos y regocijaos

«Gaudete et exsultate» es el título de la nueva exhortación apostólica que el papa Francisco acaba de dirigirnos. En este documento, firmado el pasado 19 de marzo, solemnidad de San José, nos invita a reflexionar sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo.


La exhortación fue presentada el lunes 9 de abril. Durante la conferencia de prensa intervinieron: mons. Angelo De Donatis, Vicario general del papa la diócesis de Roma; el periodista Gianni Valente; y Paola Bignardi, miembro de la Acción Católica.

Llamada a la santidad
De Donatis subrayó que el objetivo que se propone el papa con este nuevo texto pontificio es ayudarnos a tomar conciencia de la necesidad de encarnar la santidad en el contexto actual: la santidad como propuesta de vida feliz para todos en la vida cotidiana, evitando conformarse con una existencia mediocre.

Valente, en su intervención, afrontó el segundo capítulo, en el que se analizan los riesgos del nuevo pelagianismo y del nuevo gnosticismo, herejías de los primeros siglos que vuelven a emerger, obstaculizando la acción de la gracia liberadora a través de Cristo.

Por último, Bignardi, abordando en el tercer y cuarto capítulo, recordó que el carnet de identidad del cristiano son las Bienaventuranzas. De estas, el papa destaca la de la misericordia, pues el Señor Jesús vuelve a insistir en ella en el capítulo 25 de san Mateo, cuando recuerda cuál será el examen definitivo de la vida: las obras de misericordia.

Estructura del documento
Consta de cinco capítulos: 1. La llamada a la santidad. 2. Dos sutiles enemigos de la santidad. 3. A la luz del Maestro. 4. Algunas notas de la santidad en el mundo actual. Y 5. Combate, vigilancia y discernimiento.

Nos encontramos con un documento rico en referencias bíblicas, con las que ilumina el entramado de la vida de cualquier persona y orienta a lo esencial.

Una mirada rápida a los subtítulos nos lleva a encontrarnos con palabras y expresiones que tocan la vida concreta de cada día: Los santos que nos alientan y acompañan. Los santos de la puerta de al lado. Más vivos, más humanos. Aguante, paciencia y mansedumbre. Alegría y sentido del humor. Audacia y fervor. En comunidad. En oración constante. Combate y vigilancia. Despiertos y confiados. Discernimiento. La lógica del don y de la cruz.

El papa no cae en un discurso teórico; conoce el corazón humano y conoce las situaciones en que se encuentra. Con sus palabras nos toma de la mano y conduce a la fuente de la Vida.

Después de recordar que la santidad no se ha de mirar solo en aquellos que han sido canonizados, insiste en la santidad sencilla del pueblo de Dios y nos regala estas hermosas palabras: «Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que “participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad” (LG 12).

Pensemos, como nos sugiere santa Teresa Benedicta de la Cruz, que a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia: “En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado” (Vida escondida y epifanía)» (n. 8).

¿Qué es santidad?
Tal vez nos hayamos acostumbrado al término «santidad» y si tuviésemos que definirla no acertaríamos a mostrarla de modo comprensible. A lo largo del documento, el papa nos responde con sencillez: «La santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (n. 9). La santidad es vivir en unión con Cristo los misterios de su vida; asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal. La santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo.

Ser pobre en el corazón, esto es santidad. Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad. Saber llorar con los demás, esto es santidad. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad. Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.

«Finalmente, aunque parezca obvio, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración» (n. 147).

Eucaristía y santidad
Como miembros de la Familia Eucarística Reparadora, no podemos dejar de preguntarnos: ¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en el camino de la santidad? El papa nos recuerda: «La comunidad está llamada a crear ese espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado. Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera» (n. 142).

«El encuentro con Jesús en las Escrituras nos lleva a la Eucaristía, donde esa misma Palabra alcanza su máxima eficacia, porque es presencia real del que es la Palabra viva. Allí, el único Absoluto recibe la mayor adoración que puede darle esta tierra, porque es el mismo Cristo quien se ofrece. Y cuando lo recibimos en la comunión, renovamos nuestra alianza con él y le permitimos que realice más y más su obra transformadora» (n. 157).

«Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero» (n. 162).

Dios te salve, María
El documento concluye mirando a María, la primera que participó de la novedad de vida que inauguraba su Hijo y que no deja de acompañar el camino de sus hijos.

«Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: Dios te salve, María…» (n. 176).

Ana Mª Fernández, m.e.n.
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