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Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (abril 2018)

8 mayo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2018.

Un día sin Eucaristía es como un día sin sol

«Sabemos bien que la vida con Jesucristo se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo» (papa Francisco, EG 266). «Jesús bueno, que la triste ciencia de mi barro, lejos de apartarme de Ti, me haga sentir más viva, más apremiante, la necesidad de Ti» (OO.CC. II, n. 3165).

Queridísimo D. Manuel: Es cierto que los santos siempre van en racimo, por eso también tú fuiste contemporáneo de tantas personas santas, el beato Marcelo Spínola, S. Pedro Poveda, Sta. Ángela de la Cruz y tantos otros entre los que se encuentra Práxedes Fernández, de Asturias, que murió en olor de santidad y cuya fama ha llegado hasta nosotros. Hoy queremos acercarnos a ella, pues es mucho lo que tenemos que aprender de las personas que en su paso por la tierra han dejado buen olor y sabor a Jesús como a ti te gustaba repetir. Entrevistamos a D. Gonzalo Suárez, sacerdote de Oviedo y muy conocedor de esta gran mujer.

P. Gonzalo, sabemos que Práxedes se encontró con san Manuel González. ¿Se sabe algo de este encuentro?
Sí, sabemos que D. Manuel estuvo cuatro veranos de vacaciones en Mieres, de 1920 a 1923, invitado por los Condes de Mieres, que también residían en Málaga y preferían el clima suave de las montañas de Asturias al verano malagueño, más cálido y pegajoso. Fue precisamente en Mieres donde escribió su primera carta pastoral, el 15 de agosto de 1920. Celebraba en la Capilla de la Fábrica que siempre frecuentaba Práxedes y también pasaba un buen rato en el confesonario.

Consta que Práxedes se confesaba con él largamente y también lo hizo al menos en una ocasión en la iglesia de La Rebollada, como declara una de las testigos del proceso, que la acompañó en aquella ocasión y se impacientó hasta enfadarse porque no acababan la conversación. Práxedes se disculpó: «perdona, pero quería aprovechar porque este Sr. obispo es un santo». A su vez D. Manuel preguntó en la sacristía a D. Luciano, capellán de la Fábrica, y al párroco de La Rebollada: «¿De dónde es esta mujer? ¡Es una santa!».

También declaran dos dominicas de la Anunciata, María Cloux y Josefa Martínez, que acudían allí a Misa, que la venerable Práxedes le esperaba a la salida para besarle el anillo.

La influencia de D. Manuel fue decisiva en la vida espiritual de Práxedes y ella conoció el contenido de aquella, su primera pastoral que dice, entre otras cosas: «Yo no quiero ni deseo, con todo mi corazón, en mi vida episcopal, tener otra ocupación, sino la de abrir muchas brechas al camino que conduce al Tabernáculo». Desde aquel encuentro hizo de la Eucaristía el centro de toda su vida y varios le oyeron comentar que para ella «un día sin la Eucaristía era como un día sin sol».

Siempre que podía participaba en tres Misas: La primera para prepararse para comulgar, la segunda para comulgar y la tercera para dar gracias por haber comulgado.

Además de la Capilla de la Fábrica solía ir al convento de los Pasionistas, a su parroquia de Seana y a otras de la zona del Caudal. Se valía de una lámpara de minero cuando las celebraciones eran antes del amanecer.

Era muy reservada para comunicar las gracias que recibía de Dios, pero dijo a su hijo Enrique: «Siento al comulgar que mi pecho se transforma en un horno de fuego», y a esta gracia mística aluden otros testigos. Temía que algunas personas tuvieran comuniones sacrílegas y así ante cada persona que comulgaba decía en voz baja: «que comulgue en gracia de Dios».

¿Podría compartir algo de su vida que sea para nosotros estímulo en el seguimiento de Cristo?
Práxedes no fue una persona extraordinaria, pero hizo extraordinariamente las cosas ordinarias. Muy joven queda viuda con cuatro hijos: un accidente ferroviario acabó con la vida de su marido en las vías de FEVE y otro con la de su hijo Arturo en la RENFE. Obligada a refugiarse en casa de su madre, donde trabajó como criada al servicio de todos y llena de problemas, encontraba, sin embargo, tiempo y medios para atender a pobres y enfermos. Vivió en el ambiente revolucionario de la «pequeña Rusia» como llamaban a este valle de Mieres, pero logró ser respetada por su testimonio: «Si todos los que van a Misa fueran como Práxedes también iría yo», afirmaba uno de los mineros más conflictivos.  Pasó muchas penurias para sacar adelante a sus hijos y educarlos cristianamente.  Vivió con intensidad su compromiso con la parroquia, llegando a bautizar niños y dirigir oraciones públicas cuando el párroco fue expulsado.

Tras la revolución de octubre del 34 profetizó que vendría otra guerra y se preparó para afrontarla. Se fue a vivir a Oviedo con su familia y durante el asedio de la ciudad se ofreció como víctima por la paz, muriendo de peritonitis y sin posibilidad de atención médica once días antes de la liberación de Oviedo.  Fue modelo de esposa, madre, ciudadana y feligresa.

Su vida espiritual superaba la de muchos consagrados. Era fiel a varias devociones y además a dos horas diarias de oración en recogimiento. Sus familiares testificaron que nunca la vieron levantarse adelantando el inicio de su jornada a la de todos ellos. A esto hay que añadir una vida de continua mortificación. Llegó a tatuar en su pecho las iniciales de Jesús y María con un gancho de cocina al rojo que conservamos en su casa natal, hoy convertida en oratorio.

¿Fue significativa en su vida la relación con Jesús Eucaristía?
Ya hemos visto que toda la vida de Práxedes estaba centrada en la Eucaristía y sin duda contribuyó a ello su relación con san Manuel en los encuentros que hemos mencionado. Todos los Sagrarios del Valle del Caudal eran visitados por ella y más tarde los de Oviedo.

La víspera de su muerte, sabiendo que sus familiares no le iban a consentir que fuera a la iglesia, hizo un bulto con las mantas para simular que estaba en la cama y se escapó sigilosamente. Tanto era su deseo de recibir a Jesús Eucaristía.

Mª del Carmen Ruiz Izquierdo, m.e.n.
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